Llamadme Daniel. Es mi último deseo transmitir mi historia, a fin de que no quede en el olvido, aunque sea por algún tiempo, pues es bien sabido que todo es olvidado, ya sea mañana o con la muerte del último humano o aquella evolucionada especie que le sucediera.
Debería añadir que las circunstancias resultarán ciertamente difíciles de creer, mas tan reales al igual que existe lo bello y extraordinario en el etéreo espacio. Aquello que me sucedió puede llegar a pareceros un cuento de fantasía y aventuras; sin embargo, acaeció en el Planeta Tierra, por aquellos años 11300, bajo unas condiciones bastante excepcionales.
Me gustaría dejar aclarados unos cuantos asuntos sobre los territorios en los que empieza a desarrollarse esta historia a fin de que puedan entender nuestras circunstancias:
Primero: Se denominaba El Mundo Conocido a los campos por donde había viajado algún humano alguna vez; los lugares dominados por el Homo sapiens (o no teníamos constancia, por aquel tiempo, de que hubiera otros de nuestra especie en algún otro lugar).
Se trataba de las tierras conocidas, reflejadas en los mapas; se extendía tan sólo 500.000 km² alrededor de Denver. Más allá, nadie se adentraba, puesto que era bien sabido que todo intrépido aventurero que se embarcó en tan tremenda empresa, nunca más se supo de él, dándole por desaparecido, no quedando de él ni el cadáver; ningún experto en una materia relacionada con el fenómeno fue capaz de explicar el misterio: por qué desaparecían.
La tradición se transmitió de padres a hijos; nadie que estuviera en su sano juicio traspasaba los límites; de hecho, sólo unos pocos se arriesgaban a vivaquear por los campos despoblados.
Segundo:
El terreno habitado: El Reino de América se extendía por unos 270.000 km². La capital, Denver, se enorgullecía de ser inexpugnable; pero cuanto más te alejabas, más inseguras se volvían las regiones y con menos Guardias Reales contaban las aldeas para defender sus posesiones.
Tercero: a los 230.000 km² restantes del exterior, se las conocía como Las Tierras Salvajes; sólo unos pocos denodados aventureros, movidos por un afán incomprensible de aventuras, se atrevían a explorarlas, ignorando las expuestas consecuencias por sus valentías; es más, algunos que se adentraban en ellas tampoco regresaban, ya que habitaban en ellas bestias inexplicablemente sobrenaturales y peligrosas.
En aquellos silvestres espacios naturales, el ser humano era la comida. También porque había bandas de bandidos y tribus nómadas de bárbaros antropófagos que, aunque se trataba de humanos, no lo parecían, pues habían perdido toda la cultura y humanidad; además, adoptaron las deshumanizadas costumbres de comer carne humana procedente de otros clanes antagónicos. Así estaban las cosas en el siglo CXIV.
PRÓLOGO – Lectura gratis de la novela, del episodio 1 al 16. (Sólo para adultos, contenido sexual y violencia.)
Llamadme Daniel. Es mi último deseo transmitir mi historia, a fin de que no quede en el olvido, aunque sea por algún tiempo, pues es bien sabido que todo es olvidado, ya sea mañana o con la muerte del último humano o aquella evolucionada especie que le sucediera.
Debería añadir que las circunstancias resultarán ciertamente difíciles de creer; mas tan reales al igual que existe lo bello y extraordinario en el etéreo espacio. Aquello que me sucedió puede llegar a pareceros un cuento de fantasía y aventuras; sin embargo, acaeció en el Planeta Tierra, por aquellos años 11300, bajo unas condiciones bastantes excepcionales.
Háganse una idea de cuál fue mi situación: un pueblo de la raza humana vivía en el siglo CXIV concentrado en una pequeña región del continente de América del Norte y su capital se localizaba donde antiguamente estuvo el Estado de Colorado, de los ya hace muchos años olvidados Estados Unidos de América; es importante aclarar que no imaginábamos siquiera nuestro propio pasado, pues se produjo sin duda una involución tecnológica y social. Se perdió o se nos fue negada, ya que no disponíamos de demasiados libros, excepto los que narraban las biografías de la Familia Real de los Leones y sobre su vinculación con los Dioses de la Luna: Seleno y Selena.
De cualquier manera, habíamos vuelto a una edad primitiva; aunque algo diferente, con algunas innovaciones tecnológicas, las cuales no disfrutaron otros humanos de las épocas, que al igual que nosotros combatieron ataviados con espadas, escudos, arcos y lanzas.
Ahora os hablaré un poco de mí. Yo me crié en una pequeña población llamada Atuntrucha, situada al sur de Denver, que con unos 250 residentes nos dedicábamos principalmente a la acuicultura de atuntruchas. Denver, era la capital del Reino, lugar donde vivían los divinos Reyes.
Paso a detallar este sistema innovador que habíamos heredado de nuestros antepasados, exactamente cómo podíamos criar estos grandes pescados en cautividad. La aldea había sido diseñada con una estructura esférica, tras una empalizada de madera con forma circular. En su interior, se encontraba este acuario gigante que rodeaba nuestras casas como un anillo; un pequeño puente de madera esquivaba por encima este gigante criadero. Sobresalía del nivel del suelo hacia arriba hasta 5 metros. Cada segmento se podía aislar del resto con un sistema de compuertas, con el fin de poder vaciarlo para limpiarlo y oxigenar el agua; esta limpieza se realizaba siempre que fuera necesario y se traía agua del río cercano Fountain Greek. Los pescados contaban con espacio suficiente para nadar rápidamente siguiendo la trayectoria curvada, dando vueltas infinitas alrededor del poblado. Un atuntrucha tardaba cuatro años en madurar; pues háganse una idea de cuál era su valor económico, no resultaba barato; la carne, por lo general, resultaba más asequible.
Los moradores de los poblados del Reino de América se caracterizaban por estar especializados en una actividad productiva. Unos cuantos trabajaban en el sector de la ganadería; otros, en cambio, en la acuicultura con piscifactorías gigantescas de agua dulce, en las cuales se criaban: atuntruchas, salmones, bacalaosdulces y lenguadosdulces, entre otros. En otras aldeas se dedicaban a la agricultura, algunos pocos cultivaban frutas y elaboraban frutos secos; pero, en todos se elaboraba el pan de trigo, la leche de vaca, los huevos de gallina, los quesos y los dulces elaborados con estos productos frescos.
En las ciudades se manufacturaban la mayoría de los artículos de utilidad, tales como: prendas de vestir, zapatos; armas: espadas, arcos, cuchillos, dagas, hachas y lanzas, armaduras de cuero y metal. Perfumes, medicinas, muebles, gafas y muchas más cosas útiles. Lo que no existía en ningún lugar era aéreo naves, coches, bicicletas u otros medios de transporte; como ya he dicho, estábamos considerablemente anticuados tecnológicamente, similar épocas muy primitivas; ni siquiera concebíamos en nuestras mentes la posibilidad de diseñarlos.
Me quedé huérfano muy joven; pero afortunadamente, Ana, mi madre adoptiva, me trató como una buena madre real, noble y trabajadora. Era la propietaria de una pequeño hostal, llamado el Pescado Feliz, situado en el centro de Atuntrucha que tenía catorce pequeñas habitaciones localizadas en el piso superior y una taberna en la planta baja, junto a la recepción. Además, contaba con una cuadra para guarecer carruajes, caballos y mulas. Debo añadir a ésto, la habitualidad de que todas las posadas tuvieran uno, puesto que estos esbeltos cuadrúpedos eran nuestra mejor manera que disponíamos para viajar velozmente.
Ana y yo morábamos en el ático de esta posada y trabajábamos en ella por turnos; regentando dormitorios a los visitantes de Atún. Manteniendo las instalaciones limpias, sirviendo comidas y bebidas en su pequeño comedor.
Los extranjeros más ordinarios que llegaban a Atuntrucha eran minoristas que venían de las diferentes regiones escoltados por la Guardia Real, y se marchaban cargados de cajas de atuntruchas en conserva con la tarea de distribuirlos por otras poblaciones donde existiera demanda (Una de las divergencias con respecto a las edades antiguas se trataba de que nosotros si contábamos con un sistema de enlatado en metal y envasado en cristal, también nuestros alimentos caducaban más tarde).
Los Guardias Reales, ataviados con espadas, escudos y arcos, no entraban a la aldea sino que dormían en sus propias tiendas de campaña en las cercanías, concretamente, cerca de los portones de las murallas; era allí donde aplicaban los impuestos Reales a las mercancías que llegaban y partían; además, decidían quién entraba y quién salía de las aldeas; un poder más reservado para la Casa Real, imponiendo así, su deseo por controlarlo todo; so pena de arrostrar su ira.
Vivíamos en viviendas construidas con el clásico esqueleto de madera para los suelos, tejados, pilares y escaleras. Las paredes creadas con sillares, las cuales eran habituales pintar sus fachadas de blanco y los tejados adornados con cerámica naranja.
Nuestra aldea estaba constituida por unas 80 casas en las cuales, la mayoría disponían de dos pisos, algunas con un ático, que se asentaban en frente de unas calles circulares siguiendo la estructura urbanística de la aldea, hasta 3 calles y finalmente la plaza Central. Otros, más grandes, por ejemplo, el ayuntamiento situado en el centro con tres pisos. La escuela para niños hasta quince años; grande y con forma circular al igual que la de un cilindro, que contaba con tres niveles, se encontraba localizada también en centro; todos los chicos y chicas acudían regularmente de lunes a viernes y cuando cumplían quince años, una gran parte de ellos, empezaban a trabajar en la piscifactoría, en cambio, el resto se iniciaban como aprendices de medicina, herrería, albañilería, limpieza, o empleado del ayuntamiento, a cuidado de la piscina pública, otras trabajanban en la guardería, otros trabajos más que me olvido y unos pocos como yo, trabajan en las cuatro tabernas y las dos posadas que había en la aldea.
Me gustaría dejar aclarado unos cuantos asuntos sobre los territorios en los que empieza a desarrollarse esta historia a fin de que puedan entender nuestras circunstancias:
Primero: se denominaba, el Mundo Conocido, a los campos por donde había viajado algún humano alguna vez; los lugares dominados por el Homo Sapiens (o no teníamos constancia, por aquel tiempo, de que hubiera otros de nuestra especie en algún otro lugar). Se trataban de las tierras conocidas, reflejadas en los mapas; se extendía tan sólo 500.000 km² alrededor de Denver, más allá, nadie se adentraba, puesto que era bien sabido que todo intrépido aventurero que se embarcó en tan tremenda empresa, nunca más se supo de él, dándole por desaparecido, no quedando de él ni el cadáver; ningún experto en una materia relacionada con el fenómeno fue capaz de explicar el misterio: por qué desaparecían. La tradición se transmitió de padres a hijos, nadie que estuviera en su sano juicio traspasaba los límites; de hecho, sólo unos pocos se arriesgaban a vivaquear por los campos despoblados.
Segundo: el terreno habitado: el Reino de América, se extendía por unos 270.000 km². La capital Denver, se enorgullecía de ser inexpugnable; pero cuanto más te alejabas, más inseguras se volvían las regiones y con menos Guardias Reales contaban las aldeas para defender sus posesiones.
Tercero: a los 230.000 km² restantes del exterior, se las conocía como las Tierras Salvajes; sólo unos pocos denodados aventureros; movidos por un afán incomprensible de aventuras, se atrevían a explorarlas, ignorando las expuestas consecuencias por sus valentías; es más, algunos que se adentraban en ellas, tampoco regresaban, ya que habitaban en ellas bestias inexplicablemente sobrenaturales y peligrosas. En aquellos silvestres espacios naturales el ser humano era la comida. También porque había bandas de bandidos y tribus nómadas de bárbaros antropófagos, que, aunque se trataba de humanos, no lo parecían, pues habían perdido toda la cultura y humanidad; además, adoptaron las deshumanizadas costumbres de comer carne humana procedente de otros clanes antagónicos. Así estaban las cosas en el siglo CXIV.
I
Innumerable de soles pasaron ante mí. Sin apenas percatarme llegó marzo del 11329. Entonces fue cuando celebramos mi diecisieteavo cumpleaños en la taberna el Pescado Feliz. A fuerza de duro trabajo me había prácticamente transformado en un hombre adulto con cuantiosas ganas vivir y sobrado maduro para mi edad; no existía en ello nada extraordinario; resultaba algo habitual en la mayoría de los moradores del el Reino de América; puesto que la época que afrontábamos resultaba dura y te impulsaba a madurar, a pesar de que tuviéramos por delante una esperanza de vida de más de 250 años. Y así, a la fiesta acudieron más de cincuenta personas; entre ellos, mis apreciados amigos: Ethan, Pedro y su novia Deisy.
He aquí unos pocos regalos que recibí esa noche: una espada por parte de Ethan, de Pedro una brújula, de Deisy un sombrero y Ana me regaló un reloj de pulsera automático el cual significó para mí el mejor regalo que había recibido en años. No podía yo sentirme más contento, y, sin embargo, no creo necesario describir todo lo acontecido aquel feliz día; tan sólo bastará recordar una mesa en la cual se disfrutó de un gran festín entre amigos, que se prolongó hasta bien entrada la madrugada.
Relativo a mí mismo os revelaré que era un chico esbelto y delgado, de estatura alta, alcanzando los 2 metros; más ágil que recio, con un par piernas largas, igual que las del irascible D’artagnan de Alejandro Dumas. Mi piel bronceada, similar a la de todos en nuestra época; tono firme, no límpido, sino puro, intenso y protector a fin de poder soportar unos rayos solares que calentaban el globo con más de 45 grados centígrados en verano; epidermis que cubría todo mi cuerpo, incluidos aquellos rasgos de mi fisonomía. De cara ovalada con una nariz romana, labios finos con cierta proporción áurea, junto a dos ojos semejantes a piedras de ámbar. Mis cabellos lucían ligeramente ondulados y marrones como el café; añadir que era costumbre que los hombres lo luciéramos corto. Hablemos ahora de mi personalidad: debo reconocer, aunque esté mal que yo lo diga, que de joven era ingenioso, puesto que dominaban en mí, la razón y la emoción bien coordinadas. Siendo soñador, tenía un gran interés por descubrir cosas ocultas. Había algo que me llamaba, algo que me intrigaba, algo que debía explorar y eso mismo era lo que sentía.
Sigamos con el trascurso de los acontecimientos. No había transcurrido muchos meses cuando la calidez se apoderó del ambiente; el verano del 11329 se manifestó caluroso en grado sumo, alcanzando unos enervantes 40 grados centígrados; de modo que las piscinas comunitarias del ayuntamiento se encontraban abarrotadas todos los fines de semanas cuando los habitantes descansaban de sus extenuantes trabajos. Los bellos y esbeltos cuerpos femeninos de las mujeres, mostraban sus bonitas pieles tonos bronce y aquellos cabellos con tonalidades entre dorados y marrones; con sus exuberantes curvas, más sus grandes ojazos piedras de ámbar y esmeralda, nos subían las temperaturas más aún; entonces ya nadie era capaz de pensar en otra cosa y surgían los enamoramientos.
Para nosotros las piscinas resultaban tan necesarias como beber un buen vaso de agua fría. En tanto que en invierno, en Atuntrucha, bajaba hasta los 6 grados centígrados; no resultaba raro que en verano subiera hasta unos agobiantes 45 grados. En cuanto a la primavera y el otoño eran relativamente cortos, tan sólo un mes y medio duraban cada estación con grados agradables entre 10 y 27 grados centígrados. Así, tampoco era extraño que, en los postreros días de marzo fuera todavía invierno y a finales de mayo, a pesar de no haber llegado aún el solsticio de verano, el bochorno se manifestaba ya enervante. Doy por sentado que os pueda parecer inverosímil, pero estas temperaturas eran debido a algo que explicaré más adelante; no era extrañeza lo que sentíamos, sino más bien estábamos habituados a estas estaciones, al igual que los dinosaurios se adaptaron a las suyas; es sabido que uno se acostumbra a todo en la medida de lo posible, pues quienes no lo lograron se extinguieron para no contarlo. En cierto modo, no se trataba de calor lo que sentía, sino una alegría en el tiempo que finalizaba mi turno y me iba a la piscina comunitaria; si bien tampoco no podía permanecer indiferente ante el calor, en el trascurso de las horas de trabajo; sin embargo disponía de una buena garrafa de agua bien fresquita siempre a mano. Por remotas que sean las épocas desde donde me leen, estoy seguro de que lo comprenderán.
Realmente el mes de noviembre fue gratamente recibido para todos nosotros; por fin podíamos disfrutar de ese maravilloso clima; la fresquita brisa reconfortante, y al ser corto lo disfrutábamos más con una fiesta en otoño que duraba dos semanas, realizando banquetes comunitarios en las calles; las bebidas y la música orquestal nos acompañaban aquellas fiestas. Pero, desgraciadamente, demasiado breve al igual que años pasados. En poco tiempo llegó el día 16 de diciembre y el frío empezaba a apoderarse de la totalidad de los rincones y las chimeneas volvían a encenderse con la idea de climatizar nuestras tabernas y salones.
Una tarde de las últimas heladas de invierno, allá por el 7 de marzo, cinco días antes de mi cumpleaños, que alcanzaba la mayoría de edad con 18 años, nos encontrábamos reunidos en la taberna de Ana, mi madre adoptiva. Recuerdo que llovía tórridamente en los alrededores de el Pescado Feliz. Arrimados a una mesa de madera de pino, en un rincón del fondo de la sala junto a la chimenea llameante nos entreteníamos charlando, comiendo y bebiendo. Concretamente, siendo la hora de la merienda, degustando el pastel de la casa, mientras conversábamos sobre increíbles acontecimientos ocurridos en aldeas cercanas estos últimos días de frío:
–¡oh, qué sabroso está! ¡Por la Diosa Selena!; Daniel, ¡qué buen pastel tenéis en la carta! ¡Oh, felicitaciones a Ana! –Pedro cortó un trozo y usando un tenedor se lo introdujo en la boca con impetuosa gula–.
Pedro era un buen amigo desde nuestra infancia que contaba por aquel entonces con 18 primaveras alegremente llevadas. Lo conocía desde que tenía uso de razón; resultaba un compañero de tertulias fiel y bonachón. Recio y robusto, de estatura media alcanzando 1,70. Piel bronceada y de cabello castaño claro y corto; la graciosa fisonomía, auténtica cabeza de oso; redonda y grande; dos pómulos prominentes le dotaban de un semblante inusitado que le diferenciaba de otros muchos que se le parecieran. Con un par de grandes ojos verdes semejantes a la esmeralda y con contornos faciales orientales. Respiraba alegremente con una nariz gruesa junto a un par de cejas pronunciadas y espesas. Solía vestir con ropas holgadas y cómodas, con camisas y pantalones de algodón, zapatos de piel flexible. Poseía un carácter afable; ciertamente, este chaval que de increíble temperamento, rara vez se exasperaba o se sentía de mal humor; humilde y vivo, por eso lo apreciaba. Sólo se le culparía por un par defectos, puesto que es acertadamente sabido que nadie es perfecto; y se trataba de que, a veces fuera algo perezoso y patoso, ya que cometía errores. Estas desventajas resultaban en ocasiones problemáticas, siendo muy despistado y despreocupado: perdía cosas, no demasiado puntual, se quedaba dormido con frecuencia. Estaba enamorado irracionalmente de su novia, Deisy, por lo tanto, siempre abnegado a sus necesidades y súplicas, en ocasiones caprichosas, otras muy difíciles de cumplir, como aquella vez que le pidió que dejara de mirar a otras chicas. Su padre trabajaba en el ayuntamiento y su madre en la acuicultura. Visitaba el Pescado Feliz con reiteración, en donde pasábamos unas tardes y noches de tertulias agradables, ya que la taberna de la posada era un lugar acogedor y hogareño. Empezó a modo aprendiz en la Piscifactoría a los 15 años; prosiguió con orgullo trabajando, salvo los días que se quedaba dormido y llegaba tarde al trabajo, pero se lo perdonaban, aunque le penalizaban descontándole dinero de su salario. Algunos le echaban en cara, que fuera poco puntual; y a él, por una oreja le entraba y a través de la otra le salía. De modo que, por lo gracioso que era, se ganó el derecho de convertirse en uno de mis mejores amigos.
–Estoy de acuerdo –manifesté, seguido de un ademán que trasmitía mi aprobación–, Ana cocina de maravilla, es también uno de mis favoritos, se aprecia un sabor a fresas maravilloso, y la nata, que es de una excelente calidad, lo remata con un añadido delicioso, incluso para las bocas más exigentes.
–Prefiero el de chocolate con cerezas y moras rojas –objetó Ethan–, éste de fresas con nata es una asquerosidad empalagosa.
Ethan era un herrero de 27 años, gran amigo de ambos, no se sabe cómo. En cuanto a su fisiología, con una estatura muy alta, medía 2,25 cm, corpulento, con un par de brazos nervudos y fuertes. Piel de un bronce intenso, con un cabello castaño oscuro ondulado y corto. Los rasgos de su fisonomía se enorgullecían de contar con unos grandes, objetivos y perspicaces ojos como la miel y brillantes como el ámbar; una nariz romana bien definida remataba su identidad física. De carácter, en grado sumo circunspecto y objetivo, valiéndose de una inteligencia calculadora, intentaba manifestarse, cuando se lo permitían; siendo primogénito y mayor, a pesar de ser tan joven aún, no dejaba escapar ocasión para intentar subyugar al resto del grupo a sus designios y caprichos. Tal como he relatado, se dedicaba a forjar herraduras para los caballos, entre otras cosas, en el negocio de su Padre; su progenitor, un hombre maduro y avezado en la herrería; con 86 años, manufacturaba con habilidad desde hace más de 65 años: espadas, cuchillos y navajas; las cuales vendía a los Guardias Reales y a los comerciantes. Me contó una vez que él le había acompañado en ocasiones a otras aldeas cercanas para comerciar herramientas de labranza y utensilios de cocina. Manifestaba con vehemente interés aquella enfermiza obsesión por las cervezas de Ana; perdía, horas y más horas en la taberna con bastante constancia. Nos reíamos de sus disparates; pero, a veces, en las ocasiones que bebía demasiado, se ponía tan molesto que era menester negarle más cervezas y, aunque suene algo peyorativo, con una impetuosa patada en el trasero, mandarlo a dar por saco a otra parte.
–¿Os han pasado la nueva de lo que ha ocurrido en el poblado la Manzana? –preguntó Diego, un vecino de mediana edad que trabajaba en la cría de atuntruchas desde hace mucho tiempo, el cual se sentaba con nosotros en ocasiones.
–¡No! –manifesté yo, con el incansable interés propio de un joven–; ¿Qué ha sucedido?
A mí me interesaban por aquellos días de mi juventud todas aquellas historias populares sobre sucesos y anécdotas que inexplicablemente acontecían en las tierras del Reino; normalmente se trataban de problemas como el de la aparición de criaturas extrañas, con unas características inusuales.
–Ha surgido de la espesura otro lobo gigante –respondió Diego, expresando un miedo en sus ojos que trasmitían un sentimiento de indefensión–; según me dijeron…; aproximadamente, de un tamaño bastante grande. Lo que pasó fue lo siguiente: ha matado a un buey de labranza y tras descuartizarlo, se ha escabullido entre la maleza.
–¿De qué color tenía el pelaje? –preguntó Ethan–. Por ahora se conocen siete especies de lobos. El más grande que se conoce tiene el pelaje de color negro. Según explicaron, llegan a medir hasta tres metros de longitud; sin embargo, son criaturas taimadas y no suelen atacar a hombres; supongo que será porque no les resultamos deliciosos; qué sé yo. Por lo que he oído, están dotados de una singularidad sagaz; no se compadecen de nuestros animales; solamente atacan en el momento que están realmente desesperados y hambrientos, lo que es en rarísimas ocasiones, puesto que son buenos cazadores, regularmente se alimentan de musmones en las montañas lejanas; sin embargo, no hay presas que se les resistan.
–Tengo entendido que de color negro y con los ojos rojos, debería ser un ejemplar joven aún –especificó Diego–. ¡Es increíble! ¡Uno ya no está seguro ni en las tierras del Reino! El Rey debería desplazar más guardias a zonas rurales. Ellos, la Capital, se benefician de la llegada de productos agrícolas y ganaderos procedentes de las aldeas; nos lo deben, tienen la obligación de protegernos.
–Has tocado un tema delicado –opiné resignado–; no esperes nada del Monarca Leónidas; no llegará ninguna ayuda, te lo aseguro.
–Podríamos defendernos nosotros mismos –opinó Ethan–. ¡Yo ya estoy preparado!
–¿Cómo te defiendes contra en un ataque imprevisto de una bestia de 3 metros de largo? Me gustaría que me lo aclararas –preguntó irónicamente Pedro.
–¡Qué blandengue eres Pedro! –respondió Ethan emocionado–. ¡Pues, con un hacha! ¡Lo esquivas y zaz! ¡Le cortas el cuello!
–Me gustaría aclararos –dije– que lo más peligroso de esta especie sobrenatural de lobo negro (denominado por Arturo el Aventurero, como lobo Pesadilla) no es sus dimensiones, sino su destreza, su rapidez; afortunadamente prefieren a nuestros animales; no obstante, ciertamente es una desgracia puesto que uno puede verse en circunstancias dificultosas al quedarse sin caballo en lugares alejados de toda población.
–Veo que estás muy bien informado –expresó Pedro mirándome directamente.
–Bueno…, ¡ja, ja…! –le dije–. He leído un libro de Arturo el Aventurero.
–Este Rey que tenemos no es muy aplicado –opinó Ethan–; yo, en su lugar ya habría dado la orden para la construcción de una muralla que protegiera las tierras del Reino. Después de unos 1000 años de Monarquía todavía no ha habido ninguno suficientemente digno del Trono. En mi humilde opinión, la Casa Real de los Leones está maldita. Tampoco nos permiten protestar por sus malas políticas y administración del Reino; ni por el mal uso de los impuestos abusivos.
–¡Más bajo por favor! Habla más bajito –exclamó Pedro, escudriñando su alrededor, preocupado por la presencia de espías reales–. ¿Tú quieres que nos corten la cabeza? ¿Verdad? ¡No manifiestes tu parecer acerca de la familia Real, de manera despectiva, o algún día te verás envuelto en un problema muy gordo!¡Ethan eres valiente como un gato, asomado por una ventana por la que, al otro lado, hay perros rabiosos, y el felino se precipita incoherentemente hacia peligro. Te pasará factura tu gallardía; serás presa de un fatal porvenir si no corriges tu conducta audaz.
–¿Quieres saber lo que pienso de todo ésto? –expresó Ethan mirando a Pedro–. Me da igual que pueda haber un condenado chivato en la taberna o que se enteren mediante sus poderes divinos, en los cuales no creo; es por ello, que siempre expresaré mis pensamientos, de lo que considero injusto e ilógico.
–Pero te imploramos, por favor, que lo expreses susurrando en los momentos que te encuentres con nosotros –le comuniqué con una sonrisa–; aprecio mucho mi cabeza, no me gustaría perderla.
–Bien, dialoguemos susurrando de la familia Real –expresó Ethan con indignación–. ¿Quiénes son ellos? ¿Con qué fundamento han privado a la sociedad de todo avance tecnológico? Ya sabéis, queridos compañeros: «queda terminantemente abolido, por orden del Rey, bajo pena de muerte; dedicarse la ciencia; tampoco a la magia, ¿y qué es aquello de la magia? Ni lo sé, pero bueno; ni a la ingeniería, ni imagino qué es. Queda vedado fabricar armas de artillería; eso sí lo entiendo, pues podría llegar una flecha gigante ardiendo al mismísimo culo del Monarca. Nadie puede aplicarse a la astrología, ¿y a quién le interesa las estrellas, para qué sirven a parte de adornar las noches? En último lugar; una pequeña reflexión mía, ¿por qué razón se niegan a construir una muralla protectora en los márgenes del Reino de América?
–Escucha; y te explicaré el motivo –recuerdo que manifesté–. Resulta que el Rey teme cualquier poder intelectual que le pueda rivalizar. ¿Qué sabemos de la historia del mundo? Sin contar los mil años de reinado de la Casa Real de los Leones, no disponemos de conocimiento acerca de civilizaciones antiguas… –paré para meditar dos segundos y proseguí–. Teniendo en cuenta que intuimos que la humanidad ha estado enumerando desde hace 11330 años, ¿cómo es que estemos en esta tesitura de desconocimiento relativo la historia? ¿Qué ha pasado con los restantes 10330 años? ¿Existe información en la biblioteca Real sobre las crónicas del mundo de esos años? –paré de hablar seis segundos para meditar, mis amigos me observaban con entusiasmo, esperando que continuara; y proseguí tras un momento de inspiración–. Yo soy de los que creen que el mundo es redondo y no plano.
–¿Qué locura es esa tontería… –expresó Ethan, seguido de una cadena de ademanes que hablaban de desaprobación en una lengua que aunque muda no eran por ello menos expresiva–.
Proseguí, sin permitirle terminar su pregunta:
–Que el Mundo Conocido, tan sólo es una minúscula región del espacio natural que podemos explorar; se sabe por las leyendas que la tierra tenía mares, ¡eran como lagos desmesuradamente gigantescos, pero sin límites. Millones de quilómetros de terrenos de agua salada donde nadaban los atuntruchas en libertad; y puede que todavía se localicen por allí en las lejanías, mucho más allá de lo que conocemos; lo intuimos por la tradición popular pasada de padres a hijos; ya casi como una leyenda; mas, creo que es real; ¿No os parece raro? Ya hemos hablado de este tema muchas veces, en mi opinión; algo existe, algo ocurre, algo ocultan; y por alguna razón nos impiden ver la realidad.
–Eso nunca lo sabremos –opinó Pedro–; pues, solamente somos unos simples aldeanos, ¿qué podemos hacer nosotros?
–Yo tengo inquietudes –manifesté con emoción y ¡golpeando la mesa con la mano derecha, juré con el puño izquierdo cerrado con ímpetu!–. Algún día exploraré, incluido las tierras salvajes, en busca de respuestas y llegar a las límites del Mundo Conocido, a fin de poder resolver qué es lo que sucede, ¡por qué desaparecen los exploradores!
–Suena interesante –expresó Ethan elocuentemente, mirándome con una sonrisa sincera, que expresaba lo agradable que sonaba mi repentina idea de abandonar Atuntrucha–; yo te acompañaré y Pedro también; ¿verdad?
–¡A mí no me metáis en vuestras locuras! –gritó Pedro–. Ya sabéis: yo y mi novia…
–¿Deseas casarte tan joven? Deisy puede esperar –espetó Ethan interrumpiéndolo de una manera muy brusca– seguirá joven y bella por 150 años más, cuando… tu novia puede acompañarnos, si lo desea.
–Me gustaría saber por qué nací con esta marca –exclamé inconscientemente, interrumpiendo a Ethan–. ¿Qué significa?
–Debe ser una marca de nacimiento –opinó Ethan–.
–Me siento algo agobiado, necesito descansar un poco en mi habitación –les comuniqué y me despedí con un gesto cordial.
Me fui a mi habitación en el ático y estuve tres horas descansando un poco de este día de trabajo agotador. Trascurridos esos momentos me entró la inexplicable necesidad de dar un paseo. Entonces me vestí y bajé las escaleras hasta el comedor; pude comprobar que aún continuaban mis amigos bebiendo cervezas; Ethan parecía estar ya bastante borracho. Atravesé el comedor y mientras corría, saltando tan espontáneamente como una gacela, abandoné la posada por la puerta principal. Corrí por el camino exterior de la calle circular paralela a el Pescado Feliz; constituido por un mosaico de piedras grises bien adosadas con cemento. Al cabo de un momento, me detuve en un punto en concreto de la vía de piedras; había dejado de llover y torcí ligeramente mi cuello para contemplar el cielo parcialmente despejado del anochecer; divisé algunas estrellas y esa sospechosa esfera redonda llamada Luna, donde se garantizaba que moraban los Dioses; o eso contaban en los templos lunares; semejante a, abundantes estupideces, con el fin evidente de someter a los inocentes. El imponente satélite irradiaba intensamente, en contraste con la oscuridad casi absoluta que la envolvía; una blancura iluminada por unos rayos solares que la convertía en una diosa de las tinieblas sombrías, sonriendo a sus regiones sublunares; a modo si fuera un copo de nieve gigante en medio del inmenso vacío del espacio. La contemplaba, con mis grandes ambarinos ojos; ¡un astro radiante, misterioso, y fascinante! En ese momento, mientras la observaba noté algo insólito, algo raro y perturbador. Vislumbré en él, una sombra que crecía lentamente.
«¡No puede ser posible! –pensé–.»
Era un ser vivo, no cabía duda; planeando en el firmamento, como si no le afectara su peso; debía ser de unas dimensiones increíbles pues la circunferencia que mostraba a tanta distancia resultaba ser parecida a la de un ser bípedo.
«¡Sin embargo, los hombres no volamos! –medité–.»
O eso asemejaba; no obstante, se encontraba tan distante que tan sólo se columbraba una pequeña silueta difusa la cual percibía gracias a la desemejanza que el extraño ente producía, una disparidad luminosa dentro de un segmento de la Luna, junto al cráter mayor, con una forma parecida a la de un humano, pero no podía asegurar que lo fuera. Pasados unos minutos desapareció con un movimiento veloz como el de un murciélago; y aquel repentino descubrimiento me dejó embelesado y perdido en un mar de confusión y de nebulosa incredulidad. Entonces fue cuando me pregunté a mí mismo si me debía replantear mis creencias; yo, que no había manifestado ni un ápice de la más mínima fe.
«¿Será verdad lo que asegura nuestra religión, sobre los Dioses; aquellos libros sagrados que hablan de las divinidades que habitan en la Luna?» Medité confuso.
Momentos después, en el instante en que regresé a la posada, saludé a mis amigos; mas no les conté nada de lo ocurrido; ya que no era mi intención que me tomaran por un lunático; nunca mejor dicho. Tras una ligera conversación sin importancia, me despedí con una sonrisa forzada y un ademán de hasta mañana. Subí a mi habitación por las escaleras de madera. Cuando llegué, me vestí con un holgado y cómodo pijama. Trascurridos unos minutos, me acosté en mi confortable cama; la cual estaba pegada junto a una ventana circular oblonga cerrada con un par de postigos de madera. Intentaba dormir; pero, no lograba tranquilizarme: porque se apoderó de mí un indecible malestar físico y un terror que devoraba mi alma con gula.
«¿Qué era ese ser? –pensé–. Y ¿Cómo puede volar? ¿Podría ser un Dios de la Luna? Es decir ¿uno de nuestros Dioses?»
Tras unas horas de desvelo me dormí y soñé con que algo me observaba desde la Luna; un contorno difuso, con considerables proporciones que crecía y me alcanzaba; me inmovilizaba y me llevaba muy lejos.
«¿Qué locura? –pensé al despertarme–. ¿Qué incoherencia? ¿Un ser viviente en el cielo? ¡No puede ser!»
Finalmente, muy entrada la noche, derrengado por el cansancio acumulado en mis huesos me sumí en un tranquilizador sueño; una somnolencia que sosegó todo mi cuerpo anestesiándolo pausadamente y entonces mis párpados se cerraron involuntariamente y logré pon fin desconectar.
II
Día 8 de marzo. Me desperté tras una noche deprimente, debido a la inquietud que me procesaba el que alguien pudiera levitar a gran altura. Os parecerá extraño sin embargo deben de tener en cuenta mi situación por aquellos días, mi candidez y mi falta de conocimiento relativo a todo lo sobrenatural. Aquella Deidad: un Dios ubicuo, inmortal, subsidiario de lo terrible, que inevitablemente, me quisiera castigar por criticar a nuestro Rey; no obstante, dejemos atrás esta monomanía mía, quizás una pizca desproporcionada y paranoica.
No me hubiera levantado aquella mañana si no fuera porque me tocaba trabajar en la taberna, pues era deber mío adecentarla, a fin de que los clientes se sintieran confortables en los momentos que llegasen o bajasen de sus habitaciones. Me vestí, en un instante, con el traje de oficio y bajé rápidamente hasta el almacén donde almacenábamos los materiales de limpieza. En un segundo agarré sin ganas la monótona escoba y me fui a barrer el comedor. Más tarde, volví por un trapo amante de la suciedad para limpiar las mesas. Al cabo de unos minutos, empecé a fregar la habitación, de arriba a abajo, monótonamente, medio dormido aún. Me desviví unas dos horas repasando los diferentes rincones de la estancia, cuando, en un intervalo cercano a las nueve, Ana entró en la sala, mostraba en su fisonomía una expresión circunstanciada junto a un ademán que trasmitía preocupación:
–Daniel…, toma…, es para ti –confesó con una expresión en su semblante que revelaba sueño. Con un movimiento ágil levantó la mano derecha en la cual atenazaba un sobre blanco; me la tendió, mirándome con un rostro que transmitía todos los matices de la confusión y la curiosidad. Poco después me dijo–; un barrendero se lo encontró hace dos días en el suelo, cerca de la posada y al ver que iba dirigida a ti se ha acercado atraérnosla.
Me quedé altamente extrañado y pensativo: «¿una carta? ¿De quién será? Si yo no conozco a nadie fuera de Atuntrucha; entonces, ¿Quién me la manda?; la leeré en mi escritorio.»
–Ana –le confesé y con una incertidumbre que inundaba mi alma llenando mi mente de un mar de inquietudes insondables–, me encuentro en un mar de dudas, ya que me es desconocida la identidad de su remitente…, me gustaría…, saldré de dudas en mi dormitorio, si no te importa… ¿Puedo tomar un pequeño descanso? Te lo recompensaré esta semana haciendo horas extras.
–Descansa el resto del día, si lo necesitas –respondió Ana; tan comprensiva, siempre abnegada–; has trabajado duro esta semana, ya hará tu trabajo Susana; venga…, vete tranquilo.
Una vez le di las gracias con un gesto que, aunque mudo, no por ello era menos expresivo, subí las escaleras hacia mi habitación con toda la celeridad que me fue posible.
Entré en ésta y después de sellar mi santuario, me senté en mi trono de madera color caoba junto a mi escritorio. Tras un corto intervalo de meditación, en el instante que me sentí cómodo, contemplé el sobre y tras darle la vuelta encontré sobre la otra cara unas letras; una frase en el reverso: «Para Daniel; que vive en el hostal “el Pescado Feliz”. Entregar anteriormente al 12 de marzo. Es urgente y de vital importancia que la reciba su destinatario.»
«¡Qué raro! ¿Quién demonios puede ser? –me pregunté mientras me acariciaba la barbilla con la mano derecha.»
Lo abrí con manos trémulas, como fui humanamente capaz. A poco saqué una nota amarilla del interior del envoltorio y en ella descubrí unos caracteres que parecían haber sido trazados con delicadeza usando tinta negra, intensa y brillante. Os figuraréis cuál fue mi reacción, cuán impaciente estaba yo por descubrir que decía. Ya que aún conservo esta misiva en algún mueble, bien guardada en mi biblioteca, os puedo relatar, letra por letra, consonante por consonante, vocal por vocal, lo que decía, con todo detalle, sin dejar nada primordial:
«Saludos cordiales Daniel. ¿Quién soy, te preguntarás? Puedes considerarme un amigo de tus padres que desea ayudarte. Me gustaría explicarte muchas cosas, pero de esta manera no. Te espero en la posada: el Perro Gordo; la cual se encuentra en la aldea: “Frutos Secos” Te cito el día 12 de marzo, a las 20:00 horas concretamente. Cuentas con unos pocos días para presentarte y confío en que llegues a tiempo; de lo contrario, le dejaré al posadero un regalo; un obsequio mío, algo sobradamente especial. Es extremadamente importante que entiendas que es de valiosa magnitud que acudas a la cita, pues tengo algo que necesito comentarte personalmente. Hasta pronto Daniel, ¡buen viaje!»
No daba crédito a lo que transmitieron mis pupilas en dirección a mi inteligencia central colapsándola de extrañezas incomprensibles; mi mente fue arrastrada a un abismo de sombras, a través de enigmas y cuestiones miles, tormentos e inquietudes; con gran sorpresa por mi parte entendí que un desconocido, el cual, se autoproclamaba amigo de mis padres, me citaba en una posada, en Frutos Secos, a una distancia de más de 105 kilómetros de mi aldea, hacia el sureste.
Nunca salí fuera de Atuntrucha y este misterioso extraño me solicitaba desplazarme a un lugar más cercano a las Tierras Salvajes; por lo tanto, tierras más inseguras; aunque no mucho, tampoco hay que exagerar; por consiguiente, al fin y al cabo, se encontraba relativamente próximo, a uno o dos días de viaje a trote y todos sabíamos que era habitual el comercio entre las dos aldeas; “Frutos Secos”, como su apelativo indicaba, se dedicaba a la elaboración de frutas desecadas de albaricoques y ciruelas principalmente. Asimismo, era acertadamente conocida su situación en el mapa, de hecho mi amigo Ethan, recordé, había ido a comerciar en algunas ocasiones y regresado ileso.
«Tampoco es que esté situado en los márgenes del Reino –pensé mientras estudiaba un mapa de la zona–; se encuentra considerablemente cerca de Atuntrucha.»
Tras un breve momento, después de reflexionar, esta proposición fue para mí, que soñaba con grandes aventuras, una invitación admisiblemente acogida para mi corazón y desmesuradamente mal recibida por mi conciencia, que analizaba los peligros a los cuales me enfrentaba por realizar tales hazañas propias de intrépidos aventureros; los cuales, guiados por el calor de su primer impulso, sin meditar sobre las amenazas a las que se exponían irracionalmente e impetuosamente se lanzaban a ello. En efecto, una excursión era lo que yo anhelaba, propia para un joven con ganas de aventuras. Además, evocaba mis ideas y fantasías; recordábale a mis camaradas referente a cómo deseaba explorar las Tierras del Reino de América; y quizás, algún día, bajo un arrebato de locura que me poseyera, intentar penetrar en las Tierras Salvajes para desvelar los secretos de los límites, y así matar dos pájaros de un tiro. Por otro lado, la intriga por lo oculto e indómito, me provocaba ávidas sensaciones y un deseo terrible de partir ipso facto.
«¿Qué me desea regalar el amigo de mis padres? –me pregunté a mí mismo en mi interior, sentado en mi escritorio–. ¿Y por qué motivo? Eso lo sabré; acudiré a la cita del 12 de marzo –pensé, en una impetuosa locura, poco racional e incoherente.»
Analizaba el porvenir; no me sentía preparado para emprender el desplazamiento yo solo; por este motivo y otros infinitos no menos considerables, decidí proponer a mis amigos que me acompañaran en esta aventura; pues, es adecuadamente sabido que las expediciones en dirección hacia las Tierras Salvajes, son, cuanto menos, inseguras; «cuantos más te alejas, más inseguridad hay», o eso decían. ¡Necesitaba compañeros exploradores y se lo iba a plantear a Pedro y Ethan! Quienes, recordad, se habían ofrecido ellos mismos a acompañarme. Intuitivos sois y por ello adivinaréis que la propuesta realizada el mismo día por la noche, fue bien acogida por estos alocados amigos:
–¡Me parece una estupenda idea! –opinó Ethan entusiasmado–. Iremos, pero, como comprenderás, Daniel, necesitaremos hacer preparativos, reunir los materiales y víveres necesarios; puesto que no se debe salir de las aldeas falto de mapas y brújulas. Es importante poder contar con unos caballos, aunque podríamos llegar a pie. Sin embargo, no compareceríamos anteriormente al día 12; es de vital importancia que nos preparemos para posibles imprevistos, ya que nunca se sabe lo que nos puede acontecer en tierras de nadie.
–Ya sabía lo que ibas a decir, Ethan, y te agradezco tu ayuda –expresé con un ademán que desbordaba alegría–, ¡eres un valiente y fiel amigo! No obstante, primeramente, permíteme advertirte; puede ser arriesgado pues se presentarán amenazas en el exterior, ya sabes: pequeños lobos grises hambrientos, bandidos. Bueno; tú lo sabes mejor que yo. ¿Has tomado tu decisión definitiva, asumiendo las consecuencias?
–No te preocupes por mí, tonto –respondió Ethan con un gesto transmitiendo valentía–, como ya te dije una vez, no es la primera ocasión que salgo de “Atuntrucha”, he ido un par de veces por trabajo con mi padre a “Frutos Secos”; por este motivo soy el más indicado para guiaros en esta excursión, y no tendrás que pagarme; yo me encargaré de que lleguemos vivos.
–Pedro, ¿Qué piensas? –le pregunté girando mi cabeza, y pude comprender que se encontraba perdido en sus propias dudas y temores–.
–Verás, a mi novia no le hará ninguna gracia, pero estoy seguro de que no le importará demasiado que me ausente unos pocos días para ir y volver a “Frutos Secos”, Ethan ¿a cuántos días a caballo se encuentra esta aldea?
–Está a unos 105 kilómetros –aclaró Ethan–; pero, antes de alcanzarlo, hay que atravesar la arboleda de abedules, llamada el Bosque Protector; dicen, por cierto, que es un pequeño bosquecito sobradamente tranquilo, tal cual su nombre indica; yo cuando pasé por allí no tuve ningún percance. No debe resultar ningún problema a caballo, con un trote pausado. Calculo que nos llevará una o dos jornadas, dependiendo de las horas de viaje diarias y lo extenuados que se muestren los caballos.
–Teniendo en cuenta –expuse–; que un caballo trota de media entre 12 y 14km por hora; siete horas de trayecto suponen de 84 a 98 km, lo necesario para llegar en un día al inicio del bosque. Necesitamos, por lo tanto, dos días, ya que, no es conveniente que nos adentremos de noche en él. A la mañana siguiente ¡zas! Entramos y comprobaremos que tal protector es, y en unas pocas horas más llegaremos a esta aldea situada en el centro.
–Calculemos, por lo tanto, dos días –respondió Ethan–; siete horas viajando y cuatro de descanso.
–¡Ah!, estaremos de vuelta antes de cinco anocheceres, más o menos –observó Pedro–, de tal manera, me apunto; sin embargo, os hago responsables de mi vida.
–Con esa actitud es mejor que nos acompañes –expresó Ethan, con una sonrisa–; serás más un estorbo que una ayuda.
–¡No seré un estorbo! –gritó Pedro, crispado–. ¡Iré aunque me cueste un disgusto!
–¿Asumes las posibles consecuencias que puedan ocurrirte por abandonar la seguridad de nuestra aldea? –le Pregunte.
–De acuerdo; ¡lo asumo! –respondió Pedro; pero no muy convencido–. ¡Y os aseguro que no seré una carga!
Noté una cosa; Ethan se esforzaba por no reírse, había conseguido lo que quería, con un curioso método, provocando a su amigo; algo habitual en él.
–Empezaremos los preparativos para el viaje –sugirió Ethan–. Yo me encargaré de las armas. Tú, Daniel, ocúpate de los corceles; si te parece razonable. También de los equipos; que no falte comida y que abunde el dinero.
–Muy bien; eso está hecho –prometí–, no creo que a Ana le importe prestarnos tres caballos; en cuanto al resto: a los víveres y herramientas, tanto como una brújula, un termómetro, un mapa de las tierras del Reino, de todo eso me encargaré yo personalmente. Vosotros, además, podéis cargar en vuestras mochilas aquello que creáis que pueda sernos útil.
–Entiendo –contestó Pedro–, yo aportaré unos bizcochos, ¡ja, ja, ja!
–¡ja, ja, ja! –me hizo gracia su ocurrencia, siempre tan goloso–; no vienen mal unos pequeños hidratos de carbono, pese a que vayan a ser los animales los que hagan el esfuerzo; pero once horas, sentados sobre las albardas y a galope, debe ser agotador también, me imagino.
–Necesitamos además –sugirió Ethan–, cuchillos: para cortar plantas, frutas silvestres, desgarrar la carne y demás; una caña de pescar con gusanos y no vendría mal que lleváramos tres buenos arcos con flechas con punta reforzada, para cazar y defendernos de posibles bandidos y alimañas hostiles. ¡Ah! Se me olvidaba, súper importante, llevar mecheros para prender fuego, por lo menos diez, de los sacos de dormir y la tienda de campaña te encargás tú –dijo señalándome con un dedo–, ¿te parece bien, Daniel?
–Cuenta con ello –respondí–, pongámonos en esta labor. Partiremos a las regiones meridionales de la aldea, cuando tengamos todas las provisiones; deseo que podamos entrar antes del día 12 de marzo a Frutos Secos.
Expondré ahora un pequeño resumen de los consecutivos días:
Día 9 de marzo del 11330: lo dedicamos a localizar y comprar, alquilar, pedir prestado, todo lo acordado y necesario. Así no es extraño que Atuntrucha entera colaborara para reunir los suministros; de modo que, sí existía una confraternidad y abnegación apreciada por nosotros; ya que muchas cosas fueron regaladas por los comerciantes que deseaban ayudar; asimismo, otras, por algunos vecinos, amigos. Era la forma que tenían de manifestar su apreciación por su querida aldea, ya que no todos los días se veían aventureros, dispuestos a recorrer más de 100 kilómetros privados de la protección de la Guardia Real. Como recordaréis, normalmente, los comerciantes iban protegidos por los soldados de la Casa de Los Leones, los cuales además de hacer su trabajo, a su vez se aseguraban de que se cobraran los impuestos abusivos. Nadie, en su sano juicio, digo nadie, iba sin protección por las vías; tan sólo los intrépidos aventureros y los locos. Por lo general, el pueblo resultaba tranquilo en el interior, tras las empalizadas era peligroso, por ello la noticia fue acogida con gran novedad y entusiasmo.
Día 10 de marzo: me desperté cerca de las 5:30 horas de la madrugada. Habíamos quedado a las 6:00 para emprender el intrépido viaje. Tomé la mochila que estaba elaborada de algodón, de color gris. En ella metí todos los instrumentos de exploración necesarios para guiarse por el Reino de América: mis mapas, mi brújula personal; también introduje unas cuantas manzanas y un par de bocadillos y una bolsa de tela marrón bien llena de monedas, riqueza no demasiado abundante que había ido ahorrando desde mis primeros días de trabajo. Agarré la espada que me regaló Ethan, un arco, una daga, la cual como es costumbre, me la coloqué en la cintura y salí de mi dormitorio con algo de ansiedad, pero con brío bajé las escaleras rumbo a la taberna, y tras esto atravesé el comedor hasta alcanzar la puerta de entrada delantera y tras abrirla; allí afuera hacia bastante frío a esas horas intempestivas. De pie, sobre el camino de barro, me estaban esperando, en la penumbra de la noche, mis amigos. Los invité a pasar.
–Seguidme –les pedí, invitándoles a entrar acompañado de un gesto realizado con mi mano derecha–. En el establo nos están esperando nuestras monturas y todas las provisiones ya acomodadas en las bolsas de los caballos.
–Tú delante –comunicó Ethan, con un ademán impaciente–. Cuanto antes partamos mucho mejor.
–¿No sería mejor que esperáramos a que salga el sol? –preguntó Pedro, abrazándose a sí mismo por el frío–.
–No hay tiempo que perder –dijimos Ethan y yo al unísono–.
–No te preocupes por la oscuridad –dijo Ethan–; tarde o temprano el crepúsculo volverá para traer la noche del siguiente día; tendremos pues que acostumbrarnos a ello.
–Bien, vamos; no lo demoremos más –expresé–. No te preocupes Pedro, está a punto de amanecer.
Los guié hasta una puerta trasera de la taberna; ésta era una habitación construida de madera con parcelas para reguarnecer hasta treinta animales y el suelo se encontraba relleno de paja, de tal modo es costumbre en todas las caballerizas de el Reino de América. Allí, nos estaban esperando nuestros preciosos compañeros, tres enérgicos y esplendidos caballos.
Uno fuliginoso para mí, otro pardo para Pedro, y el último plomizo para Ethan. Ellos iban a soportar el trabajo más duro, se merecían que les pusiéramos nombres: al negro, le puse de nombre Saltamontes, Ethan llamó Nemo al gris y Pedro bautizó al marrón, como Turrón.
A poco, subimos a los corceles; poca práctica poseía yo guiándolos y Pedro tenía el mismo problema; sin embargo, Ethan parecía acostumbrado. Fuimos desplazándonos a una velocidad inferior al trote, para ir habituándonos a la técnica para guiar uno, con las riendas. Por fin, tras pasar por el puente y abrir el portón de la empalizada que protegía Atuntrucha de los peligros del exterior, salimos. Al cruzar el marco los guardias nos contemplaron algo extrañados; llagaron a murmurar algo entre risas que no fui capaz de comprender. Dejamos atrás la aldea; entonces, me paré un instante y tras darme la vuelta, me puse a contemplar Atuntrucha:
–Hasta la vista –expresé–; espero poder volver pronto.
–¿Ahora te pones nostálgico? –se burló Ethan, con una sonrisa irónica en sus labios–. Pero si ni siquiera hemos abandonado los alrededores.
–Bien –se pronunció Pedro–; ahora, ¿hacia dónde, Ethan?
–Seguiremos el camino comercial en dirección sur a lo largo de unos 60 kilómetros, y luego giraremos rumbo al este, no tiene pérdida, hasta que nos acerquemos al río Arkansas el cual deberemos traspasar por el puente y al cruzar llegaremos a una gran arboleda donde finaliza la calzada; entonces atravesaremos el Bosque Protector, caminando y guiando a los animales por las riendas, durante un pequeño tramo más. Es inevitable para conseguir llegar a Frutos Secos; ya que, como antes dije, este pueblo se caracteriza por estar en el centro de esta frondosidad y no existe una senda bien definida para conseguirlo, quizás encontremos un sendero ligeramente borroso, a intervalos.
–De acuerdo –dije, mientras miraba mi reloj automático–; nos espera una buena cabalgata; son las 6:35. Nos pararemos a comer sobre las 13:30, más o menos; y así dejaremos descansar a los caballos dos horas. Luego seguiremos la marcha a un trote pausado, hasta las 21:30. Más tarde buscaremos un lugar para establecer el campamento nocturno. Mañana, 11 de marzo, debemos penetrar la espesura sin demora, o de lo contrario, no llegaremos a tiempo a mi cita.
Seguimos el camino hacia el sur; pude contemplar un letrero que ponía: “Frutos Secos a 104 km”. A poco, empezamos a cabalgar a trote moderado, lo recomendado para no cansar a los corceles. Ellos nos guiaban por la vía, no hacía falta hacer un gran esfuerzo intelectual o físico para ésto; se mostraban muy intuitivos. Realmente estaba asombrado con la rapidez; la verdad daba una chispa de terror, llegando a los 14 kilómetros por hora; a veces me asustaba un poco la idea de que me pudiera caer accidentalmente del animal, mas yo me agarraba con fuerza.
Lamenté que no dispusiéramos de más tiempo para viajar con más tranquilidad y tener la oportunidad de disfrutar contemplando los bellos paisajes del entorno. Al cabo, nos cruzamos con varias caravanas comerciales protegidas por un séquito Guardias Reales.
Mis sentidos captaron mientras cabalgaba un precioso paisaje de invierno: praderas de hierbas cubiertas por espesa nieve, adornada con arbustos blancos y árboles de diferentes especies se erguían por aquí y por allá; crecían mayoritariamente abedules cubiertos parcialmente de nieve, de finos troncos grises y sus hojas alcanzaban los seis metros de altura, unas pequeñas, sin embargo bonitas; las cuales esparcidas también en el suelo en sus alrededores, creando un manto de hojas con variados tonos de marrón, verde y amarillo. Cerca de la vía, rocas con un sinfín de formas y tamaños entre grandes y diminutas de tonos grises, decoraban el campo silvestre con una belleza sublime. El verde, marrón y cetrino de los vegetales; el marrón y gris de los árboles; y el blanco de la nieve predominaban en un paisaje envuelto por un manto celeste, con un cielo despejado, aunque frío como el corazón de una viuda. El primer amanecer de mi vida fuera de mi villa; un sol amarillo, fulguraba tenuemente, sus primeros halos de luz se asomaban por el lejano horizonte, el cual, empezaba a iluminar ligeramente el ambiente. En un momento del trayecto, mis miradas se posaron en un par de liebres que corrían entre setos, saltando de arbusto en arbusto y escondiéndose de mis contemplaciones. En resumen, después de siete horas de viaje siguiendo el trayecto, nos pusimos a buscar un lugar para comer y permitir descansar a los caballos un par de horas.
Más tarde encontramos un buen lugar apartado en el prado; alejados del camino unos pocos metros al este. Era parecido a una cueva, aunque carente de entrada, ni galerías que se adentraran en una montaña, una roca inclinada algunos grados, majestuosa, demasiado grande, la cual terminaba en pico, apuntando hacia el cielo ligeramente inclinada hacia el este, dejando el camino en dirección contraria. La gigantesca roca sobresalía y creaba una pequeña guarida sombría, un lugar perfecto para resguardarse de la lluvia; pero no una verdadera cueva, pues no erguían montañas en los alrededores.
Ethan fue a por madera, la cortó de un árbol cercano e hicimos un pequeño fuego. Nos sentamos y sacamos los pertrechos: copioso pan, abundante atuntrucha en conserva, agua, una manzana para cada uno. Los caballos comieron también y holgaron, que bien merecido se lo tenían. Mientras comíamos discutíamos a cerca de diferentes asuntos; seguíamos una conversación interesante relativa a bandidos procedentes del sureste; al parecer se escondían en cuevas en esta zona meridional de Atuntrucha:
–Debemos ser cautos por las noches –advirtió Ethan–; más hacia el sur es posible que haya escondidos en cuevas cercanas, bandidos, asesinos, ladrones, desterrados que se esconden de la ley; si nos ven, damos por perdidos los caballos y quizás algunas provisiones; si son muchos, es mejor no enfrentarnos a ellos; o eso me contó mi padre, el cual, viajaba mucho por estos parajes.
–Ethan, podrías habernos contado eso antes ¿no hay modo de evitarlos? –pregunté–. Si nos roban los caballos no llegaremos a tiempo y creo que nos costará más cara la pérdida, de lo que ganemos con ese regalo.
–No hay atajos en este mundo de locos –opinó Pedro–, nos arriesgamos o nos volvemos a casa.
–No regresaremos, te lo aseguro Pedro –afirmé con un aspavientos que era la confirmación de una promesa–, quedaríamos mal ante los vecinos, amigos y la familia. Ahora, si os parece correcto, echemos una siesta por turnos; mientras uno vigila los otros pueden descansar un ratito; nos sentará bien.
–A descansar con la barriga llena –dijo Pedro con una blanca sonrisa–; una pequeña siesta es justo lo que necesito ahora.
No hay hombre a quien no le guste una buena comilona en el campo; y así, con la barriga feliz y caliente; tras yacer unos pequeños intervalos de tiempo, en un momento cercano a las 16:00 horas, subimos a las monturas y proseguimos. Resumiendo; de 16:00 a 21:00 los caballos fueron desplazándose a trote lento por las planicies del terreno, danzando sin parar a través del camino, sin perder el tiempo. Había momentos en los cuales comenzaba a notar la extenuación de mi caballo; ésto me preocupó, pues quizás tendríamos que detenernos antes de lo planeado y dejar el resto del viaje para la siguiente jornada. Era aquel lugar silvestre aún más bello y extraordinario que en mis sueños; cuanto más lo observaba, más me conmovía sus dulces matices de colores; no parecía ser tan peligroso como aseguraban las habladurías populares.
Sea como quiera, se hallaba allí una apacible quietud que me anestesiaba, cuerpo y alma. Si alguna vez moría, me gustaría que me enterraran en un lugar como aquél. Más adelante, nos sentimos forzados a detenernos un par de horas para dejar descansar a los caballos, llegamos a la conclusión de que debíamos parar antes de tiempo, ya que normalmente los caballos tienen sus limitaciones. Los paisajes eran llanuras verdes donde crecían algunos abedules distribuidos de sistema arbitrario. Mis miradas se posaron sobre una meseta plana con algunas pequeñas colinas en las lejanías, hacia el suroeste. En el momento en el que el sol, empezó a esconderse entre las montañas del horizonte oeste; entonces, comenzamos a buscar un refugio o un lugar adecuado para establecernos.
Momentos después, improvisamos un campamento cerca de un riachuelo que zigzagueaba, llamado en mi mapa “Fountain Greek”. Abrigados de miradas indiscretas por un grupo de rocas. Congeniamos que existiendo la amenaza de los bandidos bastante cerca, sería arriesgado encender una fogata, puesto que sería como atraerlos.
–Ahora, escucharme atentamente –rogó Ethan–, yo haré la guardia primero, en segundo lugar Daniel, y finalmente tú, Pedro.
–Bien, qué más da quién vigile primero –opiné–, si notáis cualquier anomalía, un movimiento, un ruido, una luz o sombra en la profundidad de la noche, despertarnos inmediatamente.
–Hará bastante frío si no podemos prender una fogata –opinó Pedro.
–No; tampoco hace tanto frío –respondió Ethan–. No seas exagerado.
–Sí, en realidad, éstas son los últimas semanas de invierno –Concreté–. Aunque tiene razón él, hace bastante frío, el termómetro indica una temperatura de…, espera que lo saque de la mochila…; de 4 grados.
–Si se acercan unos bandidos ¿Qué aremos? –preguntó Pedro–. No somos guerreros, ni soldados entrenados, no nos han instruido para luchar, no estamos en muy adecuada forma física.
–Lo dirás por ti –dijo Ethan–. Te has entregado por completo a la degustación de tartas de doña Ana; yo, sin embargo, me encuentro perfectamente y he estado entrenando para luchar en mis ratos libres; como sabéis, porto un hacha y una daga; si nos atacan, no dudaré en combatir por nuestras vidas y por nuestras cosas.
–No estaría mal que empezáramos a entrenarnos –sugerí–. Deberías enseñarnos algunos trucos. Pedro, el cuerpo ayuda; sin embargo, no es lo más importante; importa más los reflejos, para esquivar golpes y eso se mejora practicando.
–¡Ja, ja, ja! –se mofó Ethan–. Eso creen los flacuchos como tú; aunque sois demasiado jóvenes aún para que se os critique por ello; ya tendréis tiempo de entrenaros.
–Bueno –dijo Pedro–, tanta charla me ha dado sueño, me voy a dormir.
–Yo también –respondí–; Ethan, despiértame dentro de 3 horas, para relevarte y puedas descansar.
–Muy bien, descansar tranquilos, –expresó Ethan–, velaré en la penumbra como los ojos de una lechuza, avizorando en la tenebrosa oscuridad de la noche; atento, al igual que un animal, ladino e incansable.
III
Día 11 de marzo: cerca de las primeras horas del amanecer, unos tenues rayos de luz comenzaron a proyectar desde las cumbres en lontananza, una blanca luminiscencia que bañaba los campos silvestres con un resplandor, el cual se difuminaba por todo el cielo, extendiéndose el día gradualmente. Las brisas del aire entonaban sus silbidos característicos e impulsaban a las hojas a volar y bailar en danzas matutinas en son del capricho del viento.
Giré mis miradas hacia la cúpula celestial: «aunque frío, va a ser un buen día –me dije.»
En unos pocos minutos se había extendido una tenue claridad al este y en media hora (mientras preparábamos las mochilas, volviendo a introducir lo usado con cuidado) poco a poco, era bañada la cúpula celestial oscura de una luz que gradualmente se extendía desde lontananza y al mirar el cronómetro pude conocer que marcaba 5 grados.
Nos esperaba una buena caminata, o más bien a nuestros caballos; en cambio, a nosotros nos tocaba aguantar numerosos minutos sentados, lo cual terminaba siendo muy molesto y hubiera sido mejor, a veces, poder caminar; no obstante teníamos mucha prisa, no había tiempo para caprichos.
Ethan se encontraba muy entusiasmado por la quietud apacible en la cual había transcurrido la noche; en cambio yo me sentía inquieto, abrumado, pues tanta serenidad y silencio me aburría y me sumía en una pequeña modorra. Efectivamente, el anochecer había transcurrido sin imprevistos; y, sin embargo, Pedro opinaba, no carente de razón, que sería conveniente que no bajáramos la guardia, no fuera a suceder algún imprevisto, que nos pasara algo en el momento que menos lo esperáramos. Y aunque llevábamos armas, había que reconocer que no éramos suficientemente diestros en el arte de combatir para usarlas en nuestro beneficio; un arma puede ser el peor enemigo de un novato en el arte de la guerra.
Nuestras impertérritas bestias galopaban veloces rumbo al sur, cuando, sobre las 9:20 horas, ocurrió algo inesperado:
–¡Atención! ¡Mirar! ¡Allí! –gritó Ethan, señalando con la mano derecha mientras miraba por un catalejo–, son unos quince ¡rápido! ¡Debemos escondernos! ¡Si nos ven estamos perdidos!
–¡Rápido! –exclamé, nervioso–.
Con todo, nos encontrábamos en mitad del camino; aunque quedaba una miga de consuelo, pues aún no se habían percatado de nuestra presencia. Para nuestro pesar nos hallábamos situados en medio de una llanura, no había en aquel lugar ningún escondite donde poder ocultarse. Entre tanto, nos veíamos envueltos en serias dificultades, hasta el punto que los jinetes se percataron de nuestra existencia y empezaron a galopar hacía nosotros con ímpetu, a modo si se les fuera la vida en ello, a toda celeridad.
En efecto, por la velocidad a la que venían adiviné que no eran comerciantes; sino, más bien, profesionales y sabían lo que hacían; efectivamente, eran bandidos. Lo cierto es que nos encontrábamos atrapados en una trampa privada de salida. «¿Qué será de nosotros?» Estos angustiosos pensamientos y otros infinitos no menos aterradores me atormentaban mientras esperábamos nuestro desenlace final. Sintiendo una angustia propia de un chico que había tenido una subsistencia tranquila y feliz. ¿Qué necesidad tenía yo de complicarme la vida de esta manera? No obstante, ya era demasiado tarde.
De tal forma si se nos fuera a caer la cúpula encima empezamos a galopar en dirección norte con toda la presteza que nos fue posible exigir a nuestros caballos; sin embargo, a poco, tras 20 minutos de frenética huida, irremediablemente nos alcanzaron y momentos después nos vimos rodeados por una banda de deshumanizados sujetos; los cuales, por lo sucios y lo harapientos que iban pude confirmar que eran bandidos, fugitivos, anarquistas, ladrones, y a veces asesinos; entonces imprequé por nuestra mala fortuna.
Con todo, Ethan blandió su hacha, Pedro cogió su arco y sacó una flecha de su aljaba y yo hice algo semejante con manos trémulas. ¡Pero eran unos quince o dieciséis y nosotros tan sólo tres! Un jinete se aproximó hacia nosotros y gritó:
–Envainen sus armas, o de lo contrario morirán; se encuentran en desventaja, no intenten nada heroico. –paró un momento, miró a su jefe esperando una aprobación y luego volvió a girar en dirección a nosotros y prosiguió–. Mi jefe desea proponeros un trato; pero antes guarden sus armas.
–Envainarlas –sugerí a mis amigos–.
–¡No confíes en ellos! –gritó Ethan–, nos robaran todo, ¿quieres volver a Atuntrucha desnudo y quedar en ridículo ante nuestros parientes?
–Bien; no disparen –respondió Pedro, mientras guardaba su arco–.
–¡No guardes tu arco; zopenco! –le gritó el iracundo Ethan–.
Debo confesar avergonzado que movido por el terror que circulaba por mis venas, enfundé mi arco con manos trémulas; pude darme cuenta del terrible error que cometí al imaginar con gallardía, hasta exiguos poco días, lo heroico que sería en un sinfín de peligrosas situaciones, en el tiempo que saliera de la madriguera por primera vez y me enfrentara a la cruda realidad, la verdadera y conminatoria sombra de la naturaleza inexorable y salvaje; la ley del más fuerte, donde la bondad no juega, y el egoísmo predomina. Me percaté en ese mismo instante de una verdad absoluta; no es igual imaginar tener grandes aventuras que vivirlas en primera persona; la realidad siempre es muchísimo más aterradora; sentir que tu sangre corre peligro, espantosa prudencia hija de un miedo exento de límites.
Por último, pude contemplar alterado, a un Ethan, encolerizado; envainaba resignado su arma con brusquedad, hasta el punto que pude apreciar en la expresión de su fisonomía la inexorable ira de un demonio, tal cual si tuviera un siniestro lado oculto que ni el mismo, siquiera, conociera; por ésto y por las hinchadas venas de sus dos nervudas manos aferrando el hacha con el ímpetu de un titán, llegué a creer firmemente en la idea de que quebraría en mil fragmentos la simple empuñadura compuesta de madera. Tras soltar el arma en su funda se volvió rígido semejante a una piedra, adoptando una pose con los puños cerrados y las piernas abiertas, esperando una señal para recuperar el movimiento en una última lucha desesperada por la supervivencia en este mundo adverso y frío.
Complacidos los bandidos por nuestra cobarde reacción, un jinete, el cual se hallaba escondido en el centro de la comitiva salió a nuestro encuentro. Lo cierto es que era una mujer; estábamos de suerte; es bien sabido que las hembras por naturaleza son más misericordiosas, más sensibles, más indulgentes, o al menos eso pensaba yo. Así es que se dirigió cabalgando hacia nosotros. Era una señora de mediana edad. Tenía la faz sucia, los dientes desagradablemente amarillos y una cicatriz en un ojo. A poco, paró su caballo; al cabo, nos contempló detenidamente escrutando nuestros ojos. Tras un pequeño instante me miró y se me aproximó sin apartar sus ojos de los míos, como intentando hipnotizarme con su fría y abyecta mirada:
–Bueno, bueno, bueno –expresó mientras analizaba mi fisonomía– ¿qué tenemos aquí? Tres guapos polluelos del mundo civilizado ¿Os habéis perdido bonitos? ¿Qué os ha hecho dejar la seguridad de vuestra aldeíta? Para terminar aquí, perdidos; atrapados al igual que ratones en una trampa. Aquí no hay ley; aquí impera la ley del más fuerte. De todas maneras, os felicito por vuestra buena suerte; os habéis topado con una mujer que le gustan los jovencitos, ¡uih, ji, ji! Os voy a conceder la oportunidad de elegir; tenéis dos opciones: os unís a mi banda y os convertís en mis bufones; o me vendéis vuestros caballos a un precio muy económico. ¿Qué me decís?
–Os lo ruego, señora, necesitamos nuestros caballos –le rogué tanto con palabras como con una expresión en mi rostro y un gesto suplicante–, os daré comida y la totalidad del dinero que tenemos; pero, por misericordia, los caballos no podemos entregárselos.
–¿Me has llamado señora? ¡No vuelvas a llamarme señora! En todo caso señorita. ¿No has comprendido, chico, que soy una bandida, la cual se dedica a vender caballos robados? En vuestro caso ya que me parecéis súper adorables os daré nueve monedas de cobre por cada caballito, para que os compréis un poni. ¡Es una miseria! ¡Lo sé! Pero es lo que hay, otros bandidos, os matan antes que podáis abrir esa cándida boquita que tenéis. ¡Bajaros de los putos caballos ahora mismo!
Para desesperación nuestra, tras estas últimas palabras, una docena de bandidos, desenvainaron; espadas, cuchillos y algunos apuntaron con destino a nuestras extremidades. Carentes de alternativas, nos bajamos de los caballos. Nuestros preciosos caballos; Saltamontes, Nemo y Turrón fueron arrancados de nuestras manos y guiados cada uno por un ladrón, alejándolos de nosotros. Acto seguido, la jefa, se me acercó y me tendió en la palma de mi mano izquierda unas pocas monedas de cobre, las cuales ni siquiera contó; esta cantidad no cubría ni el diez por ciento de lo que valía uno de ellos; sin embargo, lo peor fue la pérdida sentimental, no el valor económico. ¿Cómo iba a explicarle a Ana que había perdido sus caballos?
–Cuidaros bonitos –dijo ella, saludando con la mano derecha, se despidió con una amarillenta sonrisa entre sus deteriorados labios–. ¡Tener cuidado! Habitan por allá y por acullá depredadores peores que yo, adiós.
Alejándose, galopando por la llanura, se volvieron por donde habían salido y frenéticamente hacia el sur, a la velocidad del rayo, se alejaron hasta que parecían simples motas de polvo en el horizonte meridional de la llana pradera.
En efecto, habíamos aprendido una lección; es altamente arriesgado viajar por las calzadas que unían las aldeas carentes de la protección de una comitiva de Guardias Reales. Tengo que confesaros que por mucho tiempo no volvimos a hollar un camino de uso comercial. Y me daba la sensación, aunque fuera una simple suposición mía, que a la Casa Real le interesaba la presencia de bandidos en las vías que unían las diferentes poblaciones, porque eran los Guardias Reales más necesarios y ellos los encargados en cobrar los impuestos; de esta manera se prevenía los comercios clandestinos libres de exacciones.
–¡Maldición! –gritó Pedro con impotencia y tristeza–. ¡Ladrones!
–Bueno –opiné, intentando ser positivo en la medida de lo posible–, todavía contamos con nuestras provisiones y armas y podrían habernos dejados desnudos, desprovistos de nada que engullir. Alejémonos del camino inmediatamente.
–¿Volvemos a casa? –preguntó Ethan–. Viajando a pie, no llegaremos antes del día 13 o 14. Me temo que no llegaremos a tiempo a tu cita.
–Da igual, acudiremos igualmente; puede que nos espere unos días o puede que no; pero el regalo, ¡me muero de ganas por saber de qué se trata!
–Estoy de acuerdo –opinó Pedro–. No nos detendrán un puñado de deshumanizados bandidos.
–Pues sigamos –concluyó Ethan–. Seguidme, os sacaré del camino y os conduciré por senderos más tranquilos.
Por lo tanto, giramos hacia el sureste y nos adentramos caminando, a paso ligero, aunque sin prisas, en el interior del campo silvestre, el cual era una planicie verde y blanca, formada con algunas lomas pequeñas y hondonadas no demasiado hondas. A poco que encontrábamos algún que otro terraplén y unas pocas lomas decoradas con el tiempo por el trabajo de la naturaleza con múltiples, calizas grises, matas y arbustos cubiertos de nieve; árboles, pinos, abedules entristecidos por el invierno.
Más adelante, este paisaje en el cual nos introducíamos se transformaba en unos prados, así como una planicie con un pequeño grupo de ondulaciones montañosas pero no demasiado elevadas. En la lejanía se contemplaba una pequeña sierra compuesta por unas cordilleras nevadas altísimas. Las praderas estaban rodeadas, a veces, por algunos abedules, que formaban familias, por así decirlo, en grupos de árboles de un par a una centena, los cuales se habían extendido con el paso de las primaveras.
Más tarde, avistamos en el horizonte, encima de una loma cercana, un musmón, conocidos asimismo como carneros de las rocosas. Son una especie de la familia de los bóvidos muy común en el Mundo Conocido, alimento más común de los lobos más grandes. Éstas se asemejan a unas ovejas de las nieves con pelaje color marrón y blanco rodeando el hocico, con una nariz negra y también pelaje blanco en los muslos traseros. Son más grandes y corpulentos que las ovejas. Cuentan con dos cuernos los cuales se enredan hacia atrás describiendo un ángulo circular para luego volver a apuntar sus puntas en dirección al frente. Cuernos que utiliza a modo arma defensiva y ofensiva, contra depredadores y miembros de su misma especie en una salvaje competición por ser el líder.
La exuberante e idealizada belleza del paisaje, compuesta por montañas con picos nevados en la lejanía y prados en la cercanía, bajo un firmamento celeste moteado de nubes, me provocaba sensaciones a manera las que siente un pintor de paisajes al tener la suerte de poder contemplar la magnificencia de la naturaleza y me hacía meditar en lo mucho que me había perdido durante ciclos de cautiverio en la posada de mi querida Ana. Se dibujaba ante mí un maravilloso cuadro de una serranía, cerros, pinos y praderas que se elevaban a veces en dirección a las sierras, en los cuales dominaban los colores llamativos; verdes para los pinos y cetrina para los abedules y la hierba de las planicies verdes cubiertas de nieve a veces igualmente en contraste con el marrón de la tierra. La naturaleza usaba los colores marrón, pardo, gris y blanco para las rocas y tierras que formaban las cumbres de la montañas picudas carentes de vegetación, pero cubiertas ligeramente de nieve brillante.
A lo largo del trayecto, a veces necesitábamos rodear una colina; otras, en cambio, cruzar un pequeño río caminando por la ribera del caudal para llegar a un vado. Y rara vez encontrábamos un lago, no obstante, encontramos uno próximo a una loma solitaria. Un río nacía en el interior de ésta, que salía de una de sus cuevas subterráneas y terminaba en un lago ovalado, no demasiado extenso. Decidimos que era un lugar hermoso para descansar, almorzar y bañarnos; «¿por qué no? –pensé.»
Por lo tanto, a eso de las 13:00 nos detuvimos a comer y a las 13:30, más o menos, nos bañamos en ese enigmático lago y luego, sentados, preparamos un pequeño campamento con una mesa improvisada con un mantel; en tanto comíamos conversábamos sobre política; recuerdo claramente en mi memoria la tertulia de ese mediodía:
–Permitidme que os hable de las últimas habladurías populares que circulan en relación a la Familia Real –dijo Pedro–; trasmitidas de boca en boca y transportadas por los comerciantes entre las aldeas. Llegó a mis oídos hace unas semanas. Resulta que el hijo del Rey, el altanero Príncipe León X, primogénito y heredero de la corona, a sus 19 años, ya es un auténtico desequilibrado; pues resulta que al chaval le gusta matar y disfruta con el sufrimiento que provoca a sus súbditos; más por lo visto, su padre todo se lo consiente, incluso lo anima y le ríe la gracia. Cuentan que mata cuando tiene oportunidad o lo hace sin ningún motivo coherente. Hace escaso tiempo, conforme los rumores, mató a un criado; porque, según él, estaba coqueteando con su prometida, la duquesa Leoporda XI. Sin embargo, otras fuentes aseguran que el mozo tan sólo le estaba sirviendo una merienda y nunca fue su intención hacerlo; fue ella que queriendo dar celos a su querido, montó la escena para que la viera, en represalia por una discusión anterior. La verdad es ésta: por lo visto ella quería casarse cuanto antes y el Príncipe quería esperar unos cuantos años más. Entonces, cuando se le presentó la oportunidad coqueteó con su mayordomo personal aprovechando que entraba en la estancia el Príncipe; maldita suerte la de ese pobre hombre que fue juzgado por el Rey como traidor a la corona y fue trágicamente, dolorosamente e injustamente ejecutado.
–Alguien debería rebelarse contra estas vilezas, liderar una rebelión –opinó Ethan–.
–Nosotros por ejemplo –opiné sin reflexionar lo que decía–. ¿Podríamos nosotros liderar una rebelión de semejante magnitud?
–¡No! –exclamó Ethan, con un gesto de desaprobación girando la cabeza de derecha a izquierda–. No quiero problemas, ese asunto es mejor dejárselo a un político o alguien popular. Al cual el pueblo lo apoye incondicionalmente. El Rey cuenta con miles de guerreros dispuestos a combatir en su nombre; sería una lucha encarnizada que duraría años, las victimas se contarían por miles y nuestra conciencia no nos lo perdonaría por la muerte de tantos inocentes.
–Es verdad, no te falta razón –opinó Pedro–; no obstante, si el conjunto del mundo pensara igual que tú, nadie haría nunca nada y las infamias continuarían para siempre de los días, transmitidas de generación en generación.
–Ahora que lo pienso, tienes razón Ethan –opiné; un ademán meditativo se apoderó de mí–. A nadie le gustaría más que a mí; sin embargo, no es tan sencillo, la Casa Real tiene a los Condes y a un ejército de avezados guerreros, sería una batalla perdida; a mi parecer, mejor olvidarnos del tema. Por cierto, no viene a cuento; pero, no os he contado un asunto.
–¿De qué se trata? –preguntó Ethan–.
–Hace unos días –expliqué–, en concreto, una noche, antes de recibir la carta, vi sobre la Luna a un extraño ser volando; mas no me preguntéis qué pudo ser, porque no tengo ni idea; es algo que se escapa a mi compresión. Además, os puedo asegurar que no fue una alucinación mía, pues no había bebido tanto. ¿Existen criaturas en el Mundo Conocido capaces de sobrevolar el firmamento, a parte de las aves? ¿Y con forma humana? ¿Serán ciertos los mitos referentes a los Dioses que viven en la Luna?
–No puede ser –opinó Ethan–. No se conoce tales humanos con la capacidad para volar. No obstante, si lo has visto y aseguras que es real, probablemente… quizá hayas tenido el honor de ver al Dios de la Luna.
–Bueno, voy a echar una pequeña siesta –dijo Pedro–. No te preocupes por esa cosa que viste, seguro que era un águila o algo similar.
Sobre las 16 horas retomamos la marcha, caminando a penas cuatro o cinco horas más. En resumen: llegamos al anochecer, tras cruzar por un vado el río Arkansas en dirección sur hasta llegar a las afueras meridionales del Bosque Protector. En el pastizal empezaba una abundante arboleda de abedules con tonalidades que iban desde el amarillo verdoso al verde oscuro; en medio de la integridad de esa vegetación debía localizarse la aldea Frutos Secos. Así es que cansados, tras una discusión congeniamos en la resolución de no introducirnos en sus entrañas en la penumbra de la oscuridad; sería más seguro bajo la protección de los rayos del astro refulgente.
–Y mañana, a ser posible, llegaremos a la aldea antes de que anochezca –dijo Ethan.
Comenzamos a sacar la tienda de campaña de la bolsa para crear un campamento en los márgenes del bosque a fin de poder pasar la noche. Sacamos las mantas y los sacos de dormir; mientras Ethan y Pedro iban a por leña, yo montaba la tienda de campaña.
Tras cenar, nos turnamos a la manera habitual para hacer la guardia. Lo cierto es que esa noche me atemoricé y no conseguí dormir a penas y la recuerdo como si hubiera acontecido hace unas horas; en la más tenebrosa oscuridad percibimos, muy aterrorizados, los intimidantes aullidos de unos lobos feroces; sonidos que venían del interior de el Bosque Protector; o al menos, lo fue en el momento que le pusieron el nombre; ahora en cambio, desde luego, no lo parecía, sino más bien un bosque agresor.
Los Aullidos sonaban como si los indigentes lobos no hubieran comido durante días; como si nos hubieran olido y se estuvieran animando entre ellos para la caza de los tres humanos, que incomprensiblemente para ellos, habían abandonado su tranquila aldea e iban a servirles de suculenta cena. En el instante que los aterradores sonidos cesaron, mi cuerpo aprovechó para desactivarse, reposar y reponerse; pero necesitaba descansar encarecidamente y a pesar de que mi preocupación me rogaba que me quedara vigilando; me sumí contra mi voluntad en un sueño incontrolado; y peligroso, por la invulnerabilidad en la cual me dejaba ante mis acechantes depredadores, igual que una presa fácil y tentadora.
IV
Día 12 de marzo. En el momento que mi mente recobró la conciencia, abrí los ojos y giré instintivamente el cuello para ojear mi reloj automático, marcaba sobre las 6 horas. Era el día de mi cumpleaños, el que alcanzaba la mayoría de edad, mas fuera como fuere, ya era todo un adulto; pero no un hombre, sino más bien un ingenuo joven de 18 años; no obstante, fueron unos apasionantes años que me había regalado la vida y todas las personas que aportaron algo a ella. No sólo los amigos participaron, sino también Ana y sus familiares los cuales me acogieron como si fuera un verdadero miembro de su familia; y el que fuera así, fue gracias a la gran confraternidad que se respiraba en Atuntrucha, hasta el punto que, nadie se habría muerto de hambre, en el caso de que sufriera de necesidad, ya que el abnegado ayuntamiento se encargaba de buscar una solución a los problemas de cualquiera que pasara necesidad; sin embargo, afortunadamente para las arcas del alcalde, pocas veces alguien necesitó ayuda. Había terminado una temporada bastante feliz; y en este instante comenzaba una nueva etapa.
–¡Felicidades! –me felicitaron ambos amigos–.
–Gracias –exclamé, mostrando mi mejor sonrisa–, pero no hay tiempo para celebraciones, no perdamos tiempo, debemos apresurarnos para llegar a la aldea antes del anochecer; sin embargo, cuando lleguemos a la posada os invitaré a cenar por todo lo alto.
Nos adentramos en las entrañas de este bosque compuesto de abedules y álamos principalmente. Dejando nuestras huellas tras nosotros, localizamos un sendero, el cual seguimos durante un par de horas hacia el corazón de éste. Caminábamos someramente en dirección sur, con brújula en mano; pisando barro, mantos de hojarasca, pastos silvestres, esquivando charcos de agua y nieve en abundancia la cual parecía estar ya derritiéndose por el cercano cambio de estación.
Mientras tanto, paladeaba el sabor de la miel, una rama crujió bajo mis pies, un pájaro graznó en mis oídos, un gorrión voló ante mis miradas, un fragante olor a resina de árbol inundó mis nervios olfativos.
Miré un instante hacia las copas de los árboles para divisar unas ráfagas de vientos helados que acariciaron las hojas, meciéndolas, haciéndolas bailar y finalmente caer; que formaba sobre el suelo una decoración natural de hojas de una gradación de colores entre verdes y marrones. Minutos después saltó una libre y se introdujo en una madriguera cercana en el tronco de un enorme árbol. Los pajaritos planeaban buscando pareja y comunicándose en la distancia con gorgoritos.
Un par de horas después, una rama cayó encima de la cabeza de Pedro sin llegar a resultar nada grave; sin embargo, el susto le impulsó a dar un grito bien lancinante. Ethan sacó partido y estalló en una cadena de risas descontroladas; yo en cambio sentí pena por el pobre chaval ya que le salió un chinchón en la cabeza.
Al cabo de unos pocos minutos, llegamos al corazón de este vivo ecosistema. El Bosque Protector se encontraba compuesto en su interior por algunos árboles de la especie álamos negros, conocidos también como chopos negros, de hojas caducas, que significa que pierden éstas. Además, cuentan con unos troncos robustos cuando han alcanzado su plenitud y ramas de corteza color gris. Sus pequeñas hojas verdes, con dimensiones de 2 a 6 cm de longitud, lateralmente comprimido y con frecuencia velloso. Crecen altos y alargados, a veces en forma ovalada y llegan a medir hasta 35 metros. Añadir que la madera se utiliza para carpintería, para construcciones que no deban resistir grandes pesos.
La superficie se encontraba cubierta de hojas desecadas del pasado otoño y la nieve se fundía con la tierra negra. Soplaban una gran cantidad de ráfagas de viento helado, cuervos y aguzanieves volaban por aquí y por allá. Mis miradas se posaron sobre una la lavandera blanca o aguanieves, pajarito pequeño blanco y negro, que en verano emigran a las altas montañas heladas del Mundo Conocido, huyendo del calor.
En el punto del trayecto en el cual empezó a desaparecer el sendero, usamos nuestras brújulas para guiarnos hacia el centro del bosque; por consiguiente, seguimos peregrinado hacia el sur, aplastando barro, nieve, ramas y hojas secas.
Mientras caminaba por el bosque no podía dejar de pensar; dejando a un lado la cuestión de que sería el regalo, no podía, sin embargo, preguntarme por qué motivo deseaba el misterioso amigo de mis padres ayudarme; pues, yo no había hecho nada para merecerlo; es más, ni siquiera lo conocía; Pedro opinaba que era todo muy raro; en tanto que, Ethan afirmaba que aquel sujeto buscaba sacar algún provecho de mi persona.
«No obstante, pronto lo sabremos –pensé. »
Cerca de las 13 horas nos detuvimos para comer algo. Mientras degustábamos un bocadillo con pan de trigo y atuntrucha en conserva y una manzana de postre, oímos una vez más unos aullidos de lobos desamparados.
–Otra vez esos malditos lobos –maldijo Ethan–. Tener preparadas las armas, por si acaso. Suenan bastante lejos, pero nunca se sabe lo que puede pasar.
–Parece como si olieran la comida a distancia –dijo Pedro–. Pobres lobos hambrientos, no me gustaría estar en su lugar.
–A mí no me gustaría estar en mi lugar en el momento en que nos ataquen –opiné–. Pedro, saca tu arco y prepárate.
–Estar atentos en todo momento –añadió Ethan–; ahora empieza lo complicado.
–Supongo que estos lobos no vienen precisamente a guiarnos por el bosque –ironizó Pedro–.
–Las flechas aquí no nos servirán –aclaró Ethan–; usaremos las espadas. Son animales muy astutos y no atacaran si nos ven con una espada en la mano.
Retomamos la marcha cerca de las 14:00 horas, desplazándonos hacia el sur a una velocidad muy ligera, casi corriendo, puesto que era de vital importancia llegar a Frutos Secos entes de que la tenebrosidad vespertina cayera encima de nosotros. Por otro lado, estaba esos malditos cuadrúpedos; de pronto, comenzaron a oírse los aullidos, nuevamente, y esta vez se oían más cerca.
«¿Cuántos serán? –Pensé–. ¿Cuántos seremos capaces de repeler? Todos tenemos nuestras limitaciones”.»
Tres guerreros no pueden combatir a una manada de cincuenta lobos que ataquen al unísono. ¿Había sido un error entrar en el bosque? Y esta expedición ¿había sido para, finalmente, morir devorados por unas feroces bestias? ¡Ya me imaginaba los más terribles desenlaces!
Recuerdo que pensé: «maldita imaginación, maldito miedo, maldita conciencia y malditos lobos, ¡cuidado!»
–Estar atentos a cualquier movimiento o ruido –ordenó Ethan–, un simple despiste os puede costar la vida.
En efecto, se acercaban varios ejemplares; eran un grupo de cuatro pequeños con pelaje color gris. No atacaron, sólo se quedaron mirándonos. Efectivamente, normalmente las pequeñas fieras grises no comían y no atacaban humanos, deben estar muy desesperados para decidir atacarlos ya que estos los intimidan bastante y no les compensa el riesgo. Éstos se acercaron y solicitaban comida a aullidos.
–Hay que ahuyentarlos o atraerán a más de ellos –ordenó Ethan–.
–¡Fuera de aquí malditos! –grité con todas mis fuerzas–.
Empezamos a correr y ellos nos seguían desde una distancia segura. Danzando por el bosque, saltando, corriendo, nos seguían los puñeteros. No podía pintar mi desesperación, era tal cual si la muerte me siguiera, como si fuéramos liebres que escapan de carnívoros. ¿Qué había pasado con las liebres de este bosque? ¿Por qué no servían de presa a estos desesperados lobos? Así es que estuvimos corriendo durante tres horas. Estaba anocheciendo. Seguimos corriendo desesperadamente. Realmente nuestros perseguidores nos estaban ayudando a llegar antes de lo previsto a Frutos Secos. Me di cuenta de que el número de ellos había crecido considerablemente. Una hora más tarde por fin divisé en la lejanía los tejados de las casas de la aldea.
–Hemos llegado, estamos a salvo –dije–.
La Aldea había sido construida sobre un calvero, libre de maleza, de grandes dimensiones. En su centro se encontraba, rodeada por una alta muralla de piedra, de un tamaño de cuatro metros de altura. Ésta, contaba con dos puertas de madera que permanecían cerradas habitualmente. En efecto, se intuía que había problemas; ya no era el bosque tranquilo que fue antaño; lo cierto es que su nombre ya no tenía ningún sentido. Así, pues, la muralla se extendía, rodeando ésta, con una forma ovalada, bastante más extensa de norte a sur. Habitantes que se dedicaban al cultivo de ciruelas y albaricoques para la elaboración de ciruelas desecadas y orejones, los cuales cultivaban en lo recóndito, tras la muralla; pero no era rica la cantidad de frutos secos que exportaban, ya que era pequeña, con poca producción y bastante aislada.
«¿Por qué no se había construido un camino en el bosque para los viajeros? ¿Cómo viajaban los comerciantes?» Fueron preguntas que me hice, y no fui capaz de resolver. Las gentes de ese lugar deberían ser muy cerradas o no contaban con recursos para hacerlo. Y por supuesto, no se le podía pedir mucho a nuestra Casa Real, la cual, nunca, digo nunca, hacía nada; tan sólo robar al pueblo a través de impuestos abusivos.
Era un pueblo humilde; ésto se podía apreciar en el viejo y deteriorado portón de madera de la muralla al que nos acercábamos; el cual, su madera, se encontraba podrida por el paso de los años en contacto con la naturaleza y estaba llena de musgos y grietas. Al llegar, llamé con unos buenos aldabonazos; al tanto que Ethan hizo lo mismo, a modo impaciente; me dio la impresión de que quebraría en mil pedazos el picaporte, como siguiera llamando con esa descontrolada e impetuosa intensidad.
–Somos unos aldeanos de Atuntrucha –dije.
Minutos después oímos una voz grave proveniente del otro lado:
–¿A qué han venido? –interrogó el hombre–, os aviso que no queremos problemas en Frutos Secos.
–Nos dirigimos a la posada el Perro Gordo –le expliqué–, hemos quedado con un amigo en la taberna; somos tres hombres; comerciantes… Le juro que no somos problemáticos, venimos con los bolsillos bien llenos de monedas para gastar en la posada. No tema, abra la entrada buen señor, ¿me creé usted?
–¡Juas…! –se mofó la voz–. Cómo no voy a creerle con esa sinceridad con la que habla, que parece un monje. Ahora mismo os abro; pero tengo que comprobar que tenéis dinero, no queremos vagabundos en la aldea.
Instantes después sonó un crujido de bisagras y cerraduras que se desplazaban. La puerta derecha se movió deslizándose lentamente, crujiendo, chirriando. Sujetándola se encontraba un señor mayor y alto pero encorvado de unos 1,90 metros de altura; debería de tener entre unos 200 y 220 años. Al cabo de un rato nos dedicó una amarillenta sonrisa mientras hacía un gesto con la mano saludando.
–Pasen amigos –dijo–. No se queden ahí parados con cara de bobos, o volveré a cerrar la puerta en vuestras narices; pasen, bienvenidos a Frutos Secos. La posada la encontrarán hacia el sur, al fondo, en la plaza municipal; la regenta Santiago.
–Gracias –dijo Ethan haciéndole un ademán que expresaba gratitud–. Muy amable.
De modo que tras introducirnos en lo profundo de la aldea contemplé un grupo de unas cinco docenas de casas de dos plantas distribuidas por una calle en forma de T, vista desde la bóveda celeste. La calle principal se componía de piedras rectangulares, con tonos grises y blancos, creando un mosaico de piedras.
A poco me percaté que unos poco aldeanos nos saludaban; intuían que éramos forasteros; algunos decían cosas como: «bienvenidos» o preguntaban: «¿Qué os trae Frutos Secos?» También te invitaban: «entren, les invito a cenar.»
Tras recorrer un corto trayecto hacia el norte, entramos en la plaza municipal a las 21:30, la cual había sido diseñada con unos edificios de paredes blancas de dos plantas; con los tejados de ladrillos rojos, dieciséis grandes ventanas con balcones distribuidos ocho arriba y ocho abajo. Entre todas las casas, distinguí la posada gracias al llamativo letrero de madera el Perro Gordo. La puerta principal, grande y de madera, con unas dimensiones de dos metros y medio de alto por un metro de ancho, pintada de color verde, con bisagras y cerradura de color rojo.
Dejamos la penumbra del crespúsculo para introducirnos en una estancia grande; a poco divisamos desde la entrada una serie de mesas donde se encontraban muchos hombres y mujeres de diversas edades sentados en grupos charlando, cenando, bebiendo entre murmullos y risas. Conseguí fácilmente localizar el mostrador de recepción en el fondo, junto una escalera que conducía hacia la segunda planta. Me precedió Ethan y yo lo seguí; el posadero nos recibió con una sonrisa en su rostro ante una eventualidad para obtener ganancias.
–Saludos forasteros, bienvenidos a la posada el Perro Gordo, déjenme adivinar, ¿necesitan una habitación para pasar la noche?
–En efecto –afirmé–. ¿Sabe usted si ha venido alguien a traer un regalo para mí? Soy Daniel I de la aldea de Atuntrucha y estos son mis amigos Ethan y Pedro.
–Sí, vino un mensajero y me entregó un paquete para usted.
El recepcionista buscó en un armario, a poco sacó un cofre y un sobre sellado.
–Antes debo verificar su identidad, enséñeme su marca de nacimiento.
Aquello me dejó impresionado; por lo visto, el amigo de mis padres me conocía bastante bien y había tomado precauciones para asegurarse que no fuera otro el que obtuviera mi regalo. Levanté la mano izquierda y el posadero, tras estudiar detenidamente mi marca, me entregó, no muy convencido, el sobre blanco cerrado y el cofre pequeño de madera, en el que entrarían como mucho 4 o 5 manzanas.
–Gracias, estamos cansados –le comuniqué–, necesitamos alquilar una habitación con tres camas.
–Síganme…, síganme…, les llevaré a su dormitorio…, esperen que coja la llave… Aquí está…, vamos.
Nos condujo por unas escaleras de madera hasta la segunda planta. En un pasillo había diez puertas de madera. Tras abrir la tercera el dueño hizo un gesto en solicitud de cobrar la tarifa anticipadamente:
–Son dos monedas de cobre por noche –solicitó levantando una mano–, si me pagan ahora será todo un detalle.
–Tome; muchas gracias –dije, tendiéndole lo solicitado sobre la palma de su mano.
–Gracias…, muchas gracias…, si necesitan que les suba algo de comida o bebida háganmelo saber, entonces me marcho, que descansen.
Nuestros músculos se contraían, nuestras piernas se movían en dirección hacia lo intrínseco, nuestras miradas analizaban de derecha a izquierda lo desconocido; una estancia iluminada por una lámpara de cera con una sutil luz amarilla entre sombras, colocada encima de una mesa que estaba junto a una pared, la cual reposaba sobre un suelo creado con láminas de madera. Tres camas, tres sillas y un armario acompañaban a ésta para completar la totalidad de su inmobiliario. En la pared norte, una ventana rectangular con los postigos abiertos esperaba a que fueran a mirar a través de sus marcos las vistas maravillosas de la plaza; aunque de noche sólo se apreciaba oscuridad y algunas luces tenues.
–¿Cuándo vas a abrir el enigmático cofre? –preguntó Ethan con un gran interés.
En efecto; yo tenía tremendo interés en descubrir de qué se trataba, el cual me intrigaba desmesuradamente debido a que nunca había recibido un regalo de un amigo de mis padres; por consiguiente, sentía una enorme inquietud, al igual que mis amigos, por desenmarañar este misterioso enigma.
–¡Sí! Pero antes, sentemos junto al escritorio.
–¡Ábrelo ya hombre! –exigió Pedro.
–Leeré primero la misiva, si os parece.
–Como quieras; es tu regalo –opinó Ethan–.
De tal manera que, nos sentamos en las sillas junto a la mesa y coloqué la carta y el cofre sobre ésta. Enseguida, antes de abrirlo, escruté los rostros de mis amigos esperando su aprobación, acto seguido me mostraron una afirmación con un ademán muy impaciente. Más pasara lo que pasase me dispuse a rajar el sobre de papel para sacar la hoja, de modo que al sacarla pude distinguir unas delicadas letras escritas mediante pluma con una tinta color púrpura. Trazadas empleando una sutileza increíble; pondré aquí la parte más importante del mensaje:
«Mi querido aliado Daniel, en primer lugar, permíteme felicitarte por el día de tu cumpleaños, es obvio que si lees este escrito seguramente sea a causa de que llegaste tarde a nuestra cita en el Perro Gordo.
El 12 de marzo es el día en el que te conviertes en un adulto, comprenderás, amigo mío, que como persona mayor debes empezar a asumir tus deberes y convertirte en aquello para lo que naciste; pues resulta que necesitamos tu ayuda para un proyecto que nos beneficiará a muchos. Para ayudarte a cumplirlo, te regalo un magnífico reloj de pulsera, aunque no es un reloj exactamente.
Acerca de ello te diré que no te asustes cuando te lo adhieras a tu muñeca izquierda; es para que no lo pierdas y para prevenir que te lo roben. Se trata de algo mucho más importante de lo que te puedes imaginar. Es muy útil, lo vas a necesitar, es un compendio de herramientas y una gran base de datos de información, dotado de una tecnología muy avanzada. Lo necesitaras para llevar a cabo tus labores.
No sé si habrás oído alguna vez la palabra reloj electrónico. Está diseñado con una capacidad infinitamente avanzada; la cual cuenta con una pequeña fuente de alimentación que necesita para su correcto funcionamiento. Añadiré que el reloj debe cargarse primero antes de usarlo por primera vez; la fuente de energía se carga con el calor de tu cuerpo y con la luz solar.
Una última cosa: sí…, te confirmo lo que ya intuías; eres un elementalista…, mi aliado en la Tierra.
Los elementalistas son seres creados para que puedan interactuar con una materia de una manera vanguardista, poniendo a su disposición el control de todos los elementos; sois los guerreros elegidos para combatir en nombre de los que lo crearon. Un día, alguien, usando todo el conocimiento de la ciencia del momento disponible, modificó el genoma y mezclándolo con un dispositivo con tecnología vanguardista lo hizo posible.
Es todo lo que te puedo comunicar acerca del tema por ahora. Debes aprender a dominar tu poder, te ayudaré a desarrollarlo y tú, a cambio, nos ayudarás a nosotros. ¿Te parece bien?
Si te agrada el trato que te ofrecemos ven a verme…, te espero en la aldea “Nieve”, situada al noroeste de Denver, en una región montañosa, construida en las cumbres nevadas de esta sierra. Se encuentra a 2500 metros de altura. Cruza la puerta este de Denver y luego, gira a la izquierda, sigue recto hacia el noroeste, más adelante en el horizonte lejano verás una sierra de montañas. Nos vemos en la posada el Abrigo el día 27 de marzo. No te retrases; no suelo esperar a las personas poco puntuales. Si no te veo, le dejaré nuevamente otro sobre al posadero. Ten cuidado por el camino con los bandidos y con la Guardia Real. ¿No lo sabías? Me ha soplado un pajarito que resulta que el Rey te está buscando, como ya eres mayor de edad. Ha emitido una orden de captura.
Lo siento; quiere tu cabeza sobre una bandeja ya que eres una amenaza para él y su familia. No vuelvas a “Atuntrucha”. Te he dejado una gran ayuda económica en la caja que te vendrá bien para empezar desde cero. No te identifiques en ningún lugar con tu verdadero nombre, usa otro, ¿OK?; hasta la vista Daniel.»
La historia en relación al reloj me pareció impresionante; aún más, difícil de creer. En ese momento pensé que todo era una broma de mal gusto; pero al leer que no debía volver a mi aldea, toda mi preocupación se centró en ese fatídico problema, dejando de lado la idea de abrir el cofre.
«¿Qué debo hacer? –cavilé con una preocupación que helaba la sangre–. ¿En dónde viviré a partir de ahora?» Eran asuntos que me atormentaban.
–Debe de ser una maldita broma de mal gusto –exclamé, enervado por el sueño, de un modo nunca antes sentido, mientras intercambiaba miradas con mis amigos–. ¿Cómo que no puedo volver a Atuntrucha? ¿A dónde voy a ir? ¡Maldita sea! ¿Qué voy a hacer a partir de ahora? ¡Esto de la magia es, simplemente, una maldita superstición! ¡Una maldita socarronería que me ha regalado el destino! No existe tal poder, nunca he tenido ninguno. ¡Nunca me he considerado diferente, ni especial! ¿Cómo voy a ayudar a los demás, si ni siquiera soy capaz de ayudarme a mí mismo? ¡Es ridículo! ¡Absurdo! ¡Mi taberna, la pobre Ana! ¡Debemos volver a Atuntrucha inmediatamente! ¡Hay que avisarla!
–Es duro lo que acabamos de oír, ¿cómo se asimila tanta información? –expresó Ethan dubitativo–; demasiada para digerirla.
–¡Debemos volver en seguida! –gritó Pedro–. ¡Vámonos!
–Es poco razonable volver antes de que descansemos –opinó Ethan–. Durmamos un poco. Mañana compraremos unos caballos al posadero y llegaremos en 15 horas trotando sin parar.
–¿Podremos dormir sabiendo que está en peligro Ana? –pregunté–. Será mejor partir ahora mismo, o de lo contrario, no me lo perdonaré nunca.
–¡Vámonos! –exigió Pedro–.
–A ver si lo he entendido bien –preguntó Ethan–. ¿Estáis dispuestos a franquear el bosque protector invadido por lobos hambrientos en la más lóbrega oscuridad?
–No hay otra alternativa ¡vamos! –grité alterado–. Nos tomaremos unos cafés antes de salir. Volvemos a meter todo en las mochilas y nos marchamos.
–Vamos, y si todo esto es una broma –prometió Pedro, con un gesto amenazante con el puño derecho bien cerrado–. Buscaremos al tío ese misterioso para darle un buen escarmiento, no se juega con la gente de esta manera, no se juega con sus sentimientos.
Ahora, antes de todo, explicaré lo que realmente le sucedió a mis padres, tal cual pude descubrir gracias a esta misma carta.
Durante el curso del año 11312 , en la madrugada del 12 de marzo, sorprendió a la Casa Real, mi nacimiento; porque portaba en la palma de la mano izquierda una marca inusual; la indeleble y denigrante señal que parecía la figura de una esfera demasiado perfecta para ser natural.
Esta profecía había llegado a oídos de Leónidas X, Rey Supremo por gracia divina, descendiente de los Dioses de la Luna; tal cual se autoproclamaron los de la Casa Real de los Leones durante diez siglos, auto elevándose al nivel de Semidioses; mas nadie ésto se atrevió a desmentir, ya que no poseían la gallardía necesaria para fantasear con ello, no fuera a ser que con sus poderes divinos, leyendo telepáticamente en sus propias mentes los descubrieran y los castigaran.
Así fue que con una perversidad inteligente, muy supersticioso y precavido, como él conocía la verdadera leyenda transmitida de Reyes a Príncipes por tradición, acerca de los hombres que usaban el fuego, el rayo, el agua, el hielo y la tierra; la predicción que pronosticaba que un monarca sería asesinado por uno de ellos.
El psicótico gobernante ordenó inmediatamente la ejecución de mi madre y mi padre; pero no pudo deshacerse de mí, por un motivo controvertido; puesto que existía un decreto que prohibía lastimar a los menores de 18 años, y éste se trataba del único derecho real que se ganaron antaño los habitantes del Reino de América: el de nacer y a crecer. Pasado el tiempo, en el instante que éstos cumplían la mayoría de edad, sus vidas pasaban a ser juzgadas por el Rey semidiós; siendo él, el juez eminente de todos los entes; ya que el muy tirano, se jactaba y enorgullecía de gobernar con plenos poderes y hacia un abyecto abuso de ellos siempre que lo deseaba.
Tal como había explicado, debido a que aquel hijo de Dioses con plena supremacía y poderío no podía hacer daño a un indefenso bebé, tomó la decisión de enviarme con Ana.
Pero no me enteré de lo que le aconteció a mis padres hasta que lo leí en esta carta. Me narró, triste, el verdadero relato referente a mi ominoso nacimiento. La marca, la maldita profecía y por ella la trágica ejecución de mis padres por orden de su majestad, todo poderoso gobernante Leónidas X.
La condición que le impuso a mi madrasta fue que el maldito niño, no entrara en la capital, estaba desterrado para siempre y años después, en el tiempo en que cumpliera la mayoría de edad, sería perseguido a fin de condenarme injustamente.
¿Por qué el Rey tenía temor de mí? Es decir: ¿Me consideraba una amenaza para conservar su supremacía? ¿Quién era yo para arrebatársela? ¿Por qué había ordenado la condena de mis padres? ¿Qué clase de cínico tiene la osadía de decidir sobre la vida de algún ser inteligente o de un animal apacible? Son personas, con las que a lo largo de mi existencia me tocó lidiar; malvadas, sedientas de poder, con unos claros sentimientos altivos, psicópatas, egocéntricos, inicuos, perturbados, y algunos más que me olvido; mas parecían que disfrutaran con las agonías y los pavores imbuidos a indefensos; por consiguiente, monstruos a los que nunca llegué a comprender.
Allí en el Perro Gordo, me invadió un sentimiento de melancolía y conmiseración; parecía mío el daño sufrido por las dos cabezas cortadas, al conocer el trágico destino de mis padres. De repente, se apoderó de mí un deseo desmesurado de llorar; y poco después comencé contra mi voluntad a lloriquear, con la cara resguarda entre mis brazos. No conseguía apreciar en mi interior cómo una persona podía sentenciar la vida de otra, y no padecer la más mínima pena. Sentía atravesar mi alma un inexorable estremecimiento que se introdujo en la médula de mis huesos, con una forma espumosa formada de aflicción y desazón que procedía de mi cerebro; la indeleble marca del trauma del pasado.
V
Día 13 de marzo, nervioso, como nunca antes me había sentido en mi corta vida, metí el misterioso cofre en mi mochila sin ni quiera mirarlo; ya que me encontraba colérico y cansado. Necesitaba desconectar; sin embargo debía emprender otro viaje de vuelta a la velocidad que permitiera los márgenes de lo posible. Así ocurrió que al abandonar la habitación, una hora posteriormente de haberla alquilado, el posadero, quien estaba acostumbrado a presenciar todo tipo de situaciones insólitas, no daba crédito a lo que veían sus ojos y escuchaban sus oídos. Le aclaramos que nos encontrábamos en una situación imprevista; le compramos tres corceles y marchamos enseguida.
¡Maldita la idea! ¡Maldita la ignorancia! ¡Malditas sean las prisas! Resultó ser una fatídica idea; viajar a trote por el bosque en la penumbra de aquel anochecer. Estábamos demasiado cansados, con los reflejos afectados, y cometimos errores, dando vueltas como lobos desorientados. El sendero desaparecido, el sueño perdido; las ganas de dormir aumentaban por cada minuto engullido en el tiempo, cada segundo nos robaba las pocas energías que nos quedaban.
«En ese minuto pensé: ¿Quién me colocó en esta situación? Siendo yo tan sólo un humilde aldeano de Atuntrucha»
El terreno escarpado de aquella arboleda no era óptimo para viajar a trote y en un tramo del trayecto, el caballo de Pedro frenó en seco ante un terraplén y fue lanzado hacia delante como un saco de patatas, cayendo de culo sobre el arenoso suelo. Nunca precedentemente oí a nadie gritar como lo hizo él aquella noche; un agudo, frío e intenso grito. Cinco segundos más tarde, tumbado sobre un manto de hojarasca y embarrado, nos describió el malestar que sentía; el dolor y cansancio que ni al mayor de mis antagonistas le desearía. En un santiamén, el chaval se levantó y volvió a su corcel cojeando y gracias a su impetuosa voluntad, serenidad demostrada, y su abnegación por su aldea, no nos demoró mucho y pudimos proseguir la cabalgata, desesperadamente veloz, en dirección norte, soportando un sinfín de ondulaciones caprichosas y franqueando riachuelos no demasiados caudalosos.
Tras dos horas de frenético viaje volvieron los aullidos de los malditos lobos, momentos después, aparecieron en los alrededores ululando, pero, por suerte, los caballos los dejaron atrás con facilidad. En el segundo que salimos del Bosque Protector sobre las 4 de la madrugada estaba rendido, más agotado aún, y lo hubiera dado todo por una cama; sin embargo, no teníamos tiempo que perder, debíamos llegar lo antes posible, era primordial para alertar a nuestros amigos. Entre tantos desoladores temores, recorrimos el itinerario de las praderas de abedules galopando, forzando a los animales a los límites de lo concebible durante muchas horas, medio dormidos y muy postrados por el hambre.
–¡Corre caballo, despierta Daniel! –grité en un último intento desesperado por sanar mi poca vitalidad y mantener mi conciencia viva–. Con todo, los animales se resentían, protestaban y rebuznaban;
«Pobres caballos, están cansados, no sé cuánto podrán aguantar –temí; ya daba por perdida la llegada.»
Durante incalculables horas sin parar a una presteza que debería sobrepasar los confines de lo imaginable, por encima de los límites de la rapidez alcanzada por un corcel normal, entramos en los campos cercanos a Atuntrucha cerca de las 18:50 horas.
En el momento en que nos acercábamos; en el segundo en que la divisé a lo lejos, no me lo podía creer; tanto más profundo cuanto que, hasta el punto que mi interior se me llenó de una angustia perturbadora. De modo que mis ojos prorrumpieron en una tormenta de lágrimas mientras mis manos convulsionaban, pensando que me iba a desmallar, me iba a caer de la montura; sin embargo, debía arrostrar las adversidades y saque fuerzas dentro de los confines de lo humanamente posible.
«¡El pueblo en llamas! –pensé, al ver aquella desoladora visión; ¡un desolador humo de la muerte!»
El pueblo había sido diametralmente incendiado por una tormenta de odio; tan sólo quedaban los restos de lo que fue; una terrible visión apocalíptica.
–¡Pero qué han hecho! –grité–. ¡Ah!
Horrorosamente, en el segundo en el cual llegamos a la entrada, pude contemplar cómo se encontraba irreconocible; a lo menos, transformada en una desoladora alucinación de una terrible pesadilla. Fue ésta una de las experiencias más horrorosas de mis aventuras y probablemente también para Ethan y Pedro. De lo que anteriormente fueron personas llenas de energía y alegría; nuestros vecinos, la totalidad de nuestros amigos, incluidos familiares, la novia de Pedro y Ana, todos estaban muertos; aterradoramente asesinados. Pudimos comprobar al encontrar sus cadáveres calcinados y ensangrentados, que fueron, efectivamente, aniquilados por una comitiva de Guardias Reales. Pruebas del delito por todas partes: heridas mortales asestadas con armas afiladas y flechas debastadoras. Al cabo, me percaté de algo: colgaron carteles en las fachadas de las casas que decían «Atuntrucha ha sido castigada por la Guardia Real; por el incumplimiento de las leyes contra la magia y conspiración contra el Rey. Se busca al líder de esta rebelión: llamado Daniel; adoptado por Ana. Este individuo es reconocible por una marca de nacimiento que tiene en la palma de su mano izquierda con el dibujo de un círculo. Una recompensa de 10 monedas de oro será entregada a cualquiera que lo capture vivo, o lo entregue muerto»
«¿Qué clase de Rey es capaz de perpetrar esa depravadora carnicería, semejante barbaridad? ¿Por qué tuvieron que morir inocentes por mí?»
«Es mi delito –razoné horrorizado–, lo cierto es que murieron por mí, con la lamentable hecatombe de coexistir en la misma aldea que un mago que ridículamente ni siquiera podía hacer magia; todo se originó fruto de una maldita superstición sin sentido.»
«Condenada manera de fallecer –cavilaba, entretanto contemplaba la carnicería; el semblante de angustia que expresaban sus rostros; expresiones con bocas abiertas por donde se les debió escapar el alma; ojos perdidos en la agonía; llorando con lágrimas de sangre color carmín por sus últimos lancinantes segundos de vida.»
«!Mis amigos! ¡Lo han perdido todo por mi culpa!: Sus casas, sus seres queridos –me angustié, hundiéndome lentamente en un charco de culpabilidad descontroladamente dolorosa.»
Debo confesar avergonzado, que en ese momento, no conseguí reunir el valor para mirar a mis compañeros; menos aún, consolarlos. Ya de por sí, me resultaba demasiado macabro lo que veía, puesto que, así como una madre no debe ver morir a su hijo, un inocente no debe sucumbir por el pecado de otro. Roído interiormente por un dolor incurable y con un sinfín de sensaciones infinitas sentí la necesidad de escapar, volar hacia algún punto de olvido. No podía ni pedirles perdón, de modo que salí galopando en dirección norte, en sentido a la capital y rugí desde el fondo de mí ser:
–¡No me sigáis; el Rey lo pagará, lo prometo!
–¡No es culpa tuya, vuelve! –gritó Ethan tirado en el suelo, en mitad de lágrimas, desolado–. Arreglaremos esto juntos.
Pude contemplar unos segundos a Pedro, que perdió la conciencia, tirado sobre la superficie, a modo un cuerpo inerte; parecía ciego, sumido en su propia agonizante pesadilla. Intentando digerir la tragedia, ni se percató de mi cobarde huida. Desaparecí montado sobre mi caballo. Tras salir de la aldea, giré hacia la derecha, rumbo al norte, hacia Denver, la Capital, (situada, más o menos, en el centro del Reino de América). Con todo, ni siquiera me di cuenta de que el pobre animal necesitaba descansar y comer.
Tras un par de horas y poco más de huida desenfrenada por campos de flora variada entre nieve, entré en una región montañosa de pendientes cetrinas, hondonadas y terraplenes, plagado de pinos y maleza; verdes habitantes de este entorno. Bastante cerca de las 21:20 horas el desvalido corcel cayó a la superficie, rendido, y yo caí como un cuerpo inerte a un terreno pedregoso cercano. ¡Qué gran dolor! Volví dolorido, arrastrándome como un gusano, junto al desmallado corcel y le di de beber la poca agua que me quedaba. Al cabo, iba recobrando la compostura, pausadamente, no obstante con progresos.
«Tan sólo fue un mareo –medité aliviado.»
¿Qué culpa tenía este infortunado animal? ¿Qué hizo él para merecer tan tremendo trato? La suerte que tuvo, ligada a nuestra mala fortuna por aquella celada, la cual, lo colocó en manos de unos nuevos amos que iban a necesitar toda su aceleración, fuerza y vitalidad, hasta hacerlo caer desmallado. «Pobre caballo –sentí.» «¡Cuántos caballos a lo largo de la historia han perecido por ayudar a sus dueños! ¡Cuántos maltratados, esclavizados, obligados a cargar con un peso ajeno cuando podían estar libres cabalgando por los prados!» Estas afligidas reflexiones se me pasaban por la cabeza mientras lloraba, abrazado al cuello. Había sido un día muy duro, difícil de olvidar, ¡Oh, jamás lo olvidé en el paso de los años! Algunas noches, todavía veo en la más desoladora oscuridad, el humo de la aldea, de unas casas arrasadas por el miedo y el odio; los cadáveres de los aldeanos, mis amigos desgarrados por la dolorosa tragedia, el desvencijado caballito tumbado en el suelo agonizando. «Un día aterrador que no le deseo ni a mi mayor enemigo: el Rey psicópata asesino de inocentes –pensé–. Sería rebajarme a su deshumanizado nivel.» Ellos no consideran un crimen lo que hacen; ni su conciencia, ni su corazón, lo reprochan. Sin embargo, era tan grande el aborrecimiento que me inspiraban aquellos abyectos homicidas y su inhumana costumbre de matar al ingenuo, que comprendí que debía actuar; y decidí que había llegado la hora; ¡yo iba asumir mi responsabilidad por la cual extrañamente nací, cazaría a esos miserables criminales; a los tiranos asesinos de inocentes!
Entretanto permitía descansar al infortunado animal, sentado a su vera, saqué el cofre de madera del interior de la mochila, la cual contenía el regalo y la abrí con mucha meticulosidad. Mis ojos se abrieron incrédulos al examinar el contenido de la caja; a parte de una bolsa llena absolutamente de monedas de oro que me dejaba bien acomodado y rico, albergaba en su interior, un artefacto increíblemente extraño. Al mismo tiempo que asimilaba lo de la bolsa de monedas de oro, tendí la mano derecha para agarrar el fascinante objeto mágico; porque no se asemejaba a un simple reloj de pulsera, sino más bien un invento para un adalid, de un inconmensurable valor económico, inventado por seres con una sagacidad suprema.
Se componía este misterioso artefacto por varias partes: una pantalla cuadrada compuesta por algo que aparentaba ser un cristal negro, de unos 60×60 milímetros. Una caja de metal se ensamblaba a la mampara cristalina por la totalidad de sus cuatro márgenes y la unía a un brazalete finísimo de grosor que semejaba a una aleación de minerales plateados, flexible, parecido a un líquido de metal y muy brillante, al igual que la plata; sin embargo, no lo era, ya que, como todos sabemos, la plata es rígida; así es que fue y sigue siendo en la actualidad un material desconocido para mí. Un gran número de pequeñas teclas de colores surgían a través de la caja; algunas con letras, otras representadas por colores.
Unos minutos después, tras mirarlo detenidamente me lo coloqué en la muñeca izquierda; acto seguido, en el tiempo que cerré la pulsera por medio de dos piezas que encajaban como un puzzle, la pantalla se encendió como si fuera una luciérnaga y una deslumbrante imagen se desplegó en ella; yo mirándola con la boca abierta, inexplicablemente para mí, de idéntica manera que para un niño que ve por primera vez un juguete. Aquello sí que parecía magia o tecnología vanguardista, según se mire. Nunca contemplé, hasta entonces, nada semejante en mi corta existencia y dudo mucho que nadie de, el Reino de América, lo hubiera visto; por consiguiente, parecía como un sueño de un futuro muy lejano de inventos prodigiosos.
De repente, ocurrió algo que me dejó atónito más aún; salió un sonido de un pequeño agujero que tenía sobre la carcasa del reloj; la melodiosa, dulce, apasionada y armoniosa voz de una seductora ninfa, a modo si hubiera sido encerrada dentro por un poderoso hechizo. La mujer habló desde el interior de objeto:
«Comprobando coherencias… ADN comprobado… Solicitud admitida…, propietario encontrado. Soldando el PUOX a la muñeca del destinatario Daniel I de la Tierra.»
El marcador de la pulsera se fundió, como el metal fluido candente y el fabuloso mineral dúctil se adaptó a mi muñeca estrechándose, adaptándose a mi piel como un ser vivo.
«Ahora comprendo –reflexioné– las palabras escritas en la carta que advertían: cuando te lo pongas, no te asustes; es para que no lo pierdas.»
Me puse un rato a estudiarlo detenidamente con la mirada. Tal como anteriormente aclaré, poseía numerosas teclas a lo largo su carcasa. Al pulsar una de ellas, de color rojo, extendía de tamaño la pantalla de 60×60 milímetros a 400×400 milímetros, usando una tecnología para mí desconocida. Su pantalla plana y rectangular era táctil y flexible, la cual daba la sensación de tener vida; se movía como un líquido, fluctuaba como el agua. Más tarde, sobresalía de la caja del reloj y en el instante que finalizaba, la pantalla se volvía rígida nuevamente de tal semejanza como si un cristal candente se hubiera vuelto duro por enfriamiento.
Volvía a su estado original después de que presionaba nuevamente la tecla roja. Este descubrimiento me hizo darme cuenta del inconcebible artefacto que llevaba ensamblado a mi muñeca izquierda; un sinfín de sensaciones recorrió la médula de mis huesos por la emoción que me entró al vislumbrar aquella maravilla tecnológica; sobresaliente demostración metamórfica.
«¿Éstos artilugios en dónde lo manufacturan? –me preguntaba a mí mismo–.»
Sobre la pantalla apareció dibujada una imagen con muchos colores, un dibujo, que mostraba una cuenta atrás; decía: «cargando batería, tiempo estimado 7 días, 21 Horas, 18 minutos y 3 segundos.» El PUOX (pues así lo denominó la voz) como he dicho antes, contaba con 40 micro botones distribuidos en la superficie laterales de la caja metálica, diez en cada lado; Supuse que todas las teclas servirían para alguna función pero estando la batería recargándose, no me atreví a comprobar para que servían.
Parecía ser un artilugio ciertamente súper complejo, no quedaba ninguna duda e intuí que me cambiaría la vida para siempre. Estos raciocinios y otros infinitos, no menos emocionantes, pasaban por mi mente, en ese frío anochecer, sentado entre nieve y hierbas, junto al caballo en el centro de aquel hermoso paraje natural; lo cierto es que sentía un poco de frío, así que cogí una manta que llevaba preparada para la ocasión.
La voz de mujer volvió a surgir a través del PUOX: «cargando batería, tiempo estimado 7 días, 21 Horas, 12 minutos y 12 segundos para un adecuado funcionamiento.»
«Realmente han encerrado a una mujer ahí dentro –pensé ingenuamente preocupado, ¡oh, cuán inocente era!»
–¡Gracias! –expresé tan entusiasmado que casi me hizo olvidar el dolor.
–De nada Daniel I ––dijo la voz––; me llamo Cleopatra, pero puedes llamarme Cleo.
–¿Quién eres? –pregunté anonadado.
–Ya te he dicho mi nombre, soy Cleo.
–¿Dónde estás Cleo? –pregunté incrédulo.
–En algún espacio de la Tierra, cerca de el Reino de América.
–No entiendo –repliqué–, ¿qué tierra?
–Ya lo entenderás más adelante Daniel. Pregunta lo que necesites, estoy aquí para ayudarte; pero no puedo responder a todas las preguntas, únicamente las que me sea posible responder.
–¿Eres tú el amigo que me regaló el Relo… el PUOX?
–No soy él, creo –respondió la voz.
–¿Cómo que crees? –pregunté algo confuso–. ¿Cómo no puedes estar segura de algo tan fácil de resolver?
–No soy él, estoy asociada a ti desde ahora; estoy aquí para ayudar al elementalista Daniel I en su instrucción. No será fácil aprender un hechizo.
–Entonces, es verdad que lo soy. Qué locura, creía que era todo una maldita superstición. ¿Qué debo hacer para aprender magia? –pregunté, extrañado.
–Una vez que se termine de cargarse la batería, empezará automáticamente el programa de entrenamiento y el PUOX te indicará el primer objetivo. Cuando completes el primer objetivo, te enseñará las palabras mágicas, por así decirlo, que activarán los poderes que saldrán de tu mano izquierda. Después de que aprendas el primer hechizo, empezarás a ser un elementalista aprendiz; mago, o como lo quieras llamar.
–Es alucinante; no puedo creérmelo, ¿quién ha inventado esta maravilla, Cleo?
–Más adelante te lo explicaré.
–No entiendo –pregunté–. ¿Cómo una persona puede hablar a distancia a través de un objeto?
–No entiendes nada porque os encontráis en el Reino de América, es normal. Los datos para reproducir un sonido viajan a través de unas ondas mecánicas.
–¿Ondas? ¿Qué es una onda? –pregunté.
–En el sonido, la perturbación es generada por un objeto que vibra; es una tecnología Daniel, ahí no tenéis tecnología. Una onda es la manera física de enviar el sonido en la distancia, se desplaza como el aire o como las nubes, por así decirlo, para que lo entiendas; luego el PUOX reproduce el sonido mediante un complejo complemento llamado altavoz.
–Es increíble; una pregunta ¿Qué sabes de la Familia Real del Reino de América? –pregunté.
–No te preocupes por eso ahora.
–Bueno –dije–, luego seguiremos hablando, Cleo; voy a cenar algo; tengo que buscar un lugar para resguardarme del anochecer.
–Bien; estaremos en contacto.
En un intervalo cercano a las 22:20 horas el caballo se recuperó sobradamente para moverlo del lugar en el cual nos habíamos quedado parados. Lo moví unas cuantas hectáreas en dirección norte, de manera que decidí dejarlo descansar hasta el siguiente día y me propuse buscar un lugar cercano en el que poder descansar el resto de la noche.
Me encontraba en una región muy solitaria en la cual no se apreciaba la presencia de ningún humano; la oscuridad se mostraba completa e iluminaba con una linterna de cera. Caminando por unos campos con praderas nevadas, atravesando planicies, hondonadas y riberas contiguas a riachuelos helados.
La primavera se notaba ya en el ambiente y la nieve ya ligeramente era visible. El paisaje estaba formado principalmente, junto a otras especies, por pinos ponderosa alargados; nuevamente álamos negros, árboles que florecen a través de marzo y abril. Sus pimpollos se distribuyen en una rama alargada con varios capullos pequeños y amarillos. Crecían arbustos principalmente de frambuesa roja, el típico arbusto en el que maduran las famosas frambuesas que se utilizan para hacer mermeladas y jaleas. Éstas maduran en verano con la llegada del calor. En resumen: me localizaba en un paisaje esplendido que olía a flores y así pues, resultó ser un buena zona para construir una casa de campo apartada de toda preocupación, alejada de los problemas y las angustias.
Caminando, guiando mi rocín, en el mismo instante que lo sostenía de las riendas, le hice unas preguntas a Cleo. Al llamarla, me percaté que no era necesario pulsar ningún botón; solamente, hablarle sin más:
–Cleo, ¿Conoces esta región dónde me encuentro?
–Hace mucho allí existía un estado llamo Colorado.
–Me interesa la historia, ¿De cuántos siglos estamos hablando?
–Son unos 93 siglos. Según mis bases de datos, antes de que existiera el Mundo Conocido, tal cual vosotros lo llamáis, formaba parte del continente Norteamericano y antes fue un Estado del Imperio Español. Luego perteneció a los Estados Unidos de América al ganar la guerra, hasta el año 2134, cuando el sentimiento de internacionalismo global se extendió, progresivamente, los Estados Unidos desaparecieron como nación, pues pasaron a ser los Estados Unidos del Mundo, uniéndose todos los países del planeta Tierra, en Estados federales. Unidos en una sola nación bajo un mero líder elegido democráticamente por la población terrícola. El gobierno global fue situado en una ciudad virtual internacional, la capital del mundo fue una ciudad no real, una gran Torre de Babel.
–Lamentablemente, han pasado incalculables años. En el Reino de América, no estamos informados de nada, nuestro Rey es sospechosamente censurador y nos impone leyes anti tecnología y anti magia, ni siquiera escribimos nuestra historia para que los que nos precedan, nos recuerden. También, no hemos conseguido salir de los límites del Mundo Conocido o nadie ha sido capaz de volver del exterior para contarlo. ¿Podrías explicarme por qué motivo desaparecen los exploradores en las fronteras de lo desconocido?
–Tan sólo puedo contarte que os encontráis protegidos en una superficie, sería como un arca de Noel, en una enorme superficie de 500.000 kilómetros cuadrados.
–¿Y no sabes quién y por qué nos han retenido aquí?
–Sí…, pero… conozco la historia; sin embargo, ahora mismo no es conveniente que te los explique.
–Cleo.
–¿Dime?
–¿Es el mundo redondo y con mares, verdad?
–Sí, se llama planeta Tierra, vosotros lo bautizasteis así hace muchos tiempo atrás…, bueno, recibió numerosos nombres; está compuesto con mares y océanos; el agua ocupa las cuatro quintas partes de la superficie; y tiene la forma esférica como la de una manzana gigante.
–¿Planeta Tierra? –pregunté con curiosidad; no me lo podía creer y pensé: «¡qué ignorantes éramos los habitantes de el Mundo Conocido!»
–Entonces, si viajo hacia el este llegaré al mismo lugar desde el cual partí; nunca lo había pensado así; pensábamos que era plano el mundo y al llegar al final habría un descomunal abismo por donde caería desmesuradas cantidades de agua; aunque ahora, pensándolo bien, no tenía mucho sentido.
–El sol es una estrella rodeada de billones de ellas que prenden en el universo; los planetas son a modo una gran masa de materiales de diferente composición que se mueven alrededor de las estrellas, siguiendo una trayectoria, movidos por unos hilos invisibles que se le conoce como la gravedad. Existen diferentes tipos de ellos:
»Los Jovianos, llamados también gaseosos por su composición, que pueden llegar a ser descomunales y están constituidos por fluidos, con un núcleo sólido; en el sistema en que nos encontramos, el sistema solar, tenemos como ejemplo a Júpiter, Saturno, Neptuno y Urano. Los Telúricos presentan fundamentalmente un núcleo sólido, un manto liquido constituido de magma y la corteza sólida. Vuestro Sistema Solar posee cuatro de este tipo: Mercurio, Venus, Tierra y Marte. Te hablaré de ellos más adelante.
»Éstos, impulsados por el movimiento y la gravedad giran a través de su eje, entre los polos norte y sur, creando un ciclo de día y noche, en concreto para la Tierra de 24 horas. Las estaciones de la Tierra existen gracias a que los planetas son desplazados alrededor de las estrellas que los mueven atraídos por su gravedad.
–¡Es realmente prodigioso! –admiré atónito–. Me gustaría saberlo todo, tengo una curiosidad inmensa; intuía que nos ocultaban cosas, pero…, ¡maldita sea! Nunca llegué a imaginar, ni por asomo, que fuera de tales monumentales proporciones. Es como si le hablas a un niño de tres años de la muerte; no lo entendería y le parecería inconcebible. ¿La familia Real conoce la verdad? ¿No me equivoco?
–Claro, no seas ingenuo, ¡por favor! –trasmitió Cleo, a través del PUOX–. Para ellos, todos sus súbditos sois únicamente unos pobres esclavos con los que se divierten; sus prisioneros. Además, el abuso roza la psicopatía; bueno, no la roza, sino más bien, lo ha traspasado. Daniel, no deberíais tolerar esas iniquidades.
–Lo suponía. Ahora sí que me encuentro verdaderamente motivado; no solamente por lo que le hicieron a mis padres y a todos los habitantes de Atuntrucha, borrándolos del mapa de esa manera tan cruel; sino también por tratarnos como esclavos. La vida es sagrada; no se debe matar, así como así, sin que lleguen las consecuencias y esperar que nada te ocurra, cero te sea devuelto. Así es el poder de la razón… escucha Cleo; he columbrado un buen emplazamiento donde establecer mi campamento, más tarde seguiremos hablando; si tienes tiempo.
–Siempre tendré tiempo para ti, Daniel.
Encontré un lugar para pasar las oscuras horas vespertinas y el anochecer, una pequeña cueva que era la hija de una montaña, cubierta en parte por pinos, en parte por maleza, arbustos, matas, algo de nieve, bajo una sierra de montañas con picos nevados en las cumbres.
«Por la mañana será muy agradable –pensé, al percibir las sombras de la montaña en la penumbra.»
Un preciado sitio acogedor en donde conseguir protegerme del frío de la álgida tenebrosidad de los últimos días de invierno y ocultarse de posibles depredadores; sobre todo de osos o lobos que frecuentaban esos parajes; sin embargo, para mi suerte, esa región de las tierras habitadas era conocida por ser de las más seguras de el Reino de América, por estar cerca de Denver. Antaño se puso de moda practicar la cacería de lobos y osos en esas regiones y el número de ellos fue prácticamente diezmado; por consiguiente amigos míos, no era habitual que se encontraran.
Tampoco no se mostraban bandidos por esos lugares, ya que, los que se encontraban perseguidos por la ley se alejaron lo más posible de los márgenes de la Capital. Resultaba ser un paraíso perdido bañado por flores y zarzamoras, las cuales maduraban en verano; no obstante, aun así merecía la pena estar presente, contemplar la gradación de colores en la tenue sombra de las tinieblas, ligeramente iluminado por mi lámpara de cera.
Al desventurado animal le di de cenar una buena selección de pastos del campo y abundante agua.
–Toma come, amigo, que bien te lo has ganado –le comuniqué intentando tranquilizarle–. Descansa y que sueñes con una yegua guapa.
Fue la primera noche que dormí solo ante la silvestre naturaleza; por lo menos me consolaba la idea de tener a Cleopatra, la dulce voz angelical, mi nueva amiga consejera. Me preguntaba si sería hermosa; contaba con un tono de voz juvenil y parecía muy inteligente y razonable.
«¿Será humana será? –me pregunté, meditabundo, acostado en mi saco de dormir.»
En el momento que me encontraba tumbado junto a un fuego, metido dentro del saco de dormir, unos alicaídos razonamientos me inquietaron en grado sumo:
« ¿Actué bien al abandonar a Pedro y Ethan de esa manera tan despreciable? ¿Qué habrían pensado de mi cobardía? ¿De huir así, incapaz de afrontar la tragedia acontecida? »
La horripilante zozobra y el shock que me procesaron los espeluznantes acontecimientos de ese día de calamidad, de tal pesadilla, no me permitieron razonar antes de actuar y me dejé llevar por los desoladores sentimientos; no podía reunir la voluntad necesaria para mirar a los rostros agonizantes de mis compañeros tras presenciar los atroces crímenes cometidos contra sus seres queridos; los cadáveres de sus familiares y amigos, observar la horrorosa visión de lo que es capaz de hacer por poder el ser humano; el asesinato de miles. Dijeron ellos mismos que no había sido culpa mía. ¿Qué culpa tenía yo de que el Rey déspota fuera un maldito asesino de masas? ¿No es gracioso, que el motivo supersticioso por el que me hiciera tanto daño, a mí y a mis camaradas, fuera el factor provocador que propiciaría e impulsaría la amenaza, a la cual temía el Rey; que inconscientemente la provocó él; ese ataque que acabará con su condenada existencia ruin?
«Ese desdichado sólo tenía una manera de caer más bajo y hundirse en la miseria absoluta –llegué a esta ambigua conclusión–, y sería haciéndose caníbal; los cuales, por lo menos, por muy terribles que sean, matan por un motivo: comer.»
De modo que ya me sentía decidido, impulsado y motivado; yo, Daniel, había venido a la Tierra para juzgarlo a él y a todos los de su misma calaña. En eso tenían razón sus visiones; su maldita profecía, que un mago nacido para hacer justicia, pondría fin a su vida de monarca tirano; mas esta tortuosa alucinación absurda no se habría cumplido jamás, si no hubiera creído en esa horrible visión del futuro, acerca de su destino, llegando su reinado a su fin por las manos de un mago. Pensaba vengarme; lo había decidido. Y con estos anhelantes pensamientos me dormí bajo las rocas protectoras de aquella pequeña catedral natural.
VI
Día 14 de marzo. No recuerdo exactamente a qué hora me desperté, desperté tiritando por el frío, frío que sentían mi alma, mi alma entristecida por el recuerdo del pasado, pasado de horror y la muerte. Había sido un buen anochecer, aunque helado, pero gracias a las mantas me permitió dormir un poco y reponerme de aquellos aciagos días.
Lo primero, que hice al levantarme fue examinar en qué condiciones se encontraba mi caballo y en unos instantes pude comprobar que parecía estar bastante mejor que la noche anterior, lo suficiente como para retomar el viaje a trote; en segundo lugar fui al lago a llenar las cantimploras, y al volver preparé una mesa con un mantel. Saqué el pan, la mermelada y atuntrucha en conserva.
Todo ésto, justo a un par de orejones adquiridos en Frutos Secos fueron mi magnífico desayuno. En el instante que terminé de desayunar, me sentía contento; era como si todo lo acontecido en el pasado día hubiera sido tan sólo una terrible pesadilla; no obstante, me habían desgarrado a Ana, esa mujer que perdió su vida por mí; nada se puede olvidar tan fácilmente.
«Manos a la obra, hay que partir de inmediato –pensé.»
Recordar que tenía una cita el 27 de marzo, en la aldea Nieve, en una región situada al noroeste de Denver; se trataba de una sierra montañosa, invadida por las nieves en todas las estaciones menos verano. Me gustaría que recordarais que la aldea se encontraba a 2500 metros de altura. De esta manera, la cita fue concertada concretamente en la posada el Abrigo. En resumen: disponía de 13 días para llegar, lo que era tiempo más que suficiente; pero por aquel entonces no tenía conocimiento a qué distancia se encontraba y cuantos días requeriría. Más tarde, en un intervalo de tiempo cercano entre las 11 y las 12 ya lo tenía todo preparado para retomar el viaje; así que me acerqué a mi nuevo caballo y le hablé mientras le acariciaba las crines:
–¿Estás dispuesto para un pequeño viaje a paso lento, amigo mío? vamos.
Me subí al caballo y abandonamos lentamente, por un sendero en dirección noroeste. Dejábamos atrás, poco a poco, la cueva y minutos más tarde la montaña verde de picos nevados fue oculta por una nueva loma y tras bajar por una hondonada y volver a subir orienté al animal hacia el norte, caminando entre montañas a través de una cañada. Pasaron las horas engullidas por el tiempo; cuando llegué a unos prados, ordené al caballo que fuera a trote aligerando un poco la marcha a una velocidad aproximada de 10 kilómetros por hora. Mientras viajaba a trote pude divisar unas águilas que planeaban sobre mí, cerca de unos cirrocúmulos.
Más tarde divisé una docena de gansos comunes en un pequeño lago, al oeste del camino. Éstos, al igual que otras muchas aves, son de una belleza y elegancia digna de mirar; con plumas blancas, negras, grises y marrones, con un gracioso pico naranja. También son muy sabrosos asados con leña lentamente; pero mientras contara con provisiones no osaría matar tan alegres aves.
Alcé mi mano izquierda y miré un momento mi PUOX, seguía cargando, quedaban 13 días aún; pero ya podía usar algunos botones: contaba con una tecla color verde oscuro que lo convertía en una brújula; otra tecla color verde claro activaba un termómetro, que indicaba 9 grados al medio día; una tecla naranja que activaba un reloj que indicaba en números digitales una hora similar a la de mi reloj automático, la hora universal de el Reino de América. He aquí una pequeña lista de lo que conseguí indagar ese día; distinguí las siguientes funciones:
- Tecla roja: para extender la pantalla de tamaño de 60×60 milímetros a 400×400 milímetros.
- Tecla naranja: «reloj.»
- Tecla verde oscuro: «brújula.»
- Tecla verde claro: «sensor termómetro que mide la temperatura.»
- Tecla blanca: «convertía el POUX en una potente linterna.»
- Tecla rosa: «altímetro: sensor que mide la altura con respecto al mar.»
- Tecla amarilla: «barómetro: sensor que mide la presión atmosférica.»
- Tecla celeste: «sensor de mareas» (no entendí muy bien en ese momento para qué servía.)
- Tecla azul: «cronómetro, medición precisa del tiempo trascurrido.»
- Tecla marrón: «temporizadores; sirven para crear una cuenta atrás del tiempo.»
- Tecla violeta: «alarma; programa un sonido que te avisa a una hora determinada del día.»
- Tecla gris: «era algo extraño, un analizador de ADN» «¿ADN, qué será ésto?; -pensé.»
- Tecla negra: «programa de entrenamiento para Daniel, no disponible todavía.»
- Tecla morada: «salía en la pantalla una calculadora, pude descubrir que la pantalla era táctil.»
- Tecla turquesa: «paracaídas» (En ese momento no entendía para qué servía. No ocurría nada cuando la apretaba.)
- Tecla visón: «Súper salto, cuidado, gasta mucha batería.»
- Tecla B: «escudo; anti elementos, anti flechas, anti balas de metal, anti láser. Advertencia: duración hasta diez minutos, gasta un 50% de batería al activarlo; puede llegar a desactivar el PUOX si se usa dos veces seguidas, úselo sólo como último recurso.»
- Tecla F: «fuerza de toro; gasta el 20%, duración 30 segundos.»
- Tecla M: «mapa 3d, explorador espacial e información de la Vía Láctea” requiere 100% batería para su uso.»
- Tecla A: «base de datos de especies inteligentes conocidas y traductor universal mediante escaneo cerebral del individuo alienígena más cercano.»
- Tecla C: «escáner de un kilómetro cúbico, mapa 3d para guiarse por el interior de lagos, mares y océanos” “usable sólo bajo agua”»
- Tecla O: «buzo; para respirar bajo agua” “sólo usable bajo agua, “con un gasto de 10% por hora.»
- Tecla G: «mide la gravedad del lugar actual y permite pronosticar la gravedad de planetas cercanos. Permite activar un campo gravitacional propio, aislado en el espacio de una cápsula que neutraliza otras fuerzas gravitacionales cercanas; gasta el 10% de le la batería por hora.»
- Tecla M: «telepatía; permite leer la mente a individuos cercanos.»
- Tecla E: «permite captar sonidos en los alrededores.»
Me propuse preguntar a CLEO mis inquietudes:
–Cleo , tengo una duda sobre el PUOX –dije.
–Pregunta, ¿qué duda tienes? –preguntó la voz, que salió del artefacto.
–No entiendo para qué sirve la tecla gris –pregunté–. ¿Qué es un analizador de ADN? Y ¿para qué sirve?
–El analizador de ADN sirve para detectar la especie de un animal, vegetal, o cualquier material que pongas sobre la pantalla, el PUOX lo analizará y te dará toda la información disponible que haya; es muy útil.
–¡Increíble! ¿Tan avanzados estáis? No puedo entender cómo funciona, pero bueno; será tremendamente útil.
–Si lo es; además –se explicó Cleo–, puedes usarlo para enviarme información a mí, para que pueda ayudarte con mi base de datos.
–Genial, lo probaré más adelante. Luego seguiremos hablando.
–Bien, estamos en contacto, hasta luego –dijo Cleo.
«¿No resulta extraño que se encuentre siempre disponible cuando la llamo? –me pregunté a mí mismo–. Aquí hay muchas cosas difíciles de entender, hasta me ha hecho olvidar la tragedia; terrible, pero es así. Ahora estaría llorando si no fuera por todo lo que me ha ocurrido; tantas cosas buenas de golpe suavizan las trágicas y ¡qué horripilante idea que mis amigos estén mucho más pesarosos que yo en este momento! El azar fue injusto con ellos; en el momento que el Rey eligió Atuntrucha como el lugar donde enviar al niño maldito ¡condenó a todos sus cándidos habitantes! ¡Atroz azote! ¡Cuántos hombres han vivido sin saber que el destino les reservaba una muerte anticipada! Mis vecinos, eran gente noble, no se lo merecían.»
Los segundos volaron; los minutos se fueron tras ellos para no volver mientras mi caballo y yo viajábamos lentamente, pero sin pausa. En un instante del medio día empezó a sonar mi estómago, no recuerdo exactamente la hora en la cual sucedió aquello, pero debería ser entre las 13:00 y las 14:00 horas; instante que empecé a sentir la necesidad apremiante de recargar mi cuerpo con hidratos de carbono, proteínas y grasa animal.
Por lo tanto, sentí que era el momento idóneo para almorzar y buscar un lugar tranquilo donde descansar unas cuantas horas; a ser posible que fuera cerca de un lago, a fin de poder bañarme y asearme, que ya me iba haciendo falta; por suerte hubo ese día una temperatura no demasiado fría: entre 10 a 15 grados centígrados; si la memoria no me falla.
«Qué bien me hubiera venido un mapa de la zona –reflexioné sintiéndome un poco desorientado y desamparado.»
Tras una media hora explorando los alrededores, cerca de las 14:45 o 15:00 horas, descubrí un apacible lago rodeado de pinos y algunos álamos negros. Sobre el agua nadaban en la lejanía unos gansos comunes. Con todo, me propuse intentar cazar uno, usando el arco y una flecha.
Sea como fuere, decidí que lanzaría una sola flecha y si fallaba dejaría al animal vivir. Estaba un poco cansado de engullir siempre atuntrucha en conserva; no me venía mal probar a qué sabía un pato asado; pero, ya que era demasiado para que lo pudiera comer en su totalidad una sola persona, deduje que sería un desperdicio; por consiguiente, llegué a la conclusión que debía tan sólo hacer un intento; si erraba, el elegido salvaría su vida, gracias a su afortunado sino.
De tal modo que preparé el campamento a la vera del lago; tras poner un mantel, coloqué el saco de dormir en el suelo utilizándolo como un cojín. Recogí leña por las proximidades y encendí el fuego con mi mechero. Tras unos minutos de meditación, sentado, me levanté y fui hasta donde tenía el caballo cerca de un álamo; cogí el arco y saqué una flecha del carcaj; el cual no os lo he descrito hasta ahora:
Era de lo más simple que podría haber existido en la edad media. Su lomo estaba manufacturado con madera; barnizada mediante un color marrón. Con una forma y tamaño similar al primitivo arco Huno con una ligera curva inversa en el centro. Y su empuñadura (es decir la parte central de su ondulante lomo, por donde se colocaba la mano sujetando el arco mientras se tiraba hacia atrás de la cuerda) estaba reforzada con una suave piel de animal. La cuerda era trenzada, conocida primitivamente como cuerda Flemish y fabricada artesanalmente por Ethan con fibra de animal y tintada de negro. El trenzado le proporciona a la cuerda elasticidad y resistencia, la suficiente para impulsar la saeta hacia su objetivo con el ímpetu y la presteza que le aportara la fuerza y habilidad del arquero.
Los proyectiles tenían una punta triangular de hierro que perforaba a cualquier desafortunado animal o persona. Un simple y económico astil estaba fabricado usando madera de diferentes árboles. La flecha finalizaba en el culatín, pieza con forma de v, con un par de plumas, donde se colocaba en la cuerda para al tirar de ella, al tensarla hacia atrás y soltarla repentinamente… ¡Zas! Ésta saliera impulsada con destino hacia su presa, moviéndose en línea recta con gran velocidad, al igual que cualquier proyectil, impactando violentamente y perforando todo a su paso.
«Vamos a probar suerte –pensé.»
Ocurriera lo que ocurriese me acerqué un poco a la parte del lago en el cual se concentraban nadando los gansos. Preparé el arco, mientras sostenía la flecha con la mano derecha. Elegí a la malhadada ave: era un precioso ejemplar de tamaño mediano con plumas blancas y marrones difuminadas. Me daba pena pero; así éramos los crueles depredadores humanos, necesitábamos proteínas de fuente animal a fin de estar vigorosos y sanos, o al menos eso creíamos. Entonces preparé el arco y coloqué la flecha y apunté. Tiré de la cuerda hacia atrás y la solté… ¡Saz! La velocidad que alcanzó ésta fue mortal para el pobre animal impactando en su pecho y matándole en el acto; en tanto que los otros gansos, al percatarse, se alzaron y volaron lejos.
Debo confesar al recordarlo con alegría que fue un gran festín el que aquel día degusté; por eso, decidí que haría un esfuerzo y me lo comería en su totalidad, sin desperdiciar nada, dejando sólo los huesos y la piel junto a sus órganos. Se lo merecía, era menester no desaprovechar la comida cuando un ganso había muerto para saciarme; además, ganaría fuerzas, músculos, permitiéndome realizar cualquier posible esfuerzo físico. A poco de terminar, me eché una siesta de lo más a gusto de una hora.
«Bonito lugar donde construir una cabaña de madera –pensaba mientras dormitaba confortablemente.»
En un instante próximo a las 18:00 retomé el viaje, orientándome con la brújula para no perder el rumbo hacia el norte, en dirección a la capital, Denver. Tras unas cuantas tranquilas horas de viaje, dejé la región montañosa de pinos hasta entrar en una planicie habitada. Los campos de cultivos de trigo y cebada que se extendían con profusión, cultivados por campesinos que tenían una alquería en los alrededores de la capital a lo largo de muchos kilómetros cuadrados. Encontré un camino que era seguro seguir, un sendero de barro por el que transitaban algunos comerciantes y campesinos eventualmente.
Sobre las 21:30 me encontraba en la tarea de localizar algún lugar en el que poder pasar la noche, una casa de campo que regentara habitaciones; y tras buscar durante una hora lo localicé; se trataba de un cortijo de un campesino que regentaba una habitación. El hombre aceptó mi dinero sin hacer preguntas impertinentes. Aquel anochecer dormí en una estupenda cama; ya echaba de menos el confort que proporcionaban y por ello aprecié de manera nunca antes su comodidad; decidí que dormiría unas ocho horas para reponer mi vitalidad, ya que aún me encontraba derrengado por la pasada desdichada adversidad. En un instante contiguo a las 23:30 me sumí en un plácido y reconfortante sueño.
VII
El día 15 de marzo me desperté muy temprano; aún era de noche. Pasé un par de horas más tumbado plácidamente en mi confortable lecho meditando, hasta que empecé a notar cómo se disolvían gradualmente las tinieblas de la habitación. Tras levantarme me acerqué a la ventana y pude contemplar a través de ella el paisaje. Los pajaritos gorjeaban coordinándose entre ellos majestuosamente, respondiéndose unos a otros; entretanto, algunos sobrevolaban los campos de trigo danzantes de alegría, otros permanecían posados en las ramas de los árboles, ya que festejaban la llegada de la mañana.
A esas horas ya empezaba a brillar una delicada luz con una gradación de colores entre azul y celeste. En el horizonte empezaba a surgir un resplandor ambarino y algunos halos de luz refulgentes se dejaban proyectar desde lontananza, se distribuía por la estancia iluminándola ligeramente con una luz tenue de un cálido color blanquecino. En pocos minutos, empezó a surgir lentamente el sol y toda la región se iluminó de una potente luz áurea, áurea luminiscencia que bañaba la mañana de esperanza.
A pesar de todas estas satisfacciones, en gran parte, me sentía compungido e indolente. No me apetecía en absoluto seguir viajando y anhelaba descansar; pero debía hacerlo, era una obligación imposible de postergar, ya que necesitaba llegar a tiempo a la cita con el amigo misterioso de mis padres; esta vez no podía permitirme el lujo de fallarle.
Hice, pues, un esfuerzo considerable por salir de aquella habitación agradable y acogedora para retomar el camino, con rumbo hacia lo desconocido. Al abandonar el aposento me encontré con el propietario el cual me invitó afectuosamente a desayunar con él en el comedor de su casa.
–Un buen desayuno no me vendrá nada mal –le dije–; muchas gracias.
Encima de una mesa de madera de pino barnizada con un color caoba, de forma oblonga y bordes curvados, junto una afable chimenea de leña, se dispuso un suculento desayuno: pan de leña recién hecho, mermelada artesanal de melocotón, fresa frescas, dátiles, nueces, pasas de cereza con chocolate, orejones de albaricoque, embutidos diversos desde chorizos hasta jamón cocido de cerdo y un estupendo zumo de naranja y huevos cocidos. Daba la sensación de que el campesino era un gran anfitrión y había estado esperando mucho tiempo la ocasión para poder demostrárselo a alguien; ésta era la manera que tenía de demostrar sus generosas intenciones con un intrépido aventurero; pues sólo unos pocos locos osaban a viajar en solitarios por el Reino tal como estaban las cosas. De modo que era digno de agradecer que aunque no me conociera, sacara toda la comida deliciosa que tenía almacenada en su despensa.
–¡Qué delicioso! –expresé entusiasmado, ya que la comida se paladeaba en mi lengua de tal manera que absorbía los jugos de su esencia con fruición. O más bien era yo; se trataba de la gula feroz que sentía. Entenderán que después de caminar perdido por los campos como un comerciante errante, apreciaba ahora con gran vehemencia cualquier minucioso refrigerio.
–Me alegro de que sea de su agrado, joven –articuló el anciano entre sonrisas.
–Pocas veces me han invitado a desayunar de tan buena cosecha y con tanta variedad, ¿no tiene usted muchas visitas últimamente? –le pregunté.
–Hace mucho que no venía nadie solicitándome una habitación –confesó el campesino–; si no recuerdo mal, el último llegó hace unos tres años; se trataba de un aventurero como tú… ¿Cómo se llamaba? Ah sí…, dijo llamarse Arturo CXII; no me creará pero según me desveló se dirigía ni más ni menos que al mundo desconocido, más allá de las tierras dominadas por el Reino… ¿No lo llaman las tierras desconocidas?
–¡No! se las denomina comúnmente las Tierras Salvajes; o al menos así la llamamos en mi aldea.
–Bueno da igual, una cosa que la otra; ¿De dónde viene usted? –preguntó.
–De la Manzana –mentí temeroso de que me conociera, que estuviera al tanto de la recompensa–.
–Que como su nombre indica se dedican ustedes a la agricultura de manzanas; ¿qué variedad de manzanas cultiváis allí? –interpeló con merodeo, de agricultor a agricultor.
–Fuji –mentí, pues no tenía ni idea.
–Ah, qué jugosas; me encantan…, a veces se las encargo al mercader.
–Y ustedes se dedican al trigo; me imagino –pregunté interesado–, ¿cómo es ese trabajo? ¿Es duro?
–Sí bastante… Ya sabe; especialmente en verano e invierno, pues lo pasamos mal por las inhumanas temperaturas; ya sabe…, no es nada agradable trabajar con 45 grados o con 5 grados.
–Le entiendo; es lo peor. ¿No tiene usted una piscina?
–No; ya me gustaría, pero no.
–Es una lástima –opiné–; debería construir una, son muy reconfortantes a la llegada del solsticio de verano.
–Me lo pensaré; pero no es barata la construcción…, ¿sabe usted?; hay que contratar a un gran grupo de trabajadores y no son económicos sus presupuestos.
–Es una lástima; bueno, supongo que ya está usted habituado a esta dura vida de trabajo.
–Sí…, ya sabe –contestó el hombre–; después de más de 200 años de trabajo…, je, je, estoy acostumbrado, créame.
–¿Qué edad tiene usted?
–217 primaveras; ya soy todo un viejo. Le parecerá mucho, pero…, ¿sabe usted? Para mí han pasado muy deprisa; ¡la vida es demasiado corta!
–Le deseo que llegue usted por lo menos a los 250 años para que pueda seguir siendo tan buen anfitrión –le confesé.
–Gracias; pero ya me siento cansado, espero no llegar tan lejos; ¿y usted joven, qué tiene, 20 años?
–No, 18, recién cumplidos.
–Bendita edad; cómo me gustaría volver a mis años de juventud cuando gobernaba el Rey Leonardo VI; era mucho mejor que su hijo, además los impuestos eran menores que ahora.
–Sí; leí un libro sobre su biografía –contesté–; mejor que Leónidas V; de eso no hay duda, créame, puedo dar fe: ¡su vástago es muchísimo peor!
–¿Han cometido alguna injusticia contra la Manzana últimamente?
–Bueno…, lo normal –respondí–: impuestos desmesurados y atropellamientos varios de parte de la Guardia Real, más o menos graves, según se mire. Se comportan como si fueran una casta superior a nosotros; ya sabe…; su gallardía, su altanería y su abuso de poder.
–Sí, usted lo dice; yo afortunadamente no he tenido con ellos ningún percance grave…, ¡oh sí! Ahora que recuerdo…, hará cosa de…, ¿cuándo fue? Hace unos 20 años, más o menos, un guardia se llevó un caballo mío sin pagármelo; cosa que me exasperó considerablemente. Había trabajado mucho para poder comprar ese esplendido rocín, ¿sabe usted? Y me permitía llegar a Denver en un par de horas…, ya sabe; luego me tocó volver a ahorrar para comprar otro, el cual, le ruego a los Dioses de la Luna que no les permita que se lo lleven también, puesto que lo necesito para ir, cada domingo, a los templos de la Luna de Selena y Seleno, en Denver.
–No soy practicante; no encuentro necesaria la adoración; creo, sinceramente, que simplemente con ser bueno basta.
–Si… usted es joven; ya tendrá tiempo de adorar a Selena cuando empiece a sentir miedo a la muerte.
–Ha sido usted muy amable por este magnífico desayuno –le confesé muy contento.
–Es un deleite; no todos los días se encuentra uno con jóvenes aventureros como los de antes… ya sabe.
Tras terminar de ingerir aquel majestuoso desayuno que me hizo sentir como un Rey por un día. A poco, regresé al sendero de tierra que atravesaba de sur a norte a través de campos de pastos de trigo y cebada. Mientras guiaba a mi caballo y nos desplazábamos a una velocidad moderada, contemplé en mi PUOX los siguientes datos: la hora, al apretar la tecla naranja; eran las 8:46 horas; el sol ya dominaba el horizonte este. Posteriormente, presioné la tecla marrón para usar por primera vez el temporizador, lo puse en marcha para contar el paso del tiempo; entonces lo programé a 5 horas de cuenta atrás; pasado este tiempo pararía para almorzar, ya que no quería volver a forzar demasiado a mi fiel compañero.
Una vez finalizada esta operación, apreté la tecla verde oscuro e instantes después se dibujó una brújula en la pantalla a una vivacidad imperceptible. Conforme a las indicaciones de la brújula viajaba hacia el norte, como era necesario, de hecho, no tenía pérdida; mi anfitrión me explicó antes de partir que este caminito de tierra conducía directo a las puertas meridionales de Denver. Posteriormente apreté la tecla verde claro, para calcular la temperatura y aparecieron los dígitos en color negro: 5 grados centígrados; quedaban pocos días para los albores de la primavera; pero, al amanecer se notaba más la presencia del invierno, el clima era sutilmente frío y seco, sin embargo nada comparado como el frío de enero y febrero; algo no demasiado molesto, si vas bien abrigado.
Recuerdo que resultó muy gratificante poder ojear un panorama de tales tonalidades y formas mezcladas; los rayos del sol bañaban los terrenos sembrados de cereales de trigo de pigmentos vivos con una gradación entre el ocre y beige, entre algunos últimos montones de nieve, que en contraste con una hipnotizadora atmósfera azul salpicada de algunas esponjosas nubes blancas completaba el hermoso horizonte digno para un artista de acuarelas.
Más pájaros celebraban el final del invierno danzando complicadas acrobacias en un cielo claro y despejado bajo algunas nubes solitarias y ante los campos de trigo y cebada. Algunos árboles crecían en las proximidades de la casas de campo; éstas eran rectangulares de paredes blancas y tejados naranjas, compuestos por montones de tejas de arcilla. Varias ventanas cuadradas con postigos de madera, unas abiertas y otras cerradas y pintadas de diferentes colores, al gusto del dueño. Casas que se encontraban obviamente rodeadas por los terrenos del propietario. En algunos puntos del trayecto, en los alrededores se podía columbrar agricultores, hombres y mujeres, trabajando en el campo, los cuales iban con sus herramientas para el segado de la cosecha; así, pues, algunos me saludaban cordialmente al percatarse de mi presencia.
Puesto que el trayecto resultó ser de lo más similar y monótono, haré un resumen del trascurso de estas horas de viaje: paré a almorzar cuando el temporizador finalizó la cuenta atrás y retomé el viaje a las dos horas con el caballo parcialmente revitalizado, forzando la marcha, a trote largo, sin llegar a una rapidez excesivamente forzada. De tal manera que, con esta celeridad, llegué a las afueras meridionales de Capital en unos minutos cercanos a las 19:20 horas, bajo unos halos naranjas, propios en los atardeceres y una bóveda despejada entre azul marino en el este y anaranjada en el oeste.
Decidí usar Ulises CXII como nombre alternativo; además de ocultar mi PUOX y mi marca de nacimiento en la mano izquierda; ya que no me sentía preparado para enfrentarme, ni siquiera, a un solo guardia.
–Medité, sin saber si reír o llorar, y pensé: «todos los guardias están buscando a Daniel I, bajo orden del Rey, so pena de arrostrar su ira. Se busca a un terrible mago que quiere matar al Rey y destruir el Reino de América.»
Lo que ellos desconocían era que el infame y amenazante sujeto, no era capaz de conjurar ni el más sencillo de los sortilegios.
¡Denver! Extender un mapa sobre la mesa y mirar; localizar el punto exacto que ocupa en el mundo. Algo digno de admirar, de lo cual pudieran enorgullecerse sus habitantes, era, según la opinión de los grandes arquitectos, su augusta muralla, tallada con piedras pintadas de blanco. Con una superficie bastante grande; se alzaba inhiesta como una forma heptagonal regular en la región; es decir, los lados y ángulos interiores eran congruentes entre sí; se apreciaba una simetría perfecta desde cualquier área.
Para que entendáis la orientación de este heptágono precisaré que uno de sus siete muros rectos, se encontraba alzado paralelo a la línea imaginaria que cruza de oeste a este y en el lado septentrional de la ciudad, señalando al norte, uno de sus vértices permanecía justo en el centro. Los muros de piedra eran de grosor considerable y su altura, me dio la sensación que era el triple de alto, por lo menos, de lo que era yo.
Contaba con siete torres cilíndricas de increíblemente altas y calculé que serían cuatro veces más altas que la muralla. Éstas, estaban distribuidas, cada una, en los vértices del muro, dotando a Denver con unas buenas vistas defensivas; a las cuales, pude comprobar que se subía a sus cimas desde el interior, subiendo unas escaleras de caracol.
La ciudad diseñada con tres portones grandes: una situada en el sur, otra daba acceso hacia el oeste y la última al este. El portón oeste del castillo sólo era accesible para la Guardia Real y La Familia Real; en cambio las otras dos eran de uso común.
En el centro de la heptagonal ciudad se erguía un descomunal baluarte, nuevamente cilíndrico, tan alta como una montaña, que ofrecían a los Reyes y a la Guardia Real las mejores vistas de el Reino de América.
El interior de Denver estaba segmentado por otras murallas de poco grosor y de menor altura; pintadas de color blanco, la cuales dividía la urbe en 7 distritos con forma de triángulos, con una superficie de 3 kilómetros cuadrados cada uno; un portón enorme de madera unía los distritos. En el distrito noroeste se erguía el castillo, lugar donde se escondía la Familia Real; en el siguiente distrito en dirección contraria a las agujas del reloj, habitaban los Guardias Reales. El tercer distrito era de los ricos y nobles. El cuarto, quinto y el sexto era donde convivían la clase media. En el séptimo distrito habitaban más Guardias Reales rodeando completamente el distrito de la Casa Real, siendo la seguridad máxima. Los Reyes, por consiguiente, vivían seguros en un castillo infranqueable; como resultado, la monarquía se había perpetuado bien en su poder durante más de mil años, gracias al diseño de ésta, de sus murallas y distritos; la cual, se creía, que había ordenado construir el primer Rey de nombre olvidado hace mucho tiempo atrás.
En los últimos minutos del crepúsculo comparecí por fin en el gran portón austral. No desperté ningún atisbo y pasé entre los gigantescos marcos utilizando el epíteto de Ulises CVII.
Así, pues, saludé a los guardias; aquellos que se encontraban custodiando el acceso. Aquel enorme portal se encontraba irradiado mediante una vaporosa refulgencia áurea; grandes lámparas de cera colocadas ingeniosamente en diferentes puntos imperiosos. Nadie que estuviera en busca y captura los saludaría como procedí aquella vez; puesto que no deberían conocer como era mi rostro; por consiguiente, no me hallarían, a menos que establecieran controles para comprobar las manos de los viandantes; en cuyo caso, yo, siendo en grado sumo agudo e intuitivo, me percataría de ello y giraría mis piernas en seguida, al igual que una ágil liebre.
Aquél impertérrito rocín pardo, aquél fiel animal que me porteó desde Frutos Secos sin pedir nada a cambio, transitaba trotando por el Paseo Mayor, trasladándonos a ambos con estilo.
Imaginaros un círculo. Aquella vía, amplia allí, en gran medida, por la cual podían circular hasta dos pares de carruajes de madera; seguía una trayectoria curvada en torno a Denver; mas no puedo asegurar que fuera proporcionada, sino que rotaba pausadamente a la izquierda mientras me desplazaba en dirección contraria a las agujas del reloj y rumbo primero hacia el este; y luego giraba lentamente al norte, dejando a atrás el portón de el Distrito de los Ricos. Esta espléndida avenida atravesaba los portones de todos ellos; rodeada por casas pintadas de blanco de fachadas cuadradas y rectangulares como, colocadas en ristras curvas. Las había de 2 plantas, algunas de 3 y rara vez pude observar hasta 5.
Más tarde, me puse en la tarea esencial de localizar una posada a fin de poder dormir al abrigo unas cuantas noches más, ya que, siendo la cita el día 27 de marzo, contaba afortunadamente con tiempo sobrado para conseguirlo.
Los oriundos iban y venían ocupados en sus tareas cotidianas, ora acarreando cajas de madera, ora paseando por los escaparates de las tiendas, ora aprovisionándose de comida. Mujeres y hombres cargando cajas llenas de frutas y verduras al igual que mulas.
Entre niños jugando con espadas de madera, se divisaban adultos y algunos ancianos encorvados. Señoritas esplendidas caminaban por las aceras vestidas elegantemente. Caballeros de la Guardia Real lucían sus estupendas armaduras, cada cual diferente en función de su grado; pude contemplar a uno que portaba un peto de acero, damasquinado parcialmente en bronce con el contorno de un león, supuse que debería ser un gerifalte.
En cambio, con el sujeto me topé más adelante, dejaría en ridículo al anterior caballero; pues, acompañado de una docena de guardias de menor orden, portaba un armadura de bronce, de un reluciente color áureo; y el casco que protegía su cabeza no se quedaba atrás, ya que, de un abrillantado acero con pequeños relieves de oro, con el símbolo de la Casa Real, alzaba al guardia a la altura de la nobleza: una víbora dorada, tallada para alzar y distinguir a un gran señor; tales como: Reyes, príncipes, duques, ricos y grandes caballeros, héroes que se habían ganado el honor en torneos anuales o en pequeñas batallas territoriales contra las tribus salvajes.
Mis observaciones se posaron sobre diferentes escaparates; bazares de mercaderías que fueron habitualmente comercializados en Atuntrucha, y otros muchos nuevos, que nunca había visto; como armaduras de cuero, hierro y acero. Pasé cerca de: unas pocas zapaterías, una floristería, abundantes tiendas de mujer, unas cuantas para hombres, una zapatería, una armería. Descubrí, asimismo, una enorme ferretería donde podías adquirid todo tipo de herramientas para agricultura, ganadería, acuicultura, carpintería, albañilería y jardinería. También pase ante cinco tabernas para comer y beber, una tienda de animales en la que vendían alimentos para caballos, mulas, perros, gatos, asnos; tras ésto vi un establo bastante grande. Pude contemplar que de una casa propiedad del ayuntamiento salían y entraban algunos trabajadores con la labor de limpiar las vías.
Al cabo de unos intervalos de tiempo recorriendo la espléndida avenida circular pasé ante una posada con un cartel que hablaba de «la Noche», la cual, su fachada, me agradó gratamente. Penetré en el establo y pude vislumbrar a una belleza de 1,80cm de altura, cuyos rasgos de su fisonomía hablaban de un par de bonitos ojazos como dos soles; de jugosos labios voluminosos carmesí, de estilizada nariz griega, y un cabello castaño ondulado que recogía todos los matices de su hermosura en una coleta, como si sobrara de ella para un trabajo tan duro; su tono de tez canela ligeramente anaranjado no daba muestras de sufrir la más mínima extenuación por su ocupación; supuse que mi caballo sería afortunado y sentí envidia de él, hasta el punto que llegué a cavilar en la graciosa idea de mandarlo a él a la posada y yo quedarme a dormir allí.
–Cuide bien de mi caballo, señorita –le expresé con una voz algo diferente a lo normal, mientras le entregaba dos monedas de cobre–, ha recorrido muchos kilómetros; se merece todos los buenos tratos que le pueda usted darle. Me alojaré en una de sus habitaciones un par días, por si necesita preguntarme algo.
–¡Muy bien! –expresó con una tierna sonrisa–. No se preocupe; cuidaré bien de su caballo el tiempo que necesite.
Tras dejar al caballo a buen cuidado entré en el recinto, el cual, era de unas dimensiones increíbles; la más grande en la cual me hospedé y de hecho, la más grande del Reino de América.
«Un nombre bonito; pero poco ingenioso –medité mientras contemplaba la escena.»
A la vera de la entrada pude entrever acompañado de una tierna sonrisa, una gran y acogedora taberna. Al fondo, a mí derecha, una chimenea calentaba el ambiente entre sonidos crepitantes de llamas bailando entre troncos de pino. Con una luz tibia se hallaba iluminado el recinto; con lámparas de velas de cera, gracias a las cuales pude contemplar unas cien mesas de madera con sus respectivas sillas; mesas que eran de diferentes tamaños y formas: unas eran cuadradas, otras redondas y grandes para un grupo de más de diez personas, otras eran rectangulares.
Como era la hora de cenar, el comedor se encontraba repleto de clientes comiendo y bebiendo. Familias, parejas, amigos, amigas y personas cenando en solitario. Una docena de camareros iban y venían con bandejas llenas de comida o de platos ya usados. Se escuchaba un murmullo entremezclado de conversaciones, risas y gritos.
A la izquierda se hallaba el recepcionista encargado de regentar los dormitorios, sentado en una silla con los codos apoyados sobre una mesa rectangular de madera de pino, de un tono oscuro. Atrás estaba situada la escalera que conducía hacia las habitaciones de los pisos superiores, contando con cuatro pisos con diez en cada planta. Me dirigí hacia el encargado torciendo a la izquierda; y cuando llegué dije:
–Buenas noches, señor, me llamo Ulises, y deseo hospedarme en uno de sus dormitorios por unos cuantos días.
–Bienvenido joven, ¿qué le trae a la capital, negocios?
–He venido a comprar artículos de interés y a pasar unos días en la ciudad.
–Bueno, es bastante bonita; sobre todo el Barrio Rico, aunque para entrar hay que pagar un peaje.
–¿Cobran por entrar? –pregunté extrañado.
–Sí, desde que empezaron los conciliábulos de ese grupo, antimonárquico, se ha limitado el paso; tan sólo para quién pueda pagarlo, no sé cuánto cuesta, pero me imagino que no es nada barato.
–¿Grupo antimonárquico? ¿Quiénes son? –interpelé con curiosidad; pues intuiréis que eso me podría interesar.
–Ja, ja… Si alguien lo supiera ya estarían ahorcados –respondió el encargado con una risita y tapándose la boca con la mano derecha–. Cometen sus fechorías de incógnito, escondidos en la penumbra de la noche… o eso dicen –se detuvo para meditar cinco segundos y prosiguió–. Han sido bastante disuasorios hasta la fecha; la guardia ha puesto patas arriba las calles pero nada, no encuentran nada, ninguna pista. Se trata de un asunto muy delicado y requiere de toda la paciencia y el talento de un investigador.
–Es realmente lamentable –mentí con una expresión que no puedo afirmar si me quedó muy convincente–. Bueno, necesito una habitación individual; ¿cuánto cuesta?
–Son siete monedas de cobre al día –dijo el posadero entre sonrisas mientras se frotaba las manos.
Tras pagarle, me condujo a mi habitación en la planta segunda; un bonito cuarto; la cama era mucho más confortable de lo que era la mía de el Pescado Feliz. Aquel anochecer dormí en la gloria, en una habitación muy limpia.
«El mago castigado ha entrado a la capital –pensaba mientras me dormía en un plácido sueño.»
VIII
Lo cierto es que los acontecimientos que me dispongo a narrarles son muy extensos, por consiguiente, les resumiré lo que hice en los siguientes días:
El día 16 de marzo: me desperté tarde, sobre las 9:22, puesto que quedaban bastantes días para la cita en Nieve, decidí dedicarlo en ir de compras por la ciudad, ya que necesitaba algunos suministros para afrontar el largo viaje y el inhóspito frío de esas montañas tan altas. Más tarde estuve paseando por los barrios de la ciudad de clase media, en un principio contemplando las calles; sus edificios, los escaparates de sus tiendas. Entonces, en un momento de la mañana, entré en una zapatería en la cual me compré las estupendas botas de montaña que tenía en mente; ya que era algo primordial, las iba a necesitar para afrontar mi empresa. Tras salir de ésta, fui a agenciarme con un abrigo, un gorro, un par de guantes y una bufanda a un establecimiento de moda que encontré en la calle Mayor. Al cabo de un rato me dirigí a una tienda de alimentación en conservas y repuse las provisiones de comida y agua. Por último me dirigí a una panadería para comprar pan de molde y bizcochos. Después de todo esto tomé la determinación de depositar en el Banco Real de Denver parte de mi fortuna a nombre de Ulises CXII; sellándolo con mi huella dactilar me aseguré, contra un posible robo o pérdida, el 99% de mi nuevo patrimonio. Cuando terminé, sobre las 13:30 horas, volví a la posada la Noche, presto para comer y pasé el resto del día en su restaurante; la degustación del plato de la casa fue exquisito y el zumo vegetal, muy saludables y revitalizante. Más tarde subí a mi habitación a descansar hasta la hora de dormir.
Un comerciante me contó que había un noble que necesitaba ayuda de un aventurero. Por lo visto, habían secuestrado a su hija. Entonces pregunté al comerciante por dónde estaban esos delincuentes y me indicó que podría localizarlos al oeste de Denver. Probablemente, con un poco de suerte conseguiría rescatar a la chica. Por consiguiente, me puse en esa tarea de hacer la buena acción del día.
Momentos después al liberar a la chica. Fue liberada de unos 5 bandidos o ladrones. Usando la espada les hice dormir para siempre, pues ellos al verme vinieron a matarme con espada en mano.
Chica: —¡Sálveme, por favor! —exclamó la chica, joven, bella, y delgada, de cabellos negros y ojos azules.
Chica: Gracias, sáqueme de aquí, mi padre es rico, recompensará generosamente. Vayamos al barrio noble. Ahí se encuentra mi casa.
— ¿Cómo se llama usted? Yo soy Ulises. —le interpelé.
Chica: Mucho gusto, Ulises. Me llamo Marta. Pero, ¡huyamos rápido, los infames delincuentes están patrullando por aquí cerca!
Al llegar a Denver.
—Aquí está mi casa. —dijo la linda jovencita llamada Marta.
—¿Cómo le secuestraron? —pregunté.
—En realidad me fui con ellos voluntariamente. Soy estudiante de medicina y uno de su banda me prometió que si me iba con él me enseñaría todo lo que sabe de regeneración de la salud. Además quería huir de mi padre, porque es un poco irascible e intolerante con mis amigos.
—¡Vaya amigos! Yo me encuentro haciendo un gran viaje algo azarozo, por lo que me vendría bien un médico. ¿Le gustaría acompañarme?
—Genial! Me encanta viajar, permítame que le deje un mensaje a mi padre, aquí en la puerta y me iré con usted. La verdad es que me iría con cualquiera con tal de librarme de él.
—Vaya, ja ja. Espero que no me culpe a mi por haberla secuestrado.
—Eso nunca lo sabrá. Lo único que sabrá es que me he ido para estudiar medicina por mi cuenta, ya soy adulta.
—Entonces vayamos al hostal a descansar y saldremos mañana mismo.
—Bien, usted tendrá que pagarme la habitación y los gastos. No comparto habitación con caballeros.
—Bien, así se hará. Y a partir de ahora somos compañeros.
17 de Marzo:
—Ahora viajaremos hacia el oeste —dije—, hasta llegar a la montaña donde está localizada la aldea Nieve.
—¿Para qué necesita ir a Nieve? ¡Ahí hace un frío de muerte!
—Muy pronto lo sabrá, bastará decir que me ha citado allí un amigo.
—Ah, vale. ¿Me podría pagar un sueldo por mis servicios de curandera?
—Podré pagárselo. Además, que como ya le dije, todos los gastos del viaje los costearé yo. Me ocuparé de todo, no se preocupe.
—He sentido una intuición —expresó ella—, que me ha dicho que me debía ir con usted. Mi padre estará bien sin mí. Está ocupado en sus propias aventuras.
—¿De qué aventuras estamos hablando?
—Religión secreta, una muy antigua, que fue prohibida hace tiempo. Ya no figura ni en los libros de historia.
—Bueno, algún día me presentará a su padre. Me gustaría saber de ese culto tan misterioso.
—No lo haga, mi padre está loco ¡El Rey podría mandarle ahorcar por hereje!
—¿Cómo se llama esa religión? —interpelé interesado.
—Es la religión que surgió hace mucho tiempo: El Cristianismo. Y fue abolida por esta familía Real de los Leones. Y pusieron en su lugar la de Seleno y Selena, que se desconoce de dónde procede.
—Es todo muy misterioso. Me encantaría indagar en ello. Como tengo tiempo de sobra, vayamos a ver a su padre al barrio noble. Algo me dice que nos espera una gran aventura.
—Bueno, le sigo, pero no muy de mi agrado. No le diga que le hablé de la religión porque es un secreto y me matará.
(Más tarde.
—¡Ha salvado a mi hija! Le debo la vida. Joven. ¿Con quién tengo el honor de hablar?
—Me llamo Ulises —mentí—. He venido para unirme a esa religión tan antigua y secreta. Algo me dice en mi interior que debo estar aquí.
—El Cristianismo. Así se llama, nuestra religión. ¡La verdad de Dios, creador de todo! Luchamos contra los siervos de Selena. La cual es una demonia que se hizo pasar por Diosa para someter a los hombres en la agonía. Sus seguidores se drogan y trafican con drogas muy nocivas para la salud. Fornican como animales. Son infieles y despiadados.
—Qué hay del Dios Seleno, no sé mucho de esa religión de Denver. ¿Qué sabe de Seleno?
—Seleno es el hermano de Selena. Y en esa religión es representado de manera humillante. Selena monta sobre su hermano como si fuera su dócil burro, ella esboza una sonrisa de maldad y satisfacción. Parece una comedia, pero los religiosos lo ven como que el mal triunfa sobre el bien. Llegando a la conclusión que hay que ser malvado para sobrevivir en este duro mundo de calamidad.
—¿Qué me puede cotar de vuestra religión? ¿Me puedo unir a ella?
—Si quiere unirse debe elegir uno de los grupos que conforman, —dijo Donald—, nuestra religión. ¿Por qué no se une al nuestro, El Cristianismo Católico. Usted ha demostrado sobradamente que cuenta con dotes para unirse.
—Suena interesante. ¿Qué debo hacer?
—Le daré un amuleto sagrado que representa La Cruz de Cristo.
—¡Padre, no lo metas en ésto! —imploró Marta.
—¡Él lo ha querido! Niñata, estoy muy enfadado contigo después de haberte marchado con ese canalla.
—¡Ese canalla sabía medicina y sigo estando entera! ¡No me ha pasado nada! Y ahora puedo servir a éste caballero como curandera. Me iré con él de viaje.
—¡De eso nada! ¡Tienes que ir a la universidad!
—Ya soy adulta y he decidido una aventura que este caballero me ha propuesto y me pagará por mis servicios de médico.
—¡Qué servicios puedes dar sin haber entrado en la universidad! ¿De prostituta?
—¡Me iré. No puedes impedirlo! Por mucho que me insultes. Ya soy adulta y decido por mí misma mí futuro.
—Si éste caballero demuestra ser digno de ser miembro del Cristianismo podrás irte con él. Daniel, demuestre su valía. Al Norte de aquí, hay un gran grupo de seguidores de Selena, quiero que vayas y quemes las drogas con las que trafican. Tendrá que defenderse, pues le atacarán en cuanto te vean. Cuando lo hagas serás miembro de los Cristianos Católicos. Entonces podrás llevarte a mi hija.
—¡Qué machista! ¡Propio de ti! No es necesario, pero lo haremos juntos. Yo iré con él y me ganaré así mi libertad.
—No te lo tomes así. Un padre quiere lo mejor para sus hijos. Eres mi querida niñita.
— Le prometo que no le defraudaré.
—Como acto de amistad permítame que le regale mi propia cruz. ¡Es de oro! No la venda. Los canallas la fundirían sin saber que es una reliquia muy antigua de un conmensurable valor que traspasa lo económico.
—Gracias —dije—. Ha dicho usted al Norte de Denver. Volveremos vivos, se lo aseguro.
Así el padre de Marta me entregó la Cruz, que yo sin saberlo, ya había estado en manos de mis antepasados.
Entonces, fuimos sin demora hacia El Norte de Denver.
—Busquemos las drogas y volvamos lo antes posible. —dide.
—Será peligroso —dijo Marta—, no se adelante mucho, si me deja atrás, no podré curarle. No me deje sola, me da miedo, podrían agredirme, soy una dama muy atractiva para estos salvajes.
—No se preocupe, usted sólo quédese atrás, pero en caso de que me pasara algo, salga corriendo hacia Denver. Tome ésta brújula para guiarse.
—Gracias. Si muriera, seguro que me secuestrarían. Quizás debería haberme quedado en casa estudiando para entrar en la universidad como quería mi padre.
—Ahora es tarde para eso, pero cuando volvamos, podrá volver a la universidad, si ha cambiado de idea. Este viaje va a ser muy peligroso.
—Lo pensaré. —respondió Marta.
—Aquí están las drogas. Las quemaremos, pero antes apartaremos un poco, como prueba, para su padre.
—Qué maravilla. Es una lástima que las usan tan mal. Esta droga podría usarse para crear medicina para el dolor, pero las consumen de manera nociva y destrozan muchas familías.
—Son gente débil que sucumbieron ante las telarañas seductoras de su ignominiosa Diosa. Volvamos.
Ya en Denver. Hablamos con el padre Marta.
—Ha sido difícil —cominiqué—, estaba infectado de hombres muy violentos y salvajes. Pero aquí tiene la prueba.
—¡Oh, es fentanilo! —expresó el padre de Marta—. ¡Una de las peores y más nocivas! Bienvenido al Cristianismo. ¿Ahora debe irse? ¿Qué le lleva a hacer un viaje?
—Es un secreto —dije—, pero lo puedo decir que estaré bastante días ausente de Denver. Su hija no correrá ningún riesgo, se lo aseguro. Pero tendrá que ser paciente y confiar en mí.
—¿Quién es usted? Su rostro me es familiar. ¿Tiene familia en Denver?
—Mis padres murieron en la última plaga. Ahora ya no me queda familia.
—¡Oh, lo lamento! Bueno algo me dice que mi hija estará mejor con usted que en la universidad. No puedo creer que esté diciente ésto.
—Su hija se quedará aquí y estudiará medicina en la universidad, cuando termine, más tarde ya se verá, y yo partiré solo, sin demora, a Nieve.
—¡Pero qué! —gritó Marta enojada—. ¡No! ¡Yo me voy con usted!
—Mejor que se quede aquí y estudie, de lo contrario, si le pasa algo no podré mirar a la cara a su padre.
—¡A Nieve! —preguntó Donald—. ¡Allí hace bastante frío! ¿Qué le lleva a lugar tan inhóspito?
Daniel: Estoy citado allí con una amigo de mis padres.
—Ah, se trata de una reunión familiar. Bueno, la familia es lo más importante. Pero tener hijos es duro, sobre todo cuando se marchan con delincuentes.
—¡Padre! No sea pesado, ya le dije que me fui con el tonto ese, porque sabía mucho de medicina.
—¡Déjalo ya! Todos sabemos que ese canalla era a parte de un cerdo, un Don Juan. ¡Seguro que te has quedado embarazada!
—¡Embarazada! ¡Si soy virgen, ni me he besado con él!
—Aquí nos despedimos. Su hija que vaya a la universidad, volveré. Adiós.
—¡No me dejas aquí con el loco de mi padre! Yo me voy con usted.
Y finalmente, volví a la posada; mas aquella tarde la pasé en la taberna, la cual, en ese instante, contagiado por el lujo, me pareció más fea que antes; sentí por un momento una sensación extraña, como de estar cenando en una cuadra.
El día 18 de marzo partí hacia la aldea Nieve acomodado sobre la silla de mi caballo; rumbo a un área montuosa y escarpada, una sierra que alcanzaba los 2500 kilómetros de altura.
Abandonando la posada a las 7:00 de la mañana, pasando por la puerta este de la ciudad, hice girar a mi amigo a la izquierda y nos desplazábamos lentamente en dirección norte a lo largo de varios kilómetros a través de las tierras agrícolas septentrionales de Denver por unos campos de cultivos de trigo y cebada similares a los de las regiones meridionales. Sea como quiera, se hallaba allí unos terrenos con sus correspondientes cortijos de fachadas blancas y tejados naranjas. En un intervalo cercano a las 19:00 horas llegué a la región montañosa. Era aquel lugar aún más gélido que cualquier otra región por la cual hubiera pasado antes.
Cuanto más te adentrabas, tanto más frío hacía; y cuando empezó el crepúsculo a resurgir busqué un sitio donde poder calentarme. Serían ya, cerca de las 21:00 horas, en el momento que llegué al emplazamiento idóneo; era una alquería que encontré, la cual se erguía cerca del sendero que ascendía con destino a aquella serranía sobre la cual se asentaba Nieve.
Los dueños, una familia numerosa, aceptaron gustosamente mi dinero; no hay hombre a quien no le guste una buena bolsa repleta de monedas; tengan la seguridad de que bien falta les hacía y por eso fueron sobradamente hospitalarios; es más, el banquete de la cena fue muy suculento y la cama bastante cómoda en comparación con mi saco de dormir sobre un terreno pedregoso y húmedo.
El día 19 de marzo no tardé en empezar el lento ascenso; no obstante, era una región tranquila y segura. En un principio no se me presentaron atolladeros a lo largo de la jornada y finalmente descansé junto a un gran álamo negro, aquel que sus hojas verdes semejaban el contorno de peonzas planas. A fuerza de agua, tierra y ganas de perdurar en el tiempo, se mantenía erguido allí; orgulloso, alto y alargado al igual que cualquier otro árbol; no había nada extraordinario en aquello, pero me dio la sensación de que este ejemplar era especial; por lo grande y elegante que era, parecía acumular mil años de sabiduría.
El día 20 de marzo el sol ya se encontraba sobre el ecuador. Había llegado el equinoccio de primavera, sin embargo el clima seguía gélido, como iba siendo habitual todos los años debido a unos factores excepcionales, los cuales no comentaré ahora; fuera como fuere, decidí dejar descansar al caballo, me sobraban las horas. Lo pasé todo el día en un campamento improvisado próximo a un lago. El descanso fue muy agradecido por mi caballo.
El día 21 de marzo localicé un sendero que conducía hacia las cumbres de las montañas nevadas. Mi PUOX indicaba 5 grados de temperatura a las 8:33 horas. Me abrigué, y así comencé el ascenso junto a mi apreciada montura. ¡Cielos santo, qué visión! En la lejanía se apreciaba el valle del sur que había recorrido; era espectacular. Lo cierto es que, cuanto más subía, mejores eran las vistas; así no es extraño que la temperatura fuera descendiendo a medida de subía. A poco, el PUOX marcaba 4 grados en las primeras horas de la mañana. Al cabo de un rato, analicé unos datos: según la pantalla, la batería estaba cargada un 90%, ya quedaba poco para que empezara el entrenamiento. Tras cuatro horas de subida, serían ya cerca de las 14:00 horas cuando me encontré con una pequeña posada situada cerca del sendero que acogía a los viajeros que se dirigían rumbo a Nieve y a los que volvían de ésta. Como me sentía congelado y contaba con tiempo de sobra, decidí quedarme a pasar la noche; lo cierto es que la reconfortante chimenea y la sonrisa de la bonita posadera me sedujeron a ello.
Era aquel un lugar acogedor, aún más en el interior de la sala principal del comedor cerca de la enorme chimenea. Mientras en el exterior la nívea nieve se estancaba en los marcos de las ventanas, se hallaban allí otros trotamundos. Así no es extraño que algunos tuvieran interés en conocer por qué razón hacía en solitario un viaje tan inhóspito un chico tan joven.
En un momento de la noche, en la taberna cerca de la confortable chimenea, estuve conversando con un comerciante el cual viajaba habitualmente a Nieve.
–Hola joven, me llamo Nazar XI, ¿Qué le trae por estos lugares tan inhóspitos?
–Mi nombre es Ulises –mentí–. Me dirijo hacia Nieve para hacer una visita a mis abuelos paternos.
–Mal lugar para quedarse a vivir –opinó el hombre–. Demasiado frío en invierno, otoño y primavera, menos en verano que hace una temperatura agradable. ¿Por qué no los visitaste, mejor, en verano?
–Sí…, lo hice, vivo en Denver; pero los visito cada tres meses. –mentí nuevamente.
–Entonces debes saber que en marzo hace una temperatura de unos 15 grados bajo cero; sin embargo, en invierno es peor, llegando en enero a temperaturas de hasta los 30 grados bajo cero.
–Sí…, lo sé –respondí.
–Bueno chaval, te dejo cenar; me voy a mi habitación, mañana será un día duro y necesito descansar.
–Que descanse –expresé a la vez que hacía un gesto con la mano derecha de despedida.
Desde luego que no fue realmente agradable tener que mentir; deber ocultar mis verdaderos propósitos, que aún ni siquiera yo entendía muy bien cuáles eran.
Tras terminar de cenar, pagué la cuenta a la camarera y subí a mi habitación. Al cabo, una vez acomodado en la cama, llamé a Cleo para comprobar si siempre estaba disponible cuando la llamaba:
–Cleo, ¿estás ahí? –pregunté.
–Sí…, claro, estoy para lo que necesites –dijo la voz melodiosa que surgía a través de unos pequeños agujeros cuadrados en el PUOX, respondiendo a una velocidad increíble.
–Cleo, siempre estás disponible, ¿cómo puede ser que cuando te llamo siempre contestas al instante?
–Daniel, porque estamos conectados mediante el PUOX –respondió la sensual voz–. ¿No te agrada mi respuesta? Es mi trabajo, no debes preocuparte, algún día me verás. El PUOX está casi listo para empezar el entrenamiento, la batería está al 93%.
–Ya me he dado cuenta, Cleo –dije–. Me intriga bastante sobre qué será lo que ocurrirá cuando se cargue la batería enteramente.
–Es muy sencillo e intuitivo, ya lo verás.
–¿Qué se supone que debo hacer? –pregunté.
–Simplemente viajar, a cambio de conocimiento.
–¿Y ya está? ¿Así me convertiré en un mago?
–Luego deberás aprender a moverte; a mover las manos. No es sólo decir las palabras mágicas y hacer un hechizo; necesitas disponer de energía y los elementos que vayas a utilizar, el PUOX por muy increíble que sea no puede crear el agua de la nada; hay que dirigir la energía hacia el lado correcto, todo eso te lo enseñará el PUOX; fue diseñado para ello.
–Increíble ¿y realmente no sabes quién lo inventó?
–Alguien muy inteligente –aclaró Cleo–, sin lugar a dudas, que deseaba ayudar a los hombres.
–Es curioso –expresé–. ¿Estás fuera del Mundo Conocido? ¿No es así?
–Sí, me encuentro al noreste del Mundo Conocido, en unas instalaciones esperando que algún día estés preparado para venir.
–Podría ir ahora… –expresé impaciente.
–Ahora mismo no puedes, debes acabar tus tareas en el Mundo Conocido.
–Qué pena; es todo muy misterioso.
–Ahora sí.
–Bueno, me voy a dormir; hasta otra Cleo.
–Hasta luego, que descanses.
El 22 de marzo. Teniendo planeado retomar el ascenso a las inhóspitas cumbres, a una hora que no fuera el frío tan intenso como las horas sin sol, me encontraba desayunando en la taberna a eso de las 9:00 horas un estupendo zumo de naranja y unas tostadas con mantequilla y mermelada. Tras descansar un poco más y despedirme de los huéspedes de la posada, cerca de las 12:00 horas, no recuerdo la hora exacta, pero no importa, empecé a ascender lentamente otra vez, o más bien fue mi caballo el que realizaba el esfuerzo. Fue un trayecto en el cual pude contemplar gran parte del valle, por encima del nivel de altura de unas nubes espumosas; apareciendo ante mí una niebla que no me permitía advertir bien el horizonte lejano.
Debo añadir que el pobre corcel hizo un esfuerzo notable por seguir escalando a un ritmo moderado, pero constante, ya que el suelo se encontraba cubierto de una espesa nieve fría que le cubría las patas hasta la mitad. En resumen: tras nueve exhaustas horas de subida llegué a las 21:00 horas a la cumbre:
Era aquella aldea pequeña, en gran medida cubierta de nieve, en la que habitaban, calculo, unos 200 habitantes, quizás menos. Los visitantes se alojaban en la única posada, el Abrigo, situada en su única plaza. Los cierto es que había sido diseñada con ingenio, sobre las cumbres de una montaña, a una altura de 2500 kilómetros; protegida por una muralla que rodeaba la población con una forma circular.
La llegada a la puerta fue muy bien recibida por mi caballo que se puso a relinchar de alegría; era evidente que intuía que ya le quedaba poco para poder por fin descansar en un confortable establo a una temperatura adecuada para la vida.
Al cabo, me bajé del caballo y llamé a una de las grandes puertas de madera. Tras unos pocos minutos, un hombre me invitó a pasar y así me informó que hallaría la posada en la plaza central de la aldea; no tenía pérdida, siguiendo la calle en dirección recta. Más tarde, impresionado me encontraba, tras caminar por una vía cubierta de nieve, vi unas casas de varios metros de altura; fachadas blancas, ventanas cuadradas, cinco plantas y tejados naranjas cubierto de espuma blanca. A poco, caminando, llegué a una bonita plaza.
Vi, entonces, la llamativa posada, la cual se distinguía perfectamente por su gran letrero rectangular de madera. Lo agradable de viajar por el Reino era que cada aldea se jactaba de poseer su particular identidad arquitectónica, dando mucha importancia a la estética y su propia distinción con respecto a las demás; lo que las hacía más agradables al vislumbrarlas por primera vez. Al igual que los otros edificios de la aldea, la estupenda posada contaba con cinco plantas; realmente qué bien optimizaban el espacio sus habitantes.
«¿Quiénes habrían sido los arquitectos? –meditaba, mientras atravesaba la plaza y contemplaba sus fachadas.»
Entré en la posada, y al instante me percaté en dónde se encontraba el dueño y me dirigí hacia él, cansado y helado:
–Buenas noches; mi nombre es Ulises –mentí–; vengo de Denver, me quedaré aquí unos cuatro o cinco días.
–Hola chico, ¿Qué le trae a Nieve? –preguntó el hombre mientras buscaba en una caja una llave.
–Me he citado con un amigo.
–¡Qué cosa más rara! –dijo con una significativa expresión en su rostro la cual transmitía divertirse–. Bueno; tome la llave de la habitación número siete, suba por las escaleras de la izquierda; son tres monedas de cobre por noche.
–Pues sí, señor; últimamente me suceden un montón de cosas rarísimas. Le daré 25 monedas de cobre para cinco noches en un principio, más adelante ya veré –le entregué en la mano las monedas– tome, espero que me den un buen trato a cambio.
Tras recibir la llave, subí las escaleras del primer piso y pude comprobar que había cinco habitaciones por planta, por lo tanto, mi habitación la encontré en la segunda.
Me sentía cansado; pero antes de dormir, tomé la decisión de empezar a escribir un diario que me ayudaría a contar esta historia muchos años después, con todas mis experiencias desde que dejé mi querida aldea; anoté todo lo que recordaba, los datos importantes. En el trascurso de los cuatro días siguientes, mientras llegaba el día de la cita continué con esta tarea. A veces bajaba a dar una vuelta por las calles cuando estaba despejado; no obstante, el frío me quitaba las ganas y en ocasiones bajaba a la taberna a paladear algo junto a la confortable chimenea.
Los días pasaron y llegó el esperado día 27 de marzo. Bajé a la taberna con la esperanza de poder encontrar al amigo de mis padres. Recuerdo una tremenda decepción al esperar toda la mañana, la tarde y al final por la noche llegó alguien a la posada, pero no era él, sino mis amigos Pedro y Ethan. Habían seguido mis pasos, yo, debo reconocer que me sentía avergonzado; no sabía qué decirles.
–¡Vaya! ¡Por fin te encontramos! –Dijo Ethan–. No te vuelvas a escapar nunca más, Daniel; mago escurridizo. Arreglaremos cuentas con el maldito Rey, juntos. Queremos estar presentes cuando le cortes la cabeza o si no lo haremos nosotros. ¿Verdad Pedro?
–Verdad –confirmó Pedro, muy serio, con la mirada perdida–, a partir de ahora mi vida será pura animosidad hasta el día que pueda descansar en paz el alma de mi amada y mis padres, mi hermana y mis amigos; no…, a fin de impedir que las injusticias de tales magnitudes se sigan ejecutando en el Reino de América; ya sean ordenadas por aquel infame, o realizadas por otros como él.
–Amigos; no sé qué decir. Simplemente aunque no sea culpa mía, lo siento mucho; yo solucionaré lo del Rey; o si os sentís mejor colaborando, que así sea. He pensado en comprar una casa en Denver; he recibido una gran fortuna de ese amigo de mis padres: la bolsa estaba completamente llena de monedas de oro. Además, es interesante una información que he obtenido; existe un grupo anti monarca que se encuentra activo; Creo que habría que considerar la posibilidad de localizarlos a fin de unirnos a ellos y tratar de buscar una solución a nuestros propósitos.
–Suena bastante interesante –afirmó Ethan–. ¿Qué hay de tu amigo, el de tus padres? ¿Se ha presentado a la cita?
–Me temo que no va a venir –confesé cariacontecido–, me ha dado plantón; ya debería estar aquí; algo raro ocurre y no entiendo nada. ¿Por qué alguien citaría a otra persona en un lugar tan alejado de la civilización, para luego no acudir?
–Qué raro y sospechoso me parece todo ésto, Daniel –opinó Ethan.
–Raro y sospechoso no son las palabras adecuadas; más bien, sobrehumano o divino. Sobre el reloj –dije, mientras les mostraba mi muñeca izquierda, desvelando el increíble reloj–; ya me lo puse y debo añadir que es un artefacto alucinante; no os lo vais a creer, es fabuloso. Tiene muchas funciones increíbles, además la batería está ya casi cargada, está a un 98 por ciento, pronto empezará el entrenamiento. Subamos a mi habitación, necesito intimidad para enseñaros unas cosas.
Subimos a mi habitación y tras cerrar la puerta, al cabo de un rato, llamé a Cleo. Contestó en seguida como si se encontrara escuchando; realmente estaba siempre inexplicablemente disponible y en aquel momento medité aquella evidente realidad.
–Hola de nuevo, Daniel –se manifestó sonoramente un sonido que surgía de mi muñeca izquierda, mientras mis amigos contemplaban la escena con unas expresiones en sus rostros que parecían haber visto un fantasma.
–Saludos, Cleo. Me encuentro en compañía de mis amigos; son de confianza; te presento a Ethan y Pedro.
–Bien venidos –expresó armoniosamente–, habéis llegado en el momento perfecto; pronto empezará el entrenamiento de Daniel; la batería está cargada al 99 por ciento. Mañana, día 28, deberíais madrugar para partir hacia el lugar asignado por el PUOX. Por cierto; lo siento, pero aquel que te citó aquí no podrá venir, pues no sé encuentra en el Mundo Conocido. Te ha mentido; para que salieras de tu ratonera y salvaras tu vida. En lo que se refiere a Nieve, él sabía que tu primer objetivo se encontraba cerca de aquí, simplemente quería ayudarte en el inicio.
–Podría haber avisado de que nos iban a atacar –protesté indignado, con un ademán que trasmitía enojo.
–Sinceramente; él no esperaba que vuestro Rey llegara tan lejos; tan sólo creía que tu vida corría peligro; en cuanto a tus vecinos, no tendría que haberles ocurrido aquella calamidad. ¿Cómo podría saberlo si ni siquiera puede entrar al Mundo Conocido? –Cleo hizo una pequeña pausa como si se encontrara meditando–; es hora de que lo entendáis. Estáis encerrados en el terreno que llamáis el Mundo Conocido.
–¿Quién nos ha confinado aquí? –pregunté un poco indignado; pues me sentía como un ratón dentro de una jaula.
–Es fácil de explicar; y más aún sencillo de entender –respondió la sensual voz–. Existían muchísimas amenazas en la tierra, a la sazón. En parte os encerraron para protegeros. Podrías entenderlo como una enorme arca de Noel; pero no con malas intenciones; sin embargo, que tengáis una injusta monarquía en el Reino de América es de vuestra propia cosecha, ellos no interfieren en asuntos políticos, ni sociales.
–Eso no es lo que te ha preguntado –interpeló Ethan–; ¿quién nos ha encerrado Cleo? ¿Cuánto tiempo llevamos confinados aquí y por qué?
–No sabría responder a esas preguntas.
–¡Es increíble Cleo! –protestó Pedro–. Me ha quedado claro que ellos son más poderosos que nosotros y que vienen del exterior…, pero…, aun así…, no entiendo nada.
–Tienes razón Pedro –Confirmó la dulce voz–. Eso sí que puedo confirmártelo, es evidente, ¿no?
–¿Y tú quién eres? –preguntó Pedro.
–Yo soy Cleopatra.
–¡Joder, eso ya lo sabemos! –expresó exasperado el irascible Ethan–; ¿quién diablos eres Cleo? ¿Por qué jugáis con nosotros? ¿Tenéis algo que ver con la muerte de nuestros amigos y familiares?
–Está bien, os explicaré qué soy. Soy un ser artificial, os va a costar un poquito entenderlo; construida por seres vivos con una inteligencia muy superior a la humana, catalogados como Dioses, una civilización infinitas veces más antigua y más avanzada tecnológicamente que la vuestra. He sido creada para ayudar en el programa de los elementalistas interestelares; estoy adjudicada a Daniel CXII, y la protección a la Tierra es porque criaron aquí a Daniel, a un mago elementalista. Los que me crearon iniciaron hace mucho tiempo, un programa de entrenamiento para guerreros de élite; el objetivo: frenar la tiranía en el universo; ahí dónde sea necesario. Podría hacerlos ellos, pero juegan a ser Dioses y sería muy fácil y aburrido para ellos acabar con cualquier amenaza.
»La especie que me creó, su planeta natal se encuentra extremadamente lejos del Mundo Conocido, no podéis imaginar cuán lejos están. Son originarios de otra galaxia muy lejana; no seriáis capaces de entender dónde viven y a qué velocidad viajan por el universo. Éstos seres extraterrestres son denominados Loturanus, son inmortales, realmente inteligentes, con una capacidad de deducción ilimitada que les permite adivinar el futuro, ellos mismos crearon la amenaza en esta galaxia por diversión y luego crearon a los magos para que se enfrentaran. Os llevan observando desde antes de las pirámides, ya sé que no entendéis de qué pirámides hablo. Su interés fue aumentado a medida que os desarrollabais como especie inteligente, a una velocidad poco común.
Cuando crean una amenaza en una galaxia, suelen enviar a sus magos para que luchen por el bien; no sólo para combatir, sino también los envían para salvar, explorar, obtener. Y ahora, ya que existe una amenaza en vuestra galaxia como dije creada a conciencia por ellos, en la Vía Láctea, vuestra galaxia; pero ellos también iniciaron el programa de incubación y entrenamiento en diferentes puntos de esta galaxia.
–¿Ellos crearon la amenaza? -pregunté anonadado–. Entonces son malvados, mucha gente habrá sufrido por su culpa ¿qué tipo de amenaza han creado?
–Sí, puede que lo sean y sin embargo también ayudan a los agredidos, ni que decir que no todas las amenazas las crean ellos. En esta galaxia la amenaza se trata de los Bornus ¿Y quiénes son ellos os preguntaréis? Son descendientes de vosotros, los Homo Sapiens, es decir, humanos conocidos comúnmente. Son Exhomo Sapiens; mejorados por los límites de lo concebible con técnicas de modificación de ADN, algunos más que otros, pues no todos son igual de complejos. En un principio modificasteis el ADN para mejorar la especie con la ayuda invisible de los Dioses. Y un día se convirtieron tremendamente poderos; inmortales por no morir por vejez, y, algunos, son bastante invulnerables a cualquier daño; y claro, tanto poder los volvió aviesos, se volvieron extremadamente ambiciosos, más aún xenófobos y violentos, con otras especies que ellos consideraban repugnantes e inferiores a ellos. Empezaron la exterminación de toda especie inteligente que se encontraban por la galaxia que no fueran inmortales. Aún hoy día lo siguen haciendo, expandiéndose por la galaxia; pero afortunadamente existen 400 millones de estrellas en la Vía Láctea, por lo tanto, por ahora para vosotros no son una amenaza. Y luego, los Loturanus os encerraron para protegeros de los Bornus, los cuales se sentían asqueados por haber surgido de una especie, según ellos, tan primitiva y débil; tan sucios, tan estúpidos.
–Entonces; –preguntó Ethan–. ¿Daniel fue creado por ellos?
–Sí, es el segundo clon, el primero lo mataron los Bornus; sus padres por supuesto son una invención. Por otro lado, los Loturanus no podían entregar todo este poder de golpe a un ser vivo; se hubieran vuelto locos, sea de la especie que fuera. Así son las leyes de la naturaleza: no es posible, hay que progresar poco a poco, desarrollar las habilidades, asimilar lo aprendido progresivamente. Mañana, Daniel, comenzará tu entrenamiento, te adelanto como será:
Los hechizos fueron ordenados por niveles. Existen varias familias de hechizos: transmutación, ilusión, creación, restauración, hipnotización. Los puede realizar un elementalista cuando disponga de la energía necesaria en su PUOX y en algunos hechizos es necesario que el mago haya reunido la materia necesaria o almacenada previamente lo cual aún no es posible, ya que es un hechizo que se conseguirá más adelante. Por ejemplo almacenar agua para su posterior utilización. También debe conocer las palabras mágicas y éstas son rebeladas cuando el mago llega al destino asignado, convirtiéndose el entrenamiento en un alucinante viaje, una expedición sin precedentes.
El grado de poder de un hechizo dependerá de la experiencia y la voluntad del sujeto para almacenar, preparar la materia y lanzarla.
Daniel, dispondrás en el futuro de ciertos objetos y estructuras para ayudarte en tu entrenamiento o en tus misiones. A cambio, te comprometes a ayudar a indefensos cuando te lo soliciten, o de lo contrario, anularan todo poder aprendido, desactivando el PUOX. También tendrás la opción de pasarte al lado malo, entonces no tendrás que ayudar a nadie y no perderás tus poderes.
–¿Pasarme al lado malvado? ¿Hay también mago malvados? Es realmente demasiada información para poder asimilarla de golpe; pero eso nos aclara muchas cosas –dije–. Bueno, no tengo intención de pasarme al lado oscuro; mañana empezará el entrenamiento. Entonces, amigos, ¿me vais a acompañar?
–¡Por supuesto! –expresó Ethan con una sinceridad absoluta que le salía del corazón–; estoy realmente impresionando con absolutamente todo; tanto que, en realidad, siento la necesidad de ver todas esas maravillas con mis propios ojos. Y espero de corazón Daniel, que no te pases al lado oscuro, porque dependemos de ti, si te ayudamos; maldita sea; tienes que prometernos que no nos vas a traicionar.
–Yo opino exactamente igual –respondió Pedro–. ¿Cómo entender algo de semejante proporciones? Es más…, ésto supera cualquier cuento de trovadores.
–Bueno –dije–. Ahora nos iremos a descansar y mañana a las 7:00 nos encontraremos en la taberna, ¿ok?
–Bien –respondió Ethan–. Hasta mañana, pues.
–Hasta mañana –se despidió Pedro con la mano derecha levantada.
–Muy bien, nos vemos mañana. –expresé exultante.
IX
El sonido de la alarma me despertó. Lo primero que hice al abrir las pestañas fue girar la cabeza y tras ésto moví el brazo izquierdo para mirar la pantalla de mi PUOX. Efectivamente, por fin se encontraba completamente cargada la batería. Entonces, salté de la cama; nervioso e impaciente, me vestí impetuosamente lo más rápido que fui capaz. En unos instantes salí de la habitación. Corrí por las escaleras hasta la taberna y me senté cerca de una mesa del comedor a esperar a mis amigos. Mis prisas fueron en vano, puesto que, los estuve esperando un cuarto de hora; los muy indolentes no se manifestaban por más que miraba las escaleras y ya empezaba yo a impacientarme en gran medida, hasta el punto que los minutos me perecían eternos.
Puede comprobar (pulsando la tecla naranja) que eran las 7:15 horas del día 28 de marzo y tras ésto, miré en dirección hacia las lúgubres escaleras por las cuales los vislumbré, entre una penumbra ligeramente diluida por una luz amarilla de una lindante vela. Bajaban con mucha diligencia mientras se colocaban bien aún aquellas vestimentas que usaban. En cuanto se percataron de mi presencia en la sala, se aproximaron apresuradamente como alces saltarines, a grandes zancadas, ágiles. En sus rostros se manifestaba todavía el sueño acumulado.
–Buenos días amigos –expresé–, llegáis tarde, pero, puesto que mi artefacto mágico se encuentra completamente cargado, dejaremos las admoniciones para más adelante; podemos comenzar la expedición. Me siento inquieto y nervioso al igual que cuando abandonamos nuestra aldea. Es menester obtener algunas provisiones antes de partir.
–Me encuentro intranquilo también, –respondió Ethan–. Adelante, activa el entrenamiento y sabremos qué nos deparará el futuro, hacia dónde girar nuestras miradas.
–¿Cuál será nuestro destino? –preguntó Pedro solemne y soñoliento hasta el punto que parecía decirse a sí mismo: «deseo volver a la cama, no me importa nada todo ésto.»
–He estado esperando a que vinierais antes de ponerlo en marcha –les aclaré.
–¡Vamos! ¡Actívalo ya! Y evaporarás nuestros charcos de dudas –solicitó Pedro con un aspaviento cuya señales visuales manifestaban todos los matices de la impaciencia absoluta; un estado de ánimo poco frecuente en él.
Empujado por la insistencia de Pedro empecé la operación. Primeramente coloqué mi mano izquierda sobre la mesa de tal manera que les permitiera apreciar lo que iba a suceder a continuación. Instantes después apreté con la yema de uno de mis dedos el botón de color rojo, tras este acto, la pantalla empezó a expandirse (del tamaño original de 60×60 milímetros, al expandido de 400×400) se extendió en cinco segundos como si fuera líquida; luego, increíblemente, se volvió rígida nuevamente, gracias a que fue elaborada con una tecnología vanguardista y materiales exóticos extraterrestres.
Mis amigos no daban crédito a lo que contemplaban y articulaban expresiones en su fisonomía que expresaban estupefacción e incredulidad absoluta; y pasara lo que pasase, finalmente presioné la tecla negra. En un segundo y medio, las imágenes desaparecieron como por arte de magia. Comenzó el extraño y ambiguo programa de entrenamiento.
La pantalla ilustró, de una manera rápida y sorprendente, mediante cuantiosos gráficos de colores, el nombre del primer hechizo que se nominaba «Calentar»; asimismo apareció una pequeña brújula dibujada sobre la pantalla con una flecha que se movía al cambiar la orientación de mi PUOX; y ésta, como seguramente intuiréis, indicaba la ruta e ilustraba en números la distancia en kilómetros y metros a la que se encontraba; más aún, aquel marcador incluso era capaz de indicar cualquier rumbo: norte, sur, este, oeste, noroeste, noreste, sureste, suroeste, arriba y abajo. En dicho caso, para aprender las palabras mágicas, según el PUOX, era primordial conseguir el reto de desplazarse a 4 kilómetros de Nieve, hacia el norte, y, a más altura aún de en la que nos encontrábamos.
«¿Más alto aún?» –pensé en ese momento, inquieto y cansado.
Realmente peligroso, demasiado frío y nos expondríamos a morir achacados por una hipotermia en medio del camino nevado.
–¡Maldita sea! –grité–. Nos toca subir nuevamente, esta vez, a la cima de la montaña más alta, si no me equivoco. El hechizo se llama “Calentar”; curioso hechizo para obtenerlo en un lugar tan inhóspito y frío.
Una vez que analizamos el trayecto cooperando juntos y estudiamos el plano, dedujimos que debíamos dirigirnos rumbo al pico más alto de estos macizos níveos.
«Curiosa manera de ponerme a prueba de si soy digno para aprender el hechizo» –medité.
–Señor posadero –llamó Ethan levantando la mano–. ¿Podría informarnos sobre cuál es la montaña más alta y cómo llegar a ella?
El posadero se acercó a nuestra mesa desde una de las esquinas de la estancia y nos miró detenidamente, escrutando nuestros rostros con una expresión que manifestaba incredulidad:
–Debéis estar chaceando ¿verdad? ¿No es así? O ¿Os habéis vuelto locos? La cumbre más alta…; desconozco su nombre…, pero, pero desde aquí…, a través de aquella ventana podéis apreciarla difusamente hacia el norte, es ésta…, ése…, ese pico es, como una ligera visión borrosa de lo que es. Caminando lentamente y soportando un frío extremo que a ningún ser le deseo, llegaréis, si no morís antes de frío, a los lomos de la montaña. Pero…, ¿para qué…? Bueno…, no es asunto mío. Luego, si estáis majaras, tan sólo deberéis trepar durante unas cuantas horas…; no sabría decir cuántas; pero ninguno que yo sepa ha intentado escalar rumbo a ella, ¿para qué…? Ya que nadie ha estado tan loco y es que, en mi opinión, no se gana nada por lograrlo; únicamente padecer mucho frío y dolores; por lo tanto, a ver…, yo, no…, no puedo explicaros cómo conseguir, tan alocada proeza. Necesitaréis, evidentemente, ropas especiales para protegeros de las temperaturas extremas bajo cero y poder aguantar las tórridas tormentas de una nieve nada amable y traicionera, que corta la piel al igual que un cuchillo de mantequilla, lanzado por una parienta cabreada… Juas, juas, ¿no les hace gracia?
–Ja, ja…, gracias señor –gratifiqué–. ¿Conoce usted alguna tienda de ropa especializada en invierno?
–Podéis comprar abrigos, botas de nieve, guantes y bufandas en el Bazar de Mei Ling; su establecimiento se encuentra aquí mismo, en la plaza.
Cerca del medio día conseguimos las provisiones necesarias y prendas de abrigar disponibles. Nos vestimos de la siguiente manera: debajo, los pijamas. Nos colocamos dos jerséis y dos pantalones de algodón muy gruesos y unos calcetines especiales. Usábamos cada uno unas botas de nieve compradas en el Bazar de Mei Ling, las cuales no fueron baratas; más unos gorros, unas orejeras y unas bufandas. Encima de toda esa locura nos arrebujamos con un abrigo especial, el cual abrigaba muchísimo; según explicó el comerciante, era el que más aislaba, diseñado para los inviernos especialmente fríos. Determinamos que la idea sensata de dejar a los caballos en los establos sería lo más conveniente y emprender la excursión caminando; pues eran terrenos demasiado fríos, inclinados, abruptos y pedregosos para ellos.
Al cabo de un rato, pasamos a través de la puerta de la muralla caminando a marcha ligera y giramos rumbo al norte, avanzando a paso lento por el campo nevado de nieve, la cual nos cubría las botas hasta los tobillos. Miré mi POUX, a las 12:34 hacía -19 grados, «moriremos hoy congelados» –pensé de mal humor entre bostezos.
En un momento del trayecto, serían ya cerca de las 13:20 horas, puede que un poco más tarde, cuando Ethan se detuvo para comunicarnos sus ideas:
–Malas noticias; me temo que para llegar a la montaña, esa que entrevemos en el horizonte lejano, primero debemos iniciar el descenso de esta cumbre, por consiguiente, creo que, la expedición nos llevará más de un día.
–Permíteme concretar –expresé–. Calculemos un par de días de viaje. Cuando descendamos ésta, buscaremos un lugar para acampar y crear un enorme fuego y mañana, emprenderemos el ascenso a los inhóspitos cielos.
–Más nos vale alcanzarla antes de que anochezca –manifestó Pedro, con un ademán que manifestaba preocupación–. No me gustaría nada congelarme a la mitad del camino.
–Congenio con Daniel –opinó Ethan–. Yo iba a sugerir un plan similar, sigamos pues.
A paso lento pero constante, por un sendero cubierto de nívea nieve contemplé el panorama detenidamente; para nuestra suerte disfrutábamos de un buen tiempo: sin vientos procelosos, sin lluvias heladas. En efecto, era digno de ver; un sinfín de tonos blancos y grises. ¡Qué majestuosos horizontes de lechosas montañas sembrados de pinos negros muertos de frío! Aquellos inmaculados, aquellos hermosos, pulidos y relucientes paisajes albinos y cenicientos de cuentos de hadas quedaron estampados imperecederamente en mis retinas; tallados por una Diosa del hielo con forma de copos, usando el amor a la naturaleza salvaje en estado puro; pues, es bien sabido entre los grandes eruditos, que ¡no hay paisaje más hermoso que el de un mundo creado para los titanes de las nieves!
Serían sobre las 14:00 horas cuando ya habíamos descendido una buena parte de la montaña; pero de repente, cometimos una errónea actuación que nos costó un disgusto. Para aligerar la marcha, nos confiamos y comenzamos a andar cada vez más rápido; en el instante que nos percatamos de nuestro comportamiento nos encontrábamos corriendo absurdamente por un sendero de nieves resbaladizas. Entonces fue el segundo en el que oí un grito; Pedro resbaló; cayó rodando un buen trecho. Fue muy ameno mirarlo rodar al principio, he de reconocerlo avergonzado, sin embargo, a poco me percaté de que era un asunto bastante grave y fuimos a socorrerle de inmediato.
–¡Rayos y centellas! –gruñó Pedro–. ¡Ah joder… qué dolor! ¡Me he torcido el tobillo!
–¡Maldita sea! –maldecí–. Nos pararemos a comer aquí mismo. Si el dolor persiste, no tendremos otra disyuntiva que volver a la Nieve.
–¡Mira que eres torpe! –sugirió Ethan–. Que remedio; nos detendremos aquí a almorzar; ¡escuchar! Prenderemos una hoguera para calentar tu tobillo, y supongo que eso te calmará la aflicción; más adelante, ya veremos lo que haremos; pero no podemos claudicar tan rápido por el simple accidente de un tonto.
–¡No te pases, tío! –protestó Pedro mientras sentado en el suelo se agarraba la pierna derecha con ambas manos, como intentando calmar el dolor.
–¡Pero si siempre estás igual! –vociferó riéndose Ethan–. Metiendo la pata; podrías tener un poquito más de cuidado.
–Haya paz –intermedié y luego pregunté–; ¿cómo vamos a hacer una hoguera sin madera? ¿Queréis que vaya a buscarla?
–¡No! ¡No!… Quédate aquí con el tontaina éste…, y almorzar algo mientras tanto; yo iré a buscar un árbol…, traeré a la vuelta algo de leña; ¡aih, y las ganas que tengo con el frío que hace! ¡No os mováis de aquí hasta que yo vuelva! ¿Entendido?
–Sí…; te esperaremos…; gracias por ofrecerte, márchate tranquilo –afirmé.
Ethan, estaba resuelto a marcharse, y así lo hizo; desapareció al cabo de cinco minutos, no de muy buen temple, por un sendero rumbo a una colina lejana en la cual, más allá en la lejanía, divisamos árboles reconocidos por unos diminutos tonos negros difusos. Los minutos pasaron, estuvimos esperando sobre una hora. Puesto que Ethan no terminaba de regresar, suscitó en nosotros toda clase de preocupaciones y temores inquietantes; se me pasaron por la cabeza los posibles accidentes que podrían haberle sucedido al pobre hombre: una pierna rota quizás; o tal vez, arrasado por una avalancha. Era aquél un lugar desolado y frío; un paisaje terrible para morir de hipotermia; me encontraba impresionado por la desafortunada situación en la cual nos habíamos introducido. Todo el mundo sabe lo peligroso que es el frío extremo, cómo afecta al cuerpo humano, ya que nos hace percatarnos de lo frágiles que somos; demasiado tarde. Lo mismo sucede con el calor excesivo de la llama; pero en ese mismo instante, lo que anhelábamos era un poco de él, para descongelar nuestros miembros y volver a sentirnos vivos otra vez.
–¿A dónde habrá ido a por la leña? –preguntó Pedro–. Ya casi para nada; ya no me duele a penas.
–Ah, bien, ¿puedes andar? –pregunté.
–Sí, creo que sí, –dijo Pedro mientras se levantaba para comprobarlo–. No me duele; podemos partir.
–Mejor nos quedamos aquí hasta que vuelva.
Cerca de las 16:45 llegó Ethan con la leña, el fiel amigo estaba agotado y se sentó a comer. Mientras yo me puse con la tarea de encender el fuego. Nos dieron las 18:35 antes de reponer las fuerzas necesarias para retomar el viaje. No había otra alternativa que aprovechar el tiempo que nos quedaba del día para buscar un refugio dónde resguardarnos del frío, de la umbrosa noche helada. Nos pusimos en marcha en busca un lugar menos inhóspito, en la medida de lo posible. Llevamos con nosotros los troncos que había traído, para no tener que volver a salir a por más.
–Venir por aquí, –nos indicó Ethan–, he visto una cueva antes; además, hay pinos en sus alrededores por si necesitamos más leña.
Tras media hora recorriendo los alrededores del sendero hacia el noroeste encontramos una caverna bajo una pequeña montaña. Con todo, el recibimiento no fue nada afable, ya que era la morada de unos espeluznantes murciélagos; pero no quedaba otra alternativa, era necesario penetrar en sus entrañas. Una cueva por la cual no se distinguían más que sombras, bañadas por la tenue luz del exterior que se perdía gradualmente. Las rocas, plagadas de hongos; el suelo, húmedo y había numerosos pedruscos de colores grisáceos, que fueron erosionados por el agua. Lo cierto es que unos cuantos de éstos, bailaban en su parte superior haciendo acrobacias de vez en cuando; sin embargo pronto nos acostumbramos a su presencia y supuse que tendrían más miedo ellos, al fin y al cabo los intrusos éramos nosotros.
Así pues, entramos rápidamente, impulsivamente, impulsados por el frío del exterior; en un instante ya nos disponíamos con las manos congeladas a prender una leña. No había trascurrido mucho tiempo, cuando una pequeña llama surgió; nació en el interior de la cueva una luz entre amarilla y naranja, ¡oh fruición infinita! ¡Con qué gozo acerqué yo mi cuerpo a la bendita deidad del fuego! ¡Cuán aliviado me quede yo! La temperatura cambió radicalmente en tres metros en derredor de las confortables llamas; las cuales fueron de lo más vivificantes, hasta el punto que, nos lanzamos sobre el fuego embelesados, rodeando la hoguera en un ritual de reconfortación mística. A partir de ese día siempre portamos un tronco de leña en nuestras mochilas, al igual que un médico portara continuamente encima sus medicinas; o un vagabundo un trozo de pan en sus bolsillos, pues la frialdad deshumanizada puede también acortarte la vida; someter al ser a una gélida agonía.
Faltaba no poco para despuntar el día cuando, mientras cenábamos, el buen Pedro, formuló una interpelación; algo que no me había cuestionado yo antes:
–Daniel, ya sé que es una pregunta tonta pero ¿para qué crees que servirá el hechizo Calentar?
–Pues, déjame un momento que cavile –dije, intentando meditar en ello–, no había pensado en eso, pero, según parece, para calentar cosas, algo así como un fuego; supongo que será uno de restauración; aunque podría ser también de creación según se mire.
–Más bien yo creo que es un hechizo de creación –dio su opinión Ethan–. Porque los de restauración deben reponer el calor perdido y el calor también, a ciertas temperaturas, descompone los objetos haciéndolos líquidos, y obviamente los restaura si hay un peligro de hipotermia, ¿No serían en cierto modo, todos, de creación?
–Sin embargo –Opiné–, aplicando un calor templado a un cuerpo se puede restaurar la temperatura óptima del cuerpo, en ese caso, sería un conjuro también de restauración, según se mire.
–Bueno –dijo Ethan–; pero necesitas crear algún tipo de fuego o energía que caliente, por lo tanto, aunque restaure el calor, sigue siendo de creación; por eso llego a la conclusión de que se trata de un hechizo de creación; el cual, se puede usar para muchas cosas, desde derretir los objetos hasta calentar objetos o quitar frío a un cuerpo. Bueno, voy a dormir un poco.
–A dormir pues, que mañana será un día duro y pasado peor –dije.
–Yo haré la guardia –se ofreció Pedro–. Por mi metedura de pata cometida; descansar tranquilos.
En realidad, nadie hizo guardia aquella noche, porque el indolente Pedro se quedó dormido y no nos avisó para que le reveláramos. Pero bueno, ¿Quién nos hubiera atacado en tan inhóspito lugar?
Dejando a parte la extenuación por un dolor de huesos congelados, dormí de lo más confortable esa noche en la sombría caverna gris junto a la reconfortante hoguera; a pesar de la perturbadora presencia de los murciélagos, restauré mi vitalidad casi por completo, dejándome recuperado de consternaciones.
X
Mientras desayunábamos se me pasaban por la mente una serie de reflexiones sobre el lugar al que nos dirigíamos; es decir, una montaña que destacaba ella ante las demás hermanas; alta como ninguna. Construida por Dioses para Titanes del Hielo; luego, corría la leyenda popular, transmitida de padres a hijos, acerca de un cuento, una fábula la cual no se sabía con seguridad si era verdad o no. Ésta decía: «En las cimas de las montañas más altas viven los Titanes, son hombres gigantes de grandes brazos nervudos, que alcanzan los cuatro metros de altura».
Ninguno fue capaz de confirmar; mas, tampoco desmentir; sin embargo, era obvio que nadie observó uno personalmente o si los vio, probablemente, no sobrevivió para contarlo. Ya que prácticamente nadie se había preocupado de explorar las cimas más altas; por consiguiente, tal como he dicho, no ganaban nada con ascender a tan tremenda altura. ¿Quién en su sano juicio lo hubiera intentado? ¿Qué beneficio habría sacado en ello? No existían costumbres en el Reino de América por emprender nada, si no se ganaba un beneficio concreto. No contaban, aunque sea algo peyorativo, con un sentimiento aventurero en el interior de sus corazones. Nos guste o no, así eran la mayoría; la prudencia y la conveniencia predominaban.
Después de finalizar el desayuno, muy próximo, no recuerdo la hora exacta, reanudamos el descenso de la montaña de Nieve, recorriendo varias sendas, que se creía que fueron surgidas fruto de la erosión pulida por las aguas de las lluvias a lo largo de miles de millones de años. Esta vez, teniendo el mayor cuidado posible y tomando las precauciones que estuvieron a nuestro alcance. Bajamos gradualmente, mirando nuestros pies para vigilar en dónde pisábamos. A veces, la nieve nos llegaba hasta las rodillas y nos costaba recorrer las pendientes de algunas pequeñas hondonadas. En otras ocasiones, resbalábamos y caíamos al suelo, sin sufrir pormenores graves. Tras bajar por innumerables senderos, sobre las 13:00 horas, llegamos a la llanura que ponía fin a esta gran cumbre. Más adelante, giramos hacia el norte, por ciertos valles y pastos solapados de nívea nevisca, bordeando determinados promontorios y franqueando una serie de quebradas y escalando pequeños terraplenes continuamos avanzando como nos fue heladamente permisible.
En un momento del recorrido, contemplamos en el horizonte lejano, a medio kilómetro, el deslumbrante esplendor de la cima; majestuosa ella; alta como ninguna. Un pico blanco entre vaho, salpicado de rocas grises y negras. El PUOX indicaba que era la dirección correcta sirviéndose de una flecha dibujada, indicando la distancia que quedaba rumbo al septentrión: unos 21743 metros, poco más, o menos. Proseguimos caminando, ahora, con no poco ímpetu y celeridad; mas tampoco sentíamos apremio.
–¡Abrir bien vuestros ojos y mirar, contemplar la magnanimidad de la montaña! –les dije.
–Sí; muy bonita –contestó Pedro–. A mí personalmente, me aterra la idea de intentar escalar esa monstruosidad…, mira; se pierde el pico entre las nubes.
–No hay duda de que es todo un reto –expresé–, que puede costarnos la vida, si no tomamos las precauciones necesarias. Podéis quedaros abajo, si queréis; puedo subir solo.
–Entonces moriremos de hipotermia juntos –expresó Ethan–. Estamos en esto juntos; para lo bueno y para lo malo; nosotros también necesitamos vengarnos.
Era evidente que no podía quejarme de la fidelidad que manifestaban, por lo tanto, era cumplidamente consciente de la suerte que tenía; del apoyo con el cual contaba; pues, otros en su lugar ya habrían claudicado. No obstante, ellos no; Ethan y Pedro estaban siempre ahí, al pie del cañón, luchando, cooperando por un inextricable proyecto común.
Eran las 14:00 en el segundo que miré mi PUOX; no tardé en pulsar la tecla “verde claro” para activar el termómetro; indicó en la pequeña pantalla de 60×60 milímetros la temperatura: hacia 5 grados en la planicie. La tierra por la cual nos desplazábamos era una pradera de pastos situada entre montañas, decorada por la naturaleza con hierbas, campos solapados ligeramente y parcialmente de nieve difuminada por aquí y allá; sembrados de numerosos pinos, acompañados con algunas matas, flores amarillas y violetas, bañaban el terreno de colores llamativos en contraste con los verdosos y cetrinos de los forrajes diversos. Faltaba poco para almorzar cuando llegamos a un terraplén donde había una gran familia de matorrales de zarzamora extendida por la fértil cañada; estos son unos frutos carnosos negros muy sabrosos denominados género rubus y frambuesas.
–Mirar, –indicó Ethan señalando a una zarza–. Aquí tenemos un arbusto de frambuesas; es una lástima que estén verdes todavía; no maduraran hasta llegado el calor…, ahí tenéis uno de Zarzamoras.
–Sí… –opinó Pedro–. Nunca supe de una zarzamora que tuviera fruta en los albores de la primavera.
Al cabo de una hora de caminata paramos a almorzar en el interior de una gran concavidad, cerca de un árbol, un lozano y frondoso aliso. Nuestra comida fue un simple bocadillo de atuntrucha y una manzana para cada uno, compradas en una frutería de nieve, a la cual suministraban frutas y verduras, a diario, los comerciantes habituales procedentes de aldeas cercanas.
Proseguimos viajando a marcha ligera; no ocurrió nada más digno de mención hasta que llegamos sobre las 18:00 al pie de la montaña donde acampamos para descansar lo necesario y apropiado.
Al día siguiente, 30 de marzo, comenzamos la subida a la montaña. Primeramente, iniciamos un rodeo para encontrar un sendero que nos permitiera iniciar el enervante ascenso rumbo a los cielos.
Tras ascender durante varias horas, eran sobre las 12:00 cuando hacía -28 grados. A las 13:00, ya marcaba -37 grados y la presión atmosférica, transformada, indicaba que estábamos a 2700 metros de altura. A las 13:46 paramos para comer con las manos congeladas y el almuerzo fue de lo más extraño, no podíamos sentarnos ya que estaba todo cubierto de nieve, la cual no llegaba hasta las rodillas. ¡Qué malestar! Con la frialdad extrema se tornan insoportables los paisajes más bellos; faltaba poco para morir congelados; debíamos retomar la marcha sin demoras.
Sobre las 14:45 retomamos el ascenso por una cumbre empinada. Las rocas se acumulaban obstaculizando el avance; era menester buscar disyuntivas, esquivándolas; sentí vértigo y un miedo feroz se apoderó de mí por unos momentos, teníamos ante nosotros un horizonte plagado de nubes, las cuales mirábamos desde arriba tiritando. A las 17:45 horas pisábamos con los pies helados; nos encontrábamos a unos 3200 metros de altura y una temperatura de -42 grados centígrados; el frío se colaba por toda la ropa que llevábamos. El abrigo no servía de nada ya; se convirtió en un trozo de tela congelada.
A las 19:30, por ciertos auspicios y señales me pareció que el crepúsculo diario comenzaba a manifestarse y empezó a bajar radicalmente la temperatura hasta unos preocupantes -55 grados; entonces, la baja temperatura se tornaba insoportable hasta el punto que el ambiente se volvía peligrosamente inhóspito; no era un lugar adecuado para la vida, o al menos para un ser humano acostumbrado a las calientes chimeneas. Minutos después, Pedro comenzó a tiritar de una forma preocupante; si continuaba empeorando podría sufrir una hipotermia, y así, de esta manera tan trágica, dolorosa y triste, poner en riesgo su vida; parecía decirse a sí mismo, «me muero».
–Aguanta, Pedro –dijo Ethan–. Ya casi hemos llegado.
Media hora después llegamos a la cima de la montaña. El PUOX indicaba que nos encontrábamos cerca del objetivo. Quedaban, tan sólo, 90 metros cuando Pedro se desmoronó sobre el terreno helado.
–Daniel, ¡date prisa! ¡Vuela! Tienes que conseguir el hechizo, si es verdad que calienta, podrás salvar la vida a Pedro; corre hacia el lugar; yo me quedaré aquí con él. Aguanta Pedro; te encenderé la leña que porto en la mochila, espera…, aquí está… te calmará…, ya verás.
En medio de tamaña situación empecé a correr hacia el punto indicado, mientras contemplaba la brújula de mi PUOX para no perder el rumbo, dando grandes zancadas con una vitalidad que nunca entendí de dónde salió, pues me encontraba en las últimas. A veces, el cuerpo humano, es sorprendente, cuando crees que estás acabado, súbitamente surge una llama dentro de ti y de ella prende la energía de nuevo con más fuerza; por un último intento impulsivo de salvar tu vida.
Esquivando rocas de nieve mientras mis huesos se quejaban; roido interior mente por colmillos de hielo, mis articulaciones chirriaban. Al final llegué por fin al punto concreto y de repente el PUOX se activó; emitió un sonido muy fuerte, como el de un águila, proyectó unas letras de luces celestes sobre la nieve usando la tecnología que con algunos raros halos, escribía sobre la superficie unas consonantes y vocales de nuestra lengua; la frase decía:
“SO-LIN-KA-NUN OR-GO-TU-NIN ZO-UN”
Sea como quiera, abrí mi libreta de anotaciones y anoté las letras para después memorizarlas cuando dispusiera un poco de tiempo. Al cabo de un instante me propuse probar el hechizo con Pedro y en ese momento se me pasaron por la cabeza una sarta de temores: «si este artefacto no funciona moriríamos, todos, uno a uno.» Con todo, corrí hacia mis amigos, y cuando llegué, solté la mochila en el suelo, me acerqué a Pedro y dije:
–Ya lo tengo, voy a intentarlo.
–Adelante hazlo –rogó Pedro–. Estoy muy mal, mira cómo tiemblo.
Dije gritando con todas mis fuerzas, con las manos levantadas estúpidamente como invocando a un Dios:
–¡SO LIN KA NUN OR GO TU NIN ZO UN!
El PUOX emitió un sonido tan parecido como a una pequeña explosión. Mi marca de nacimiento, de la palma de mi mano izquierda se encendió con una luz solar interior, destellos mezclados entre amarillos y naranjas de tal manera si un pequeño sol encerrado en lo más profundo de mi ser estuviera naciendo en mi interior; Entonces fue cuando, y lo recuerdo muy bien, toqué a Pedro con mi mano izquierda y apreté con todas mis fuerzas agarrando una de sus manos. Mágicamente pudimos comprobar la notable recuperación de Pedro; según manifestó él, había funcionado.
En pocos segundos notó un calor desmesurado por todo su cuerpo, pero que no quemaba, que lo descongeló mágicamente; al cabo de unos minutos, se recuperó completamente. La nieve cercana a nosotros se derritió. Su ropa se secó y volvía abrigar. Esto era magia, ¿o era tecnología? Según se mire; pero si analizáramos detenidamente la tecnología que lo hace posible, comprenderíamos que en realidad, la magia, al igual que la ilusionista de un prestidigitador, tan sólo es una bonita ilusión. ¿De dónde provenía la energía que salía de mi mano? Nunca llegué a saberlo, ni comprenderlo. Pero lo usé siempre que pude, al igual que un soldado de una sociedad avanzada, usa su fusil laser, aunque no lo haya fabricado él personalmente.
–¡Gracias, te debo una! –expresó Pedro conmovido.
–Te dije que te quedaras abajo… pero eres un cabezón.
–¿Puedes usarlo conmigo? –preguntó Ethan, el cual se encontraba tiritando de frío.
–Lo intentaré; el PUOX indica que este hechizo gasta tan sólo un 5% de energía; puedo volver a hacerlo varias veces, cuando bajemos y será menos desagradable la vuelta a Nieve: ¡SO LIN KA NUN OR GO TU NIN ZO UN!
Al tocar la mano derecha de Ethan, un calor por todo su cuerpo lo descongeló, igualmente, en cinco segundos. Al cabo de un minuto, se recuperó íntegramente, su ropa se secó y volvía abrigar como debía. Por último, usé el hechizo conmigo mismo y recuperé el calor de mis miembros, sentí el calor renacer por mis venas, tanto más profundo cuanto que en mi interior surgió la llama; por mi piel, calor sentí, como si me hubieran colocado cuatro chimeneas entorno a mí, y mis huesos se descongelaron. Era un simple hechizo; pero tremendamente útil; y ya vería más adelante en qué más podría aprovechar esta fabulosa tecnología alienígena.
–Es increíble Daniel –expresó Pedro–. Realmente increíble, el poder de la magia; el poder de esta tectología; lamentablemente el uso es limitado, ¿no? Entonces…, puedes usarlo 19 veces más.
–Yo también estoy muy impresionado, pero…, no pienso que sea yo el artífice…, más bien creo que es la tecnología alienígena; 19 veces, sí; luego habría que esperar a que se recargara la batería.
–Sí, pero reacciona junto con tu cuerpo –opinó Ethan–. Eso quiere decir que tu ADN es diferente. ¿No se dice así? ¿ADN?
–Sí, eso dijo Cleopatra –aclaré.
–¿Cuánto tarda en recargarse? –preguntó Pedro.
–Por lo que estoy apreciando; se está recargando a un 1% por minuto.
–Eso quiere decir –dedujo Ethan– que en quince minutos se habrá recargado lo que has gastado ahora usándolo tres veces. Entonces, podrás usarlo un par veces por hora sin gastar demasiado la batería cuando bajemos.
–¿Has mirado si ha activado el PUOX otro destino? –preguntó Pedro emocionado.
–Qué raro…; ha empezado una cuenta atrás de 80 días; ¿Cleo…, estás ahí?
–Sí, hola Daniel –Surgió la voz femenina a través del PUOX como iba siendo habitual.
–¿Serías tan amable de explicarme por qué motivo ha empezado una cuenta atrás en lugar de marcar el destino del siguiente hechizo?
–He hablado con él…; lo ha decidido así…, es el tiempo que necesitas para llegar hasta él…, cuando llegues a dónde yo me encuentro, te llevaré a ver al Loturanu. De esta manera te familiarizarás con tus nuevas tareas.
–Bien, ¿me puedes explicar cómo puedo llegar hasta ti? –pregunté.
–Primero vuelve a Denver; cuando llegues…, te daré más indicaciones oportunas.
–Entendido –respondí–; volvemos y de paso compraré una casa. Por lo menos, unos cuantos días podré descansar en mi nueva morada.
–Solamente necesitarás llegar a mí una vez; en cuanto nos veamos te daré un par de artefactos de tecnología loturanu que te permitirá teletransportarte directamente a tu nueva casa, desde mi lugar y también te permitirá volver hacia mí; es necesario ya que no es fácil, el camino es muy largo y puede que peligroso para recorrerlo varias veces.
–¡Qué cosas más increíbles inventan estos alienígenas! –expresó Pedro–. Si no lo veo, no lo creo…, ¡estoy soñando! ¡No puede ser verdad! ¿Cómo puede teletrans…, una persona?
–Mis creadores, los Loturanus, lo crearon hace mucho tiempo atrás para ahorrar tiempo en los viajes de vuelta de un planeta a una nave espacial; aunque sólo funciona a cortas distancias; es decir, por ejemplo dentro de un sistema solar y hace falta que una de las personas que se van a teletransportar cuente con el artefacto colocado en uno de sus dedos. En cierta manera, es la misma tecnología que ellos usan en sus naves espaciales para viajar mucho más rápido que la velocidad de la luz. Él quiere verte Daniel, quiere entregarte en persona otro regalo. Yo voy a llevarte a donde está; y ya veremos…, más adelante cuál será tu próximo destino; si se trata de una misión o un programa de aprendizaje.
–¿Dónde vive es Loturanus?, ¿fuera de el Mundo Conocido? –pregunté.
–Sí…, claro…, aparte de los muchos lugares que han colonizado, ellos provienen de una galaxia cercana a la Vía Láctea: Andrómeda; aun así, aunque sea la más próxima, es demasiado lejano para que consigan llegar cualquier alienígena menos avanzados que ellos. De hecho, no existe en la actualidad, en la esta galaxia, especie con la tecnología necesaria para crear una nave espacial suficientemente rápida que les permita atravesar el espacio intergaláctico. Ellos tienen una base, un observatorio y centro de control de su programa de justicia galáctica, situado en la Luna; allí conocerás a Sunarenón Orturuz Zameno Cuncuan…, su nombre completo es exorbitantemente extenso para pronunciarlo ahora; es el Loturanu, destinado a proteger el sistema solar, aquél que te ayudó a escapar de la muerte, te envió la carta y te regaló el PUOX. Me ha comunicado que ya estás preparado para poder salir del Mundo Conocido, por primera vez.
–¿No Puede hablar conmigo, él personalmente, a través del PUOX?
–Por capacidad, es capaz incluso de hablarte telepáticamente; pero…, ahora ha tomado la determinación de que resulta más conveniente mantenerse al margen…, por ahora; sus motivos tendrá para ello.
–Iremos a Denver, pero primero volveremos a Nieve a recoger a nuestros caballos –sugirió Athan–. ¿No te parece necesario, Daniel?
–Estoy de acuerdo –dije–. Acampemos aquí esta noche, mañana emprenderemos la vuelta. Cuando sintáis frío, sólo tenéis que llamarme y os ayudare con este hechizo.
–No es necesario que actúes de esa manera, Daniel –comunicó Cleo– puedes usar el hechizo Calentar de muchas maneras; hacer una cosa…, cuando tengáis el campamento listo, coloca la palma de tu mano izquierda sobre el suelo, y asegúrate de que lo palmes con la mano…, entonces…, usa el hechizo dos veces seguidas…, ve al extremo opuesto del campamento y haz lo mismo y se creará como un terreno climatizado en derredor de estas marcas mágicas. Por supuesto la nieve se derretirá y podréis dormir tranquilos.
–¿Cuánto durará el hechizo? –pregunté.
–Eso depende la temperaturá del ambiente…, necesitarás experimentar personalmente…, en un proceso de aprendizaje, puedes usarlo…, tontamente para calentar la comida o ingeniosamente para salvar tu vida.
–Mirar, ¡era cierto! –gritó Pedro; que señalaba algo con la mano derecha.
En la penumbra de la noche, encima de una loma nevada, oculto en la oscuridad casi absoluta, bañado sobre un manto de estrellas y una media Luna, se podía distinguir los huesos fósiles del cadáver de un gigante de las nieves, de proporciones no humanas, de una altura de cuatro metros, aproximadamente. Por primera vez, quedó demostrado que la leyenda era cierta, pues, existían como cantan las canciones:
«En las altas montañas nevadas; sobre tierras congeladas; habitan los titanes de las nieves heladas; hasta cuatro metros alcanzan y no abandonan sus inhóspitas moradas; reuniendo a los humanos al igual que las hadas; pues los detestan por su debilidades manifestadas.»
Esa noche montamos la tienda de campaña que llevaba empaquetada Ethan y dormimos en su interior con la ropa puesta. El frío no nos resultó tan molesto gracias el escudo climatizador del hechizo Calentar.
Nuevamente, haré un resumen de los días siguientes de viaje hacia nuestro nuevo destino:
Día 31 de marzo. Nos llevó, en su totalidad, para descender la tortuosa montaña de los titanes de las nieves, pues, así fue como la bautizamos. Debo subrayar que el descenso se nos hizo menos perjudicial para la salud gracias al hechizo Calentar. Tras unas siete horas bajando por senderos congelados y esquivando rocas escondidas debajo de la nieve espumosa. Afortunadamente el viento helado no cortó nuestras mejillas tal cuál un cuchillo de untar mantequilla lanzado por una esposa airada. Al llegar a la llanura sobre las 20:00 horas descansamos hasta el día siguiente, haciendo una hoguera y celebrando nuestra vuelta, por haber salido íntegros, con una espléndida cena con todo lo que teníamos empaquetado.
Día 1 de abril. Recorrimos el mismo camino de prados y pinos sembrados de verde y blanca nieve, caminando en dirección norte hasta las 14:00, cuando empezamos el ascenso de la montaña de Nieve y llegando a ella sobre las 3:00 del día 2 de abril.
Día 2 de abril. Fue un día de descanso y despreocupación para mejorar el estado de ánimo y poder disfrutar un poco de las peculiaridades de la aldea, por última vez.
Del 3 al 7 de abril. Emprendimos el retorno hacia Denver junto con nuestros caballos entrando por la puerta del noreste de la Capital el día 7 de abril cerca de las 18:53. Tras llegar, lo primero que hicimos fue ir a la posada la Noche a descansar de este agotador día.
El día 8 de abril. Lo dedicamos a explorar por las concurridas calles de la ciudad, recorriendo varios distritos de clase media, a fin de localizar alguna casa a la venta. Nos llevó todo él para encontrar lo concebido en mi mente; una casa con dos plantas, de 90 metros cuadrados por planta; cinco dormitorios, cuatro de ellos situados en el piso superior y en la planta baja, un dormitorio, un cuarto de baño, una pequeña cocina y un reconfortante salón comedor con chimenea; incluso contaba, en el patio, con un pequeño establo para guarecer cuatro animales. Localizada en el distrito triangular de clase media más meridional; es decir el que estaba adyacente al barrio de los millonarios. En éste se localizaba junto a la calle Mayor la posada la Noche. Asimismo, también, el portón sur por el cual entré por primera vez en Denver.
Puesto que tenía que sobrevivir en este mundo de locos y habían anunciado un precio por mi cabeza; no sabiendo qué otra cosa hacer, la registré con mi huella dactilar a nombre de un tal Ulises CVII: mi nombre inventado. Me parece que no estaría de más hablar de los nombres identificativos que usábamos en el Reino de América. A cada humano se le había concedido uno, junto con su número identificativo; y es más, no necesitábamos de apellidos, pues, el número de habitantes era reducido. En cierta medida, además, disponíamos de suficientes para todos, inventados hace mucho por nuestros antepasados procedentes de diferentes naciones y culturas; entonces, aunque parezca inverosímil, el nombre lo registraron, vete a saber cuándo, de alguna manera misteriosa, como iba siendo habitual, con mi huella dactilar en la base de datos de la Guardia Real, y me fue facilitado por los Loturanus a fin de poder ocultarme de mis perseguidores. En la carta me indicaron el apodo que me habían asignado; ¡Oh Ulises! ¡El legendario héroe de la Odisea, del ya olvidado Homero por la humanidad! De cuya erudición ya tengo noticias, gracias a una biblioteca de la cual hablaré más adelante.
Dejando a un lado la necesidad de mi anonimato, pasemos a relatar dónde se encontraba situada mi nueva morada; concretamente se asentaba en el sureste de este sector, justo en una esquina. Al este, al lado del muro recóndito, ese que separaba las zonas de clase media; y al sur, el murallón de enormes dimensiones que dejaba al margen el mundo exterior de lo que allí acontecía. Me atrajo de ella tanto su interior acogedor al igual que por su discreción, ya que, en frente convergía con una vía menguadamente transitada, paralela a la fortificación del exterior; por consiguiente bastante discreta. Como vecinos, saliendo de la casa, a la izquierda se asentaba un almacén de conservas, propiedad de George CXXIII, un hombre muy afable. En cambio, es sabido que nada es perfecto en esta vida; a la derecha se hallaba un taller de confección en el cual se manufacturaban calcetines, al estilo antiguo y tradicional.
Alina era la dueña de aquella manufactura. Debo adelantar sobre ella que siendo una señora de 181 años, un ápice desagradable, entrometida, sumamente cotilla y desconfiada; no creo que importe que adelante que llegó a convertirse un problema, ya que intentaba indagar; irracionalmente conspira paranoica; intuía que algo ignominioso ocultábamos.
Se la veía a veces merodeando por los alrededores de mi residencia, con un par de agudos oídos apuntando hacia una venta abierta de mi blanca fachada. Puesto que me preocupaba en grado sumo su conducta; en una ocasión, tuve la oportunidad de espiarla, gracias a la arrobadora tecnología del PUOX. Paso a relataros con exactitud la jocosa conversación que mantuvo en una ocasión con una empleada de su pequeña fábrica: «Tenga la seguridad de que asuntos turbios acontecen en esa casa…, oh…, Katsumi, esos chicos, con sus extraños conciliábulos traman fines controvertidos, ilegales; te lo digo yo, Katzumi, que tengo una gran intuición femenina; se oyen susurros y me resulta extraño…, no es natural…, y nos traerán problemas…, te lo digo yo; y verás cuando se entere la Guardia…, ¡oh…! Suspiro porque no nos involucren a nosotras».
¿Quién se creía ser ella para juzgarme? Mi destino me arrastró, sin haber hecho yo nada para merecerlo, a un sinfín de situaciones insólitas; y así pudiera contemplar aquello que ningún humano había contemplado jamás; sentir bellísimas sensaciones visuales y sonoras; de lo que es capaz de crear la naturaleza con el paso del tiempo, movida por una energía con una inteligencia incognoscible, uniendo sus elementos en espléndidas formas y colores: orgánicas, gaseosas, metálicas, líquidas y otros millones de composiciones moleculares no catalogadas por la raza humana.
También, trágicamente, el azar se empeñó que experimentara: el miedo, la desesperación, la humillación, la aprensión, la cólera descontrolada y el sentimiento de odio desmesurado para dar paso a un anhelo terrible de desquite; por ésto, la inevitable responsabilidad de poner un orden razonable, de imponerse ante la tiranía, neutralizar el caos, en la medida de lo posible, en un universo frío, descontrolado y salvaje.
Todo aquello me dejó hechizado: la desmesurada galaxia y sus innumerables estrellas inexploradas en un espacio infinito y sin fin; y en un movimiento constante, desde sus planetas, hasta sus galaxias en sus increíbles dobles desplazamientos: éstas, se creé, girando sobre su centros gravitacionales y a su vez, desplazándose todas a una velocidad inusitada por el espacio, movidas por la fuerza expansionista de una antigua explosión, conocida y olvidada en la Tierra como Big Bang.
He aquí una cuantas reflexiones mías: ¿en qué grado los sabios primitivos de la Humanidad, antes incluso del descubrimiento de las Américas, podrían haber imaginado de la presencia de un cosmos de semejantes proporciones? ¿De qué manera los seres marinos podrían haber comprendido a cerca de la existencia siquiera del planeta Tierra en las umbrosas profundidades del océano? ¿Cuántas especies inteligentes viven exclusivamente en océanos del universo, sin tener conciencia de la existencia de algo infinitamente mayor? ¿Cuántos hombres en las eras primitivas habrían imaginado la existencia de la magnanimidad del espacio?; La simple posibilidad de que comprendieran lo pequeños que eran (en un universo infinitamente grande y plagado de estrellas, con sus miles de millones de planetas) los habría dejado indefectiblemente fascinados.
Después de un suculento desayuno en mi nueva casa, empleamos el día para hacer las compras necesarias en Denver; así obtuvimos todo lo necesario para volver a empezar, esta vez en dirección, ni más ni menos que a la lejana Luna. Cualquiera se preguntaría cómo preparar un equipaje para semejante destino, y así lo hicimos nosotros; no obstante, al final del día, una vez ya lo teníamos todo preparado: la comida y el equipo. Entonces, invoqué a la androide con vehemencia:
–Cleo ¿Estás ahí? –dije mientras miraba el PUOX.
–Sí, Daniel, ¿qué necesitas? –preguntó la seductora voz–.
–Ya hemos llegado a Denver…, estamos preparados para emprender el viaje hacia donde te encuentras; por lo tanto, necesitamos las indicaciones prometidas anteriormente.
–Viajar hacia el suroeste, concretamente hacia la ciudad de Colorado, que se encuentra en los márgenes del Reino de América. Después, cuando lleguéis, debéis dirigiros hacia el oeste y entrar en la Tierras Salvajes; más allá, en las tierras salvajes, deberéis encontrar una cueva bajo unas montañas. Tendréis que introduciros en el interior de la caverna y buscar el camino de las profundidades que conduce hacia la salida en el oeste, ese camino que os permitirá llegar en un momento, al exterior de el Mundo Conocido: la tierra salvaje en estado puro. Una vez salgáis, ya seréis libres y yo os recogeré a la salida.
–No esperaba que se encontrara tan lejos y fuera todo tan complicado –comuniqué.
–No cabe duda, son muchos días de viaje –opinó Ethan, acompañado de un ademán meditabundo–. Sugiero que partamos mañana mismo.
–Yo me encuentro preparado y con muchas ganas de viajar –expresó Pedro–; por mi parte no oiréis ninguna queja.
–Permitirme un consejo. Cuando lleguéis a Colorado –aclaró Cleo–, debéis de subir a la Academia de los Guardias Reales e ingresar en ella. con el fin de aprender defensa personal. No estaría mal que os enseñaran a luchar, lo necesitaréis; el camino, será muy peligroso. Más adelante cuando os sintáis preparados podéis desertar y proseguir el viaje hacia el oeste. Es importante; tenéis que estar preparados, porque no será fácil llegar a mí, la tierra es hostil desde hace 2300 años.
– ¿Qué pasó hace 2300 años? –pregunté.
–Los Bornus tenían a la Tierra como un destino turístico, no ya como planeta para habitar. Cuando los Bornus se volvieron violentos y xenófobos, dejando a la especie humana como muy inferior, a la cual empezaron a repugnar, por lo débiles que eran. Hace 2300 años fue, cuando fueron expulsados del sistema solar, y dejaron a los pocos humanos que quedaron en la tierra, los cuales los habían encerrado en guetos como el de Colorado, entonces se complicó todo porque los parques temáticos (como por ejemplo Planta Dinosaurio, que al ser estos abandonados, tuvieron fugas de sus instalaciones pasado un tiempo, dejando escapar a las criaturas creadas por la ciencia, como dinosaurios resucitados y criaturas extraterrestres. Los Dioses, es decir, los Loturanus, para protegeros de la amenaza de las bestias, os encerraron con un hechizo que no permitía salir ni entrar a ninguna criatura.
–Todo eso es muy interesante –Opiné, conmovido–; seguiremos hablando en otro momento. En un principio, si todo va bien, partiremos mañana de madrugada.
–Buena idea, estaremos en contacto.
El día 10 de abril partimos a las 5:00 horas abandonando la Capital a caballo, atravesando la puerta sur.
El día 18 de abril: entramos a la llanura de Colorado. Mis miradas observaron un paisaje de tonos verdes y azules, gracias a una luz matutina solar que iluminaba la extensa llanura con una profunda intensidad. El cuadro, compuesto de una flora formada por forrajes, matorrales, flores amarillas y violetas. En la lejanía se lograba divisar, algo borroso y distante, aún, un promontorio muy alto, como un cerro.
No era un lugar para comerciantes; ni era una ciudad para visitantes, ni para agricultores ni ganaderos. No. La vida de Colorado no era agradable. La mayoría de sus habitantes trabajaban para la Guardia Real, su trabajo consistía en vigilar las fronteras del Reino de América, en el oeste, para repeler cualquier criatura o salvaje procedente de las Tierras Salvajes.
Colorado: una urbe poco usual, una ciudad de valientes guerreros, una colina de vigilantes audaces. Vivían allí unos 3000 habitantes, habitantes de una de las seis ciudades. Ciudad construida sobre una enorme colina verde muy alta ella, de casas con fachadas blancas y tejados rojos, rodeando una única calle circular que subía en espiral rodeando la colina, desde la puerta hasta la cima donde se encontraba la famosa Academia Militar del Oeste.
Debo añadir que la ciudad se hallaba rodeada por una muralla de tres metros de altura, con una sola puerta enorme de tres metros de altura, la cual permanecía abierta de día y cerrada de noche. Su entrada miraba hacia el oeste, vigilante, en dirección a Las Tierras Salvajes.
El baluarte estaba residido mayoritariamente por guardias y su prole. Las viviendas construidas a más altura, estaban reservadas para los guardias de mayor rango y los alumnos residían en la academia, la cual pagaban como una escuela privada. Así es que era como un enorme cono avizor en los márgenes del mundo civilizado.
Últimamente, la principal preocupación del destacamento situado en el oeste, no era los salvajes caníbales de más allá de los límites; ni eran los temidos lobos gigantes que moraban en los grandes bosques de las Tierras Salvajes. No. Se trataba de unas pequeñas criaturas, unos pequeños dinosaurios, llamados Compsognathus, carnívoros y carroñeros que, a diferencia de los lobos, sí atacaban a los humanos con el fin de comérselos. Agredían a sus presas en grandes grupos. Los cuales, yo suponía que habían entrado al Mundo Conocido por la cueva, atravesando el camino de las profundidades; la única entrada o la salida al mundo exterior.
Conocí su nombre científico mucho después cuando Cleo me lo especificó; son unas criaturas de una especie de dinosaurio extinguidos hace millones de años; pero la ingeniería genética hizo posible la resurrección de este animal, pues, fue antaño, el planeta Tierra, tan sólo un enorme parque temático y museo de historia que visitaban los Bornus, venían antaño de otros planetas como turistas y se exponían las especies extinguidas hace unos 530 millones de años, no sólo dinosaurios, en 3000 años de duro trabajo y negocio con los parques, ya habían resucitado a la mayoría de las especies extinguidas de todas las épocas para su exhibición y ahora la tierra se encontraba plagada de ellas entre las ruinas de las últimas ciudades futuristas de los humanos y los bornus ¿Cómo consiguieron el ADN de estas especies os preguntaréis? Según me contó Cleopatra, en circunstancias normales, el ADN no es capaz de resistir más de 8 millones de años.
De modo que los animales extinguidos fueron recreados con ingeniería genética avanzada, usando como base, ADN de otras especies; por ejemplo, para revivir a una especie de dinosaurio en concreto, usaron ADN de un Ave y luego se les dio forma y tamaño a sus extremidades. ¿Eran exactamente iguales a los originales? Eso nunca lo sabremos, pues, quedando sólo los fósiles, tampoco se podía averiguar de qué color exacto tenían la piel en algunos casos. Fueron algunas veces representados con colores inventados por sus descubridores.
En el momento que subimos por el pasadizo, el horizonte fue realmente flamante, ya que no siempre se veía una urbe con semejantes proporciones e imágenes. La vía zigzagueaba entre casas blancas como una anaconda, y se torcía hacia arriba rodeando el cono coloso del majestuoso altozano, altozano el cual nos llevó recorrer hasta la academia diez minutos, diez minutos subiendo lentamente y descasando de vez en cuando, cuando al final del camino, se encontraba allí, sobre una enorme plaza cuadrada, la academia de la Guardia Real del suroeste: un edificio rectangular con tres plantas. Un enorme portón de madera, situado en el centro de la fachada nos atrajo. En el vestíbulo se encontraba la sala de recepción. Pudimos ver a una recepcionista sentada cerca de una mesa y frente a una estantería de madera; una mujer bastante vieja. Se hallaba allí, encorvada, sobre una silla de pino, la cual, parecía meditabunda, hasta el momento en que se percató de nuestra llegada, cambiando su gesto indolente, por una tierna sonrisa de bienvenida: ¿qué desean?
El día 20 de abril: Aleksei CXII, nuestro instructor, cuya erudición en educación física era en gran medida ladina, nos hizo conocer su opinión sobre nuestro lamentable estado, y no se le ocurrió otra manera de remediarlo que enviándonos a la llanura. Nos ordenó pues, bajar corriendo hasta la puerta de la ciudad. Una vez allí, nos dio instrucciones: nos impuso trecientas flexiones contra el suelo. Luego, más tarde nos ordenó que subiéramos nuevamente. En el momento que llegamos a la academia ya me encontraba sudoroso, agotado, cuando para mi sorpresa nos solicitó volver a descender y repetir las flexiones, otras 300. Me quejé al entrenador, le hice saber lo indolente que me sentía y que en mi juicio personal era demasiado esfuerzo para unos jóvenes debilitados por un reciente viaje.
–Eres un blandengue Ulises –espetó Aleksei, acompañado de un violento gesto despectivo–, la Guardia Real no es lugar para pusilánimes, ni niños de mamá…, si no eres capaz de soportar el entrenamiento intensivo, acorde a los tiempos duros que vivimos, ahí tienes la puerta. He entrenado a muchos mozos a lo largo de mi vida; y la mitad no llegan ni a las primeras semanas: o enferman, o desaparecen y no se les vuelve a ver un pelo en la región –Aleksei, de dos metros de altura y nervudo como un toro, se me aproximó y agarrándome fuertemente de un brazo me gritó–, ¡mírate! ¡Qué pena das! Lo canijo que estás, ¡por Seleno bendito! ¡Si pareces un espantapájaros! No aguantarías ni un solo golpe de un salvaje; con su enorme hacha te lanzaría hacía arriba como a una mosca cojonera y al caer se te quebrarían los huesos en mil pedazos –se giró para mirar al grupo: unos doce novatos que empezaron las clases esta semana–, ¡escuchar atentamente! A partir de ahora deberéis comer más para ganar masa muscular, es menester que ganéis más peso si deseáis sobrevivir ahí afuera, cerca de las fronteras del Reino. La semana que viene iremos a allí…, quizás podáis combatir con alguna alimaña, de esos reptiles verduscos chupa sangres toca cojones…, te aseguro Ulises que no tienen compasión…, ni siquiera de los espantapájaros.
–Sacaré fuerzas de donde sea, entienda usted caballero, que nunca había hecho una flexión en mi vida; no se trata de que sea flojo sino que creo que la intensidad debería ser aumentada paulatin…
–Y eso haremos, será aumentado gradualmente; mañana bajaréis y subiréis tres veces y haréis trescientas diez flexiones, ¿entendido Ulises? ¿O tengo que expulsarte de la Academia? Si lo necesitas: come por dos, duerme doce horas, pero os exigiré que completéis el adiestramiento, de lo contrario os daré una patada en el culo y no volveréis a pisar una academia Real en la vida. ¿Entendido?
–¡Sí señor! No volverá a oírme una queja –dijo uno.
– ¡Bien! Así me gusta, esa es la actitud que quiero en mi grupo. Os convertiré en grandes caballeros; pero primero debéis esforzaros, poner los cojones sobre la mesa.
–Gracias señor –contestó Ethan–, perdone a mi amigo, simplemente nunca habían hecho ejercicios.
–Bien, entiendo, ha trabajado como espantapájaros hasta hora, lo entiendo…, ¡ja, ja, ja! –se mofó Aleksei, al mismo tiempo que se acariciaba la barbilla con la mano derecha–. Comprendo perfectamente por lo que estáis pasando, no obstante, los ejercicios deben ser agudos a fin de que os habituéis a la cruda realidad de la naturaleza salvaje: una puta asesina de masas; es una seleccionadora de recios especímenes, dignos de seguir transmitiendo su condenada sangre.
Tras soportar esta pequeña admonición volvimos a descender corriendo hasta el portón de la entrada y una vez llegamos a la llanura, nuevamente, realizamos las demoledoras trescientas flexiones. Al cabo de las doscientas flexiones, el dolor que sentía atravesaba todas mis entrañas, hasta el punto que llegué a padecer un mareo. Pedro se encontraba copiosamente peor que yo, cuando en un momento imprevisto, vomitó sobre la hierba. De repente sucedió algo: un alumno de segundo año que pasaba por allí con un grupo de amigos se mofó de Pedro, con una crítica cruel y desagradable, entonces Ethan le plantó cara:
–¿Se puede saber de qué te ríes? –gritó Ethan dirigiéndose al líder del grupito de prepotentes alumnos veteranos–. ¿No has visto a nadie vomitar?
–Es la primera ocasión que tengo de contemplar a un memo regurgitar –expresó el chaval entre risas, adoptando una pose altanera, éste aparentaba ser de nuestra edad, y algo más alto que Ethan–. Es la primera vez que un novato se atreve a dirigirme la palabra, ¿qué clase de idiota eres? ¿Acaso no sabes quién soy? Mi nombre empieza por L.
–Más aún motivo para comportarte correctamente –intervine yo– hemos empezado hoy mismo el ejercicio y venimos de un largo viaje desde Denver, después de siete días de viaje nos sentimos extenuados. ¿Cómo te llamas?
–Me llamo Lucas; Lucas XII, hijo de Lucas XI y nieto de Lucas X el Grande; mi padre es uno de los hombres más ricos del Reino; controla el negocio de vinos; estoy seguro que habréis bebido en alguna ocasión una copa de vino de la marca el Vino de Lucas.
–¡Ja, ja, ja! –se mofó Ethan.
– ¿De qué te ríes? –se enojó Lucas; contemplé con la boca abierta lo irascible que era, se irguió amenazante con sus dos metros y cincuenta centímetros, a una altura superior a la de Ethan–. ¿Qué te hace tanta gracia? –preguntó mientras se aproximaba peligrosamente a Ethan con una actitud altiva, al mismo tiempo que su panda de cinco amigos le seguía rodeándolo como a un jefe lobo.
–Perdona –se excusó Ehan–, simplemente me pareció curioso que uséis tanto el apelativo de Lucas, ¿Acaso no conocéis otros nombres? Sí; he bebido vino de Lucas; y a fe mía, debo confesar que no es ninguna maravilla; mi abuelo decía que el vino era antaño mucho mejor, antes de que monopolizarais el mercado con vuestra producción masiva y comercial, mezclando el vino con un poco de agua.
–Somos de la nobleza, nos debes respeto ante todo; ¡discúlpate o lo lamentarás!
–¡Discúlpate tú primero por reírte de un enfermo! –gritó Ethan, levantando un puño colérico–. ¡O lo padecerás tú!
Se disponían a lanzarse sobre Ethan a fin de iniciar una pelea, cuando intervino Aleksei que acababa de llegar de arriba para supervisar cómo iba la preparación y cuando vio lo que sucedía, él, cuya circunspección no toleraba lances en la academia, no dio crédito a lo que contemplaban sus pupilas y se apresuró hacia nosotros.
–¡Alto ahí muchachos! Ya os tengo dicho que nada de peleas en la Academia; reservar la rabia para los salvajes y las alimañas.
–Pero señor, aquel bisoño se ha burlado de mí, exijo una disculpa; que se arrodille o lo pagará caro; enviaré una carta a mi padre.
–Bien, envía lo que te dé la gana, pero a los nuevos ni los toques, ¿entendido? ¿Entendido Lucas?
–¡Vamos chicos, seguidme!
–¿Vas a permitir que te calumnie de esa manera? –pregunto uno de sus compinches.
–Más tarde lo pagará caro, Lion, te lo aseguro; pero ahora no es posible; qué más quisiera yo. No puedo permitirme el lujo de que me vuelvan a expulsar otro año más…, vamos.
Así, pues, los días de entrenamiento siguientes fueron muy monótonos y agotadores, seis días a la semana practicando 10 horas con un pequeño descanso para comer.
El día 22 de abril ocurrió algo inesperado que trastocó todo lo previsto. No daba crédito a lo que veían mis pupilas. ¡Marta nadando en un mar de lágrimas!
Daniel: ¡Marta, por qué lloras! ¿Ha ocurrido alguna desgracia?
Marta: Aquí trabaja como guardia fronterizo, un amigo de mi padre.
Marta: Me ha dicho al verme: «¡Qué hace usted aquí! Me ha llegado una carta que afirma que su padre ha fallecido. Debe estar destrozada, ¿qué tal se encuentran sus hermanas?».
Daniel: ¡Cómo, no puede ser! Debemos volver a la capital y asegurarnos de que sea verdad.
Marta: ¿Vas a abandonar la academia por mi culpa? ¿Qué hay del viaje planeado a la Luna?
Daniel: Todo eso puede esperar. Debemos partir inmediatamente. Les dejaré una nota a Pedro y Ethan.
Marta: Gracias. Me salvas la vida. Pero viajar otra vez al norte, por mi culpa, estando tan cansado todavía.
Daniel: Descansaremos por el camino. No te preocupes. Prepara tus cosas y salimos en 2 horas.
El 26 de abril llegamos a Denver. No será necesario describir el trayecto ya recorrido anteriormente, sólo decir que llegamos cansados, pero vivos.
Marta: ¡Victoria, Lucía! ¡Aquí no podéis quedaros! ¡Nos están buscando los bandidos para matarnos !
Victoria: ¡Qué dices! ¿No han tenido suficiente con papá?
Lucía: ¡No puede ser! ¿Dónde nos esconderemos?
Daniel: Ustedes se pueden esconder, y vivir en mi casa el tiempo que necesiten. Os daré una copia de mis llaves que tengo. Tomad. Deberíais vender la casa y salir del redar de esta banda.
Victoria: Gracias. Yo soy la hermana mayor. Marta, qué vas a hacer, ¿te vas a marchar otra vez después de lo que ha pasado?
Daniel: Iremos a por el líder de esta banda de seguidores de Selena.
Marta: Si lo matamos, vengaremos a papá, y vosotras tendréis un respiro, de esta manera podréis seguir con vuestras vidas sin que os busquen más.
Lucía: Hermanita. Te vas a arriesgar por nosotras. ¡Es muy peligroso, no vayas, por favor! Ya buscaremos otra manera.
Victoria: Déjala; ella misma decidió ser una aventurera, ahora no le vamos a convencer. Iríamos con vosotros pero os cortaríamos el rollo.
Marta: No digas eso, no podéis venir porque debéis hacer vuestras vidas aquí. Ya lejos de la lucha contra los Seguidores de Selena. ¡Nada de seguir a Papá! ¿Cómo mataron a papá?
Lucía: En la casa, entraron por la…
Victoria: Fue un allanamiento de morada muy violento. Nos creíamos seguros en Denver hasta ahora. A Papá lo mataron pero nosotras conseguimos escondernos en en la gruta secreta de los Cristianos, debajo de nuestra casa.
Marta: No perdamos el tiempo, hay que ir a la casa de Daniel. Vamos, vamos.
Tras dejar a las hermanas de mi querida amiga, escondidas en mi nueva morada, nosotros partimos hacia Nieve el día 23 de abril.
Según la descripción que me dio Cleo, la Guarida se encontraba al sur de Nieve. Por lo que decidimos ir allí, tras descansar en la posada y al día siguiente buscar a los seguidores de Selena y dar fin a ese miserable hijo de Selena.
Posadero: Lo cierto es que sólo hay una habitación individual. Por lo que tendrán que compartir cama o uno de los dos dormir en el suelo. Ejem… Supongo que son ustedes novios y no tendrán ningún inconveniente.
Marta: Está bien, no pasa nada, ¿verdad Daniel? Ya estamos acostumbrados a dormir juntos.
Daniel: Así podremos darnos calor. Deme la llave, tome una moneda de plata, para que nos reserve la habitación, por si necesitáramos volver los siguientes días a descansar nuevamente.
Posadero: ¡Una moneda de plata! ¡Con esto hay para un mes! ¿Es usted de la nobleza?
Daniel: No se preocupe, si no volvemos antes de dos días, usted podrá rentar la habitación sin problemas. No soy rico, es una herencia de mi padre que ganó duramente trabajando para poder dejar algo a sus hijos cuando muriera.
Posadero: Bueno; ahora, me siento mal por su padre. Tome la llave. No debería despilfarrar el dinero de esa manera; pero si insiste. Intuyo que en realidad usted no quiere reconocer que es rico.
Marta: Gracias, que tenga un buen día. No se preocupe, sí lo es, pero es algo tímido y no quiere presumir de exuberancia.
— (Luego en la habitación.)
Marta: Aquí hace un frío de muerte, durmamos los dos abrazados en la cama, ¿qué te parece? Es una gran oportunidad para intimar un poco, nunca se sabe cuándo vamos a poder volver a estar solos.
Daniel: ¿Quieres decir que quieres que hagamos el amor?
Marta: No. Eso es demasiado para mí. Soy virgen y todavía no ha llegado mi hora. Sólo abrazarnos y enrollarnos sin que yo me arriesgue a quedarme embarazada, pues sería un estorbo en ese estado, en este viaje, que nos aguarda.
Daniel: Bueno. Para mí poder tocarte y besarte es suficiente, ya que nunca lo he experimentado con ninguna chica. Es mejor así porque no tenemos ningún medio anticonceptivo.
Cleo: Yo puedo ayudar a Marta. Si toca el PUOX podré darle protección anticonceptiva 100% asegurada por un año.
Marta: ¿Cleo, realmente puedes hacer eso? ¡Qué vergüenza! ¿Desde cuándo estás escuchando?
Cleo: Tranquila. Yo no soy un ser orgánico, sino artificial, por lo tanto, no tengo ese tipo de prejuicios, ni necesidades. No sé sentir envidia o juzgar a alguien por quieres follar.
Marta: ¡Yo no quiero follar!
Cleo: ¿Entonces qué querías, calor, simplemente, o reforzar vínculos con Daniel?
Marta: ¿Ahora qué eres psicóloga? Tú no lo entiendes, bueno…, de todas maneras quiero el anticonceptivo por un año. Podrías hacérmelo. Si me violan, en fin, hay que pensar en todo.
Daniel: Acerca una mano y toca mi reloj con un dedo.
Marta: ¿Es ésto lo que te da magia?
Daniel: Sí. Es difícil de creer. Pero así es.
Marta: ¿Y me va a volver estéril por un año?
Cleo: El tiempo que quieras, máximo un año. Pero no es irreversible, te lo puedo quitar en cualquier momento cuando quieras. También dejarás de tener el periodo menstrual.
Marta: Eso es lo mejor que me han dicho nunca, quiero no tener el, pornerme malita todos los meses mientras estoy de aventura. Sería un incordio y qué vergüenza ante mis amigos. Pongo el dedo encantada, házmelo.
Cleo: Bien espera, tardaré cinco minutos, no quites el dedo o tendremos que empezar otra vez. Estoy anulando ya tu ciclo, pero el óvulo se mantendrá intacto, y el esperma no podrá fusionarse con tu óvulo 100% asegurado. Te encontrarás siempre en el estado de más necesitas de tener relaciones sexuales. Si te sientes muy excitada y te vuelves adicta al sexo, podría ayudarte bajando tu nivel hormonal. Si lo necesitas, avísame.
Marta: ¡Joder! No me jodas, Cleo. Me estás dando un anticonceptivo o me estás drogando, porque nunca me había sentido tan cachonda en mi vida. Me estás metiendo un chute de algo para que tu amigo Daniel disfrute de mí esta noche. ¿Estáis compinchados, no, Daniel, ¡ui… qué guapo estás hoy!
Cleo: Ya he terminado, ya podéis iros a dormir, pero Daniel. Estoy segura de que tu amiguita no te dejará dormir mucho esta noche, ji, ji, ji.
Daniel: Intentemos dormir, que mañana será un día duro. Venga vamos Marta.
Marta: Durmamos abrazados por lo menos.
Daniel: Sí. La idea no me desagrada, te deseo con toda mi alma.
Marta: Pero no vamos a hacerlo. Lo haré cuando me sienta preparada para perder la virginidad. Aunque esté caliente, las mujeres tenemos una naturaleza que nos basta con besarnos y abrazarnos con el chico que nos gusta. No hay necesidad de acelerar la cosas.
Daniel: Veo que eres una mujer muy inteligente y razonable. Yo estaré esperando ese momento, dime cuándo te sientas lista para dar ese paso.
Marta: Aquí hace frío, acostémonos ya.
— (acostados y abrazados se besan.)
No llegó la hora para Marta, pero fue muy agradable poder tocarla y besarla.
Al día siguiente 24 de abril, partimos rumbo al sur de Nieve en busca de esa guarida.
Cleo: La he encontrado, detecto movimiento de personas un tanto tontas en las coordenadas ( -8. 6 )
Daniel: Gracias, Cleo. Iremos para allá. Vamos Marta, venguemos la muerte de tu padre.
Hombre mayor: Rendiros, estáis rodeados. ¿Cómo se os ha ocurrido venir hasta aquí, Marta?
Marta: ¡Usted, es mi vecino, Daniel! ¡Daniel…, haz algo!
Daniel: No puedo moverme, me tienen agarrado entre 4. No esperaba esto. ¿De dónde han salido tantos bandidos?
Vecino de Marta: ¿No recuerda cómo me llamo, querida? Y eso que era muy buen amigo de su padre. ¡Me llamo Lorik!
Lorik: Es una lástima lo de su padre. ¡Le dije que se dejara de hacerse el héroe, pero no quiso escucharme!
Marta: ¡Usted es el líder de los traficantes! ¡No me lo puedo creer!
Lorik: De esta casa sí. Hay gente muy poderosa sirviendo a Selena.
Lorik: No lo hacemos por dinero, sino por ella: su propia voluntad es más importante que todo el oro del mundo. Y no necesito dinero, ya que, como ya sabrá, soy rico, más aún que su padre, gracias al tráfico de drogas.
Marta: Me deja sin aliento…, por Selena…, dice, ¿una Diosa del mal? ¡Están locos! ¡Ha mandado matar a mi padre por las drogas!
Lorik: Selena sólo busca la felicidad en los hombres: Y eso se consigue con la libertad absoluta para los vicios más mal vistos.
Lorik: Las drogas aparte de quitar el dolor, también sirven para dar un gran placer y para despertar al animal sexual que tenemos todo ser vivo dentro.
Marta: No me gusta, yo ni bebo, ni fumo.
Lorik: Pues ahora va a tener la oportunidad de experimentarlo con sus propios ojos. Trae vino de Lucas, una botella entera. Es momento de enseñar a mi vecinita lo que Selena puede hacer por ella.
Canalla: Sí, señor, ahora mismo.
Lorik: Le propongo un trato: Si promete no volver a interferir en mis negocios, le dejaré marchar.
Lorik:Ya no le pasará nada a sus hermanas, ni a usted, siempre que se comprometan a abandonar Denver en un plazo de una semana, como mucho.
Marta: Hemos venido porque querían asesinarnos, no por lo de las drogas.
Marta: Lo que usted haga nos trae sin cuidado.
Marta: Si nos deja marchar, le prometo que yo y mis hermanas, no haremos nada contra usted, ni le delataremos.
Lorik: Y debéis abandonar Denver, de lo contrario no tendré otro remedio que cumplir órdenes de los líderes de mi secta.
Lorik: Yo no puedo decidir, querida; pues, hay una jerarquía, y Selena está por encima de todos.
Marta: Lo haremos, se lo prometo, ahora déjenos marchar, se lo ruego, por mi vida.
Lorik: No es tan sencillo, linda… verá… Selena me ha susurrado que debo cumplir mi fantasía.
Lorik: Perdóneme…, de lo contrario, no sería digno de ella.
Marta: ¡Qué dice, qué fantasía! ¿Selena realmente existe o ustedes, simplemente, entraron en una secta por maldad?
Lorik: ¡Claro que existe! La otra parte del trato es…,
Lorik: bébase toda esta botella de Vino de Lucas, para ver si su cuerpo lo acepta, o lo vomitas.
Marta: Está bien, si no queda otra, lo haré. Pero una promesa, es una promesa, espero que sea usted un caballero y cumpla.
Lorik: Así será. Bébasela, toda, vamos. Veremos qué tal le sienta a usted el alcohol.
Daniel: Déjela en paz, no le da usted vergüenza de ser tan poco decoroso, después de la muerte de su padre.
Lorik: Chaval, mejor que se caye, después de haber matado a muchos de mis hombres.
Lorik: Cierre el pico. Esos hombres tenían seres queridos como usted, ¿entiende? Es usted un fascista.
Marta: Lo haré, pero él, se viene conmigo. Mi amigo sólo quería ayudarme. No lo tome con él.
Lorik: Beba, pues. Tome:
Marta: Glub… glub… glub.
Lorik: Así me gusta. ¡No desperdicie ni una gota! El vino de Lucas es genial. Su creador es un gran amigo mío. No le defraude.
Yo contemplaba la escena, incrédulo, impotente, y furioso. Cinco minutos después Marta se encontraba claramente embriagada, pero no parecía que su cuerpo rechazara la bebida. Empezaba a moverse como si le costara mantener su equilibrio. Y en su cara se podía ver que ese vino le había dado tal calor, que, unido a que, se le estaba pasando efecto del calmante dado por Cleo; pues ya habían pasado 10 horas.
Lorik: ¿Qué tal se siente, preciosa?
Marta: Me ha dado mucho mareo, y calor, pero me encuentro bien, algo embriagada. ¿Podemos marcharnos ya?
Lorik: No, aún no. Si tiene calor, ¿por qué no se quita usted la camisa y los pantalones?
Marta: ¡No, que no quiero!
Lorik: Ayudadla a desvestirse, pero dejarle la ropa interior.
Marta: ¡No! ¡Estoy bien, no tengo calor!
Lorik: ¿Se siente mejor?
Marta: No, quiero mi ropa. Por favor. ¡Daniel!
Daniel: ¿A qué está jugando, lo parece gracioso?
Lorik: ¡A callar… niñato! Si sigue hablando no me quedará otra que matarle. Ni hable con ella. Ni ladre.
Lorik: Me da un poco de pena, parece que el alcohol, no ha podido con su timidez.
Lorik: Tome fúmese este cigarro de maría, le relajará.
Marta: ¡Me está drogando! Me siento rara. La cabeza me da vueltas.
Lorik: Venga, déjeme sostenerla, que se cae usted al suelo.
Marta: No me toque, aléjese… Ahhh. Ohh. Dios. ¡Qué calor! Me siento… mi cuerpo me traiciona, no debería sentirme así.
Lorik: ¿Cómo se siente? En eso consiste el experimento: que usted describa cómo se siente. Luego se podrá ir con su amiguete.
Marta: Me siento como si ya no fuera un ser humano, sino como un animal. Me siento caliente, con ganas de amor. Necesito a un hombre fuerte y guapo entre mis brazos, que me toque y me bese.
Lorik: ¡Por eso Selena en realidad es la buena, y no, el tonto de su hermano! ¿Por qué reprime sus sentimientos y necesidades?
Marta: ¡Ui, qué he dicho! ¡Esa no era yo! ¡Cómo he dicho eso! Maldito alcohol. ¿Puedo irme ya?
Lorik: Beba una copa más, este es mucho más suave. Es algo que ha llegado nuevo. Pruébelo. Se les da al ganado, a las hembras, para que le entren ganas de amar.
Marta: ¡Está amargo! ¡Qué asco, sabe mal!
Lorik: Venga, tumbémonos en la cama para estar más cómodos.
Marta: Sí, lo necesito. Estoy muy rara, tengo ganas de… mi vagina está irritadísima. Me está contrayendo y palpitando. ¡Dios, nunca me había sentido así en mi vida!
Lorik: No sea tímida. ¿Qué quiere que le haga? ¿Quiere que le bese y la abrace?
Marta: ¡No ested. Es un viejo y está gordo, y están todos mirando!
Lorik: Lo siento mucho por no ser de su agrado, en cambio, puedo tener lo que necesita. La experiencia tratando a mujeres. ¿Desea que le enseñe?
Marta: ¿Enseñarme el qué?
Lorik: Que la bese, abrace y la toque como experto.
Marta: El efecto de Cle…, ha desaparecido. Ahora sólo quiero una cosa.
Marta: Hágalo, aunque sea usted asqueroso, lo necesito como gata en celo, lo querría.
Marta: Hágame lo que quiera. Soy toda suya.
Lorik: ¿Por qué dice usted eso, no será usted una puta?
Marta: ¡Si me ha drogado, no es mi culpa!
Lorik: Vamos a probar, qué tal reacciona usted a las caricias y manoseo.
Lorik: He deseado esto desde que tenía usted 18 años recién cumplidos.
Marta: ¡Ah,! Dios mío… no…, no pare, me gusta, es usted bastante guapo para ser viejo y tener sobrepeso.
Marta: Además, sabe dónde tocar a una dama. Qué barbaridad, qué calentura… me voy a venir.
Marta: Su ropa me molesta ¿puede desnudarse?
Lorik: Sí, claro, gatita en celo.
Lorik: ¿Quiere que le manoseé sus pechos?
Marta: Sí, estará bien, me gusta. Abrazame. Amor…
Lorik: Si insiste, pero luego no diga que he abusado de usted.
Daniel: ( ¡Marta! ¿Tan potentes son esas drogas? )
Rorik: Muak, muak, muak.
Lorik: Lo siento…, querida…, pero…, Selena me ordena que haga esto. Reúnase con su padre.
Contemplé horrorizado cómo aquel monstruo estrangulaba a Marta hasta cruelmente dejarla sin aliento, hasta la muerte.
Daniel: ¡No, Marta!, ¡Te mataré!
Cleo: Daniel, escucha atentamente, lanza todas la bolas de fuego que puedas, e intenta aguantar 5 minutos, hasta que consiga desbloquear la cerradura de puerta, usando hondas especiales desde la nave.
Cleo: ¡Aguanta 5 minutos! Marta ha muerto, déjala escapa. Son demasiados y ya no te cura nadie.
Daniel: ¡Debo ir inmediatamente a por las hermanas de Marta, a mi casa en Denver! ¡Todos los que se acercan a mí, terminan muriendo: la pobre Ana, y ahora mi querida Marta.
Cuando nos encaramamos sobre unos nuevos corceles especiales con Lucía y Victoria, las hermanas de Marta. Retomamos el sendero hacia el oeste con entusiasmo y brío. Mientras viajábamos se me venían a la mente un serie de reflexiones ¿Estábamos preparados para afrontar los peligros de Las Tierras Salvajes? ¿Deberíamos haber continuado el entrenamiento? ¿Nos pudieron las prisas? Es evidente que no estábamos preparados; es decir, nadie se entrena en tampoco tiempo. Pero había que intentarlo, o perecer en el intento; no podíamos hacer esperar a Cleo eternamente. ¿O se trataba de que yo fuera una persona muy impaciente? De cualquier modo, para bien o para mal, partimos ese día.
Así es que nos acompañaba la agradable fragancia de las flores por valles y praderas de pastos, pastos por los que subíamos y bajamos por hondonadas mientras nos embriagaba el aroma de las flores, flores que nos regalaba la primavera. Nos guiaba mi brújula del PUOX a lo largo del camino verde mientras seguíamos el curso de un rio, cabalgando por la ribera. El caudal bajaba por la ribera del valle, que se adentraba, poco a poco, en territorios salvajes hacia el oeste.
Al avanzar, tras dos horas de viaje a trote, nos encontramos con una patrulla de unos cincuenta Guardias fronterizos, armados con sus arcos en mano y espadas al hombro, vigilantes ante cualquier peligro dispuesto a colarse, desde las tierras inhabitadas.
–¡Alto! –ordenó uno de los guardias que parecía ser el jefe–. ¿Me engañan mis ojos o se dirigen ustedes a las Tierras Salvajes?
–Así es señor –dijo Ethan–. Somos naturistas; queremos estudiar la flora de esas tierras desconocidas, estamos preparados y hemos sido entrenados en la Academia de la Guardia Real en Colorado para sobrevivir en esas desconocidas tierras.
–¡Cáspita! ¿Saben que esas tierras son muy peligrosas? Entre salvajes y depredadores os pueden pasar un sinfín de tragedias. Creo que no estudiaran nada dentro del estómago de un salvaje.
–No hay problema, nos arriesgaremos –expresé, poniendo cara de loco.
–Adelante, no digan que no les han avisado; no está prohibido por ninguna Ley suicidarse.
–Entiendo, gracias, seguiremos, pues, el camino de nuestra perdición, en el nombre de la botánica –dije.
En poco tiempo dejamos atrás a los Guardias y el río que seguíamos por la ribera era un pequeño caudal de agua fría, en la cual podía yo distinguir algunos peces entre tonos carmín y naranja con sus crías nadando alrededor de los grandes; ya que el curso del agua se dirigía hacia el oeste, nos acompañaban a lo largo de la ribera. Algún que otro árbol rodeaba el río de vez en cuando, que tejían sobre el terreno mantos de hojarascas.
Entre sombras provocadas por los árboles, el sol rielaba en el agua límpida con sus rayos centelleantes, en compañía del reflejo de un cielo con algunos cirrocúmulos blancos como el algodón. La limpidez del agua se distorsionaba entre espuma blanca. Algunas rocas grises y blancas obstruían a veces el paso del agua creando desviaciones del curso del caudal.
Algún que otro tronco también decoraba el río y lo obstruía, pero el agua siempre se abre camino con la gravedad, como si tuviera vida propia, pues un millar de moléculas de agua; compuestas por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno viajaban, siempre, hacia donde la gravedad les ordenaba, sólo parando cuando las leyes de la física se lo exigía.
A lo largo del trayecto que seguíamos, el sendero se inclinaba en pequeñas hondonadas y desniveles, y el agua descendía creando pequeñas cataratas de espuma blanca; entre rocas grises, bajaba espumosa paulatinamente.
En un momento Ethan se paró y sacó su caña de pescar, pues era hora de almorzar, mientras Pedro y yo preparábamos el campamento. Tras unos minutos picaron unos pececillos de color rojo. Poco después, nos encontrábamos comiendo, cuando al otro lado del río apareció un musmón; una de esas cabras de las nieves con dos grandes cuernos; yo contemplaba la belleza de ese animal, cuando de repente, un terrible y desolador lobo de pelaje gris y de tamaño poco común, de un metro y medio de longitud aproximadamente (midiendo desde el rabo hasta el hocico) se echó sobre el cuello del musmón, y lo arrastró tras unos arbustos. Nosotros contemplábamos horrorizados la escena. Ya debíamos de estar en Tierras Salvajes, por lo que decidimos hacer turnos de guardia para vigilar el horizonte y así lo hicimos, pues no nos agradaba la idea de recibir un mordisco mientras comíamos. Cabía la posibilidad de que a pesar de no comer humanos, nos atacaran para defender una posible guarida cercana. Contemplé la otra orilla en busca del lobo pero sin rastro, había desaparecido entre la maleza de un pequeño bosque.
Proseguimos nuestro camino, montados a caballo, galopando a toda la velocidad que nos fue posible. Cuando de repente, pudimos contemplar por primera vez un grupo de unos diez dinosaurios terópodos compsognathus. Me quedé horrorizado al contemplar la escena. En la frialdad de la noche, bajo la penumbra tenue de la Luna, se encontraban.
No era fácil figurarse cuán grande era mi horror; se me erizaron los cabellos, helóseme la sangre en venas. Pedro exhaló un grito al contemplar la escena; Ethan miraba aterrorizado, ¿en dónde nos habíamos metido?, momentos después se apoderó de mí un indecible malestar físico y sufrí padecimientos en cuerpo y alma al observar con mis ojos cómo diez pequeños reptiles bípedos con una piel semejante a la de las lagartijas lacertidae y de color verde, se lanzaban en grupos a por su presa, un pobre lobo gris desprevenido. Los reptiles subidos en su lomo y cuello picaban salvajemente desangrándolo.
No llegamos a quedarnos para descubrir quién fue el victorioso en aquel combate encarnizado, pero el lobo desgarraba a uno de aquellos animales bípedos cuando nos alejamos. Fue la primera vez que tuve contacto visual con la fauna extinta resucitada; esa maldita mala idea de resucitar a los dinosaurios. Locura resucitada, por científicos que jugaron a ser Dioses.
Así, pues, dejamos atrás aquella locura salvaje, horrorizados, con los cuerpos descompuestos. Habíamos vivido en un paraíso y ahora nos adentrábamos en tierras que se regían por la Ley del más fuerte, una tierra de depredadores que comían otros más débiles. Ya no se trataba de un bonito viaje de deleite, sino más bien una constante lucha por la supervivencia, mientras avanzábamos hacia las quebrajas de la cueva.
Con todo lo acontecido, decidimos que esa noche no dormiríamos y, efectivamente, proseguimos el viaje. Congeniamos pues que sería mucho mejor encontrarnos con alguno de estos súper depredadores montados a caballo galopando a toda velocidad, en lugar de acampar, pues sería como crear para ellos un bufé libre.
No era menester mostrar cualquier tipo de debilidad hacia los Compsognathus, ya que eran carroñeros; pero si encontraban a algún hombre durmiendo, atacando en grandes grupos podrían pillarlo desprevenido, dándoles, por lo menos, un terrible susto acojonante y dejándolo muy herido o incluso la muerte; una muerte lenta y dolorosa.
Después de unas horas de viaje nocturno bajo un manto de estrellas brillantes, nos encontramos con otro grupo de Compsognathus los cuales estaban devorando a picotazos a una liebre. Viendo que el caballo de Pedro era para ellos una presa más suculenta, uno de ellos se lanzó y agarró una de sus patas traseras, provocándole rebuznar de dolor, deteniéndose en el acto y finalmente lanzando a Pedro al suelo. A poco, nos bajamos del caballo Ethan y yo.
Desenvainamos las espadas y preparamos los escudos. Ethan agarró a un Compsognathus por el vientre y le cortó la cabeza en un movimiento rápido. Yo hice lo propio con otro que se lanzó saltando hacia mí, vapuleándole con el escudo. Instantes después Pedro recobro la verticalidad y sacó su espada mientras repelía a otros dos reptiles, le cortó la cabeza con su espada corta con un rápido y eficaz movimiento aprendido sin lugar a dudas en la Academia. Unos siete se lanzaron en manada a por el corcel de Pedro y empezaron a pegar pequeños picotazos en una de sus patas traseras, mientras el caballo los repelía con una coz.
Acto seguido, agarré a uno y le corté la cabeza con un rápido ataque, cuando sentí en la espalda un dolor punzante, un maldito dino se aferraba a mi espalda, al igual que un puñetero mosquito gigante, al cual, momentos después, Ethan lo agarró, lo mató en el acto; y yo se lo agradecí encarecidamente.
–¡Tenemos que marcharnos de aquí! –gritó Ethan–. ¡Antes de que vengan más! ¡Subir a los caballos! ¡Nos largamos!
Volvimos a montar. Metí a un dinosaurio de esos muertos en una bolsa para poder estudiarlo detenidamente más adelante; pesaba unos 3 kilos, ni más ni menos; de un tamaño considerable como el de una gallina y contaba con una mandíbula comparable al mordico de un rata. Con una cola larga y muy diestros, alcanzando velocidades de 64 kilómetros por hora. Los miembros delanteros eran más pequeños que los traseros y estaban provistos de dedos equipados con garras sólidas, adaptadas para capturar presas. Sus cráneos eran angostos y alargados con hocicos puntiagudos; pero sus bocas eran las de unos reptiles contando con 68 pequeños dientes desgarradores. Sus ojos, grandes en proporción al resto del cráneo. Estos dinosaurios vivieron a finales del Jurásico hace 150 millones de años (según manifestó Cleopatra en una conversación, que tuvimos más adelante).
Lo cierto es que el incidente nos alejó de la idea de detenernos para descansar, proseguimos el camino hasta que llegamos a la entrada de la cueva el día 16 de mayo, tras mucho buscar por los alrededores de una cordillera de montañas, encontramos la grieta. Mas fuera como fuere acampamos en la entrada de la cueva, descansando por turnos.
XII
Me dispongo a relatar lo acontecido durante los días transcurridos en el interior de los pasillos y salas de granito. Senderos que se debían extenderse, en un principio, rombo al oeste, a través de esta cordillera. Ya bien entrada la madrugada, en un intervalo cercano a las 23 horas, en lo recóndito de la caverna, tras el umbral, en cuyo centro prendimos una fogata de lo más acogedora que disipaba las tinieblas de una noche sin Luna, mientras las leñas crepitaban y proyectaban las siluetas del entorno sobre el suelo rocoso, estampadas en las paredes y siguiendo las superficies de las rocas grisáceas, creando un ambiente sombrío y espectacular, realmente mágico y fantasmagórico al mismo tiempo. Resultaba que mi mayor inquietud –e imagino que también la de mis amigos– era provocada por dos motivos, dos miedos, dos posibilidades: los peligros provenientes del exterior, y los dimanantes del pasillo que se perdía en las profundidades zigzagueando, hundiéndose en la obscuridad; puesto que me preocupaba la idea de que alguna amenaza nos pudiera llegar desde aquella ruta desoladora y umbrosa.
A pesar de los temores, a pesar de los pesares, me encontraba en gran medida aliviado por sentirme al abrigo, por fin, en la reconfortante cueva que nos ocultaba parcialmente de las Tierras Salvajes. En ese momento, sentado sobre un pedrusco, junto a mis dos compañeros alrededor del fuego saqué de mi mochila el cadáver del agresivo reptil verde, que contaba con seis pequeñas garras en sus dos manitas; me propuse consultar a Cleo a cerca de qué clase de ser era; y respondió al instante, como de costumbre; ya que, aun teniendo una voluptuosa voz de jovencita despampanante, no siendo verdaderamente un ser vivo, sino artificial; no una cualquiera, por supuesto; pero un ingenio, al fin y al cabo. Por lo tanto, no necesitaba ausentarse, para ir al cuarto de baño o a la cocina. Se enorgullecía de aquella preeminencia de la cual disfrutaba, como ella observaba, en comparación a su competencia, de seres orgánicos; a ellos sí les importaba perder su trabajo en sustitución por una máquina. Cleo, sin embargo, no podía procesar ese tipo de sentimientos; o más bien su cerebro metálico no los creaba.
Así que su humanización –aunque bastante inteligente– había sido parcial, no afectándole determinados pensamientos competitivos. Por ejemplo: la imposibilidad de sentir celos, odio, enamorarse, deseo sexual, divertirse, la necesidad de comer, de beber, de dormir, de orinar, defecar y de asearse. Y su abnegación, su conmiseración y su instinto protector tan sólo fueron destinados para mí, la persona designada; usando una programación avanzada, desconocida y ambigua, al igual que tantas otras cosas que jamás llegué a comprender.
–Cleo, ¿podrías analizar el ADN de esta criatura? –solicité–. Necesito conocer un poco de ella. Nos ha atacado un grupo pequeño y me siento algo preocupado porque eran agresivos y rápidos… No he visto nada semejante en mi vida.
–Sí, por supuesto –respondió la sensual voz.
–¿Cómo debo proceder para enviarte el ADN?
–Primeramente, pulsa la tecla gris para activar el analizador de ADN; segundo, extrae una gota de sangre del animal en cuestión y colócala sobre el circulo azul que aparecerá dibujado en la pantalla. A partir de ahí, se analizará en unos minutos obteniendo los resultados. Todos los documentos conocidos sobre esta criatura que estén en nuestra base de datos serán revelados a fin de que el elementalista pueda utilizarlos en su beneficio…, perdona Daniel por hablar tan solemnemente como una máquina.
–Habla como quieras: si eres inteligente puedes expresarte como una persona normal, tuteándome… Muy bien… Ahí va la gota de sangre.
–Se está calculando…, amigo…, je, je –confirmó Cleo–. Cálculo procesado 25%…, 33%.
–Increíble tecnología, ¿cómo puede existir una mente tan brillante capaz de diseñar semejante maravilla?
–Sí… En este caso se trata de los Dioses… Me crearon a mí y a otros muchos seres artificiales, al igual que a numerosas herramientas avanzadas para sus propios beneficios y ayudar a sus aliados. Se trata de una especie antigua… Han tenido tiempo de sobra para evolucionar, su mayor cualidad fue desde hace incontables siglos la ciencia y la tecnología… Análisis procesado 89%.
–Necesito que me aclares algunas cosas a cerca de esas criaturas: si son comestibles; ya que nos atacan, por lo menos podríamos aprovecharnos de esta agresión. ¿Cuál es su procedencia? Toda información será bien agradecida.
–Análisis completado, Daniel, ¡Dinosaurios! Andarse con cuidado, son animales del jurásico terrestre…, resucitados por vuestros ancestros, antaño… Son depredadores…, carnívoros…, agresivos en gran medida, siempre están buscando una presa y rara vez se acobardan.
–¡Qué! Ya me temía yo que era algo gordo… Nunca pasé más miedo en mi vida cuando nos atacaron… Hemos llegado a la cueva, ¿crees que aquí estaremos a salvo de ellos?
–Daniel…, estar alerta…, estos dinosaurios proceden del exterior… El único camino por el cual han podido penetrar en el Mundo Conocido, es con toda seguridad, a través de esas mismas entrañas… Surgieron de un parque temático turístico de especies de dinosaurios extinguidas… Entiendo que no comprendes a qué me refiero. Eran terrenos cerrados donde se exponían variedades extinguidas o creadas genéticamente en los cuales se cobraba dinero por entrar; se trataba pues, de un negocio demasiado rentable para sus compañías. En un momento concreto fueron abandonados… Las ruinas del más cercano están situadas en el oeste, próximo a las playas del Océano Pacífico… La vida se abrió camino y escaparon de los parques… No hicieron caso de vuestra película antiquísima, Jurassic Park de Steven Spielberg, así como sus cuantiosas secuelas… Fundaron sus dichosos parques temáticos, los cuales, visitaban Bornus y humanos colonos de otros planetas. El exterior del Mundo Conocido, en la actualidad es un peligroso mundo jurásico y cretácico; además, otros parques se encuentran cerca de allí, como el zoológico de los lobos modificados genéticamente. Otro es el parque temático de los superhombres de hasta 4 metros de longitud, los cuales fueron creados, usando como base genética la humana, con el fin de que trabajaran en las construcciones pesadas; se convirtieron en una mano de obra esclava bastante eficiente pues lo dotaron de un carácter dócil y una gran fuerza. Más tarde, una vez que la esclavitud fue abolida, pasaron a trabajar voluntariamente en los parques temáticos, en espectáculos… “Pasen y vean a los increíbles cíclopes”.
–Increíble, ahora entiendo muchas cosas; cada día me asombro más y no paran de suceder situaciones alucinantes que me dejan indefectiblemente anonadado. No comprendo qué es una película… Pero bueno… Además, aclara la leyenda de los Titanes y el fósil que encontramos de un miembro de su especie en la cumbre de las nieves… ¿Cómo se supone que vamos a lograr llegar hasta donde te encuentras?
–Daniel… Con paciencia y precaución ante todo… Cuando llegues al otro lado, avísame, y os daré indicaciones.
–Entendido… Dudo que unas semanas de entrenamiento en la academia sean suficientes para prepararnos para luchar contra estos monstruos sobrenaturales; me imagino que nos tocará correr como liebres huyendo de zorros.
–Anális completado… Clasificación científica:
- Dominio; Eukariota.
- Reino; animalia.
- Clase; Saurópsida.
- Súper orden; Dinosauria.
- Orden; Saurischia.
- Familia; Compsognathidae.
- Género; Compsognathus
Cuentan con un cráneo largo y colmillos pequeños y puntiagudos, un cuello curvado y un par de garras con tres dedos afilados como cuchillos.
–¿Son comestibles? –interpelé estúpidamente, ¡ah!, cuán inocente que era.
–Sí lo son… Si no te comen ellos a ti primero; muy nutritivos para vosotros, ricos en proteínas de alto valor biológico con todos sus aminoácidos esenciales… Cómanlo, sin miedo.
–Gracias, vamos a cocinarlo ahora mismo –le transmití con una sonrisa en mi rostro–. Te dejo Cleo.
–Tener cuidado Daniel… Hasta luego.
El cadáver asado a fuego lento de este esperpento resultó ser delicioso; Pedro se relamía los dedos; Ethan se acariciaba su barriga; yo degustaba una pata mientras sonreía a mis amigos con un ademán que expresaba todas las tonalidades de la gula y la satisfacción absoluta. «Qué pena no poder dormir toda la noche» pensé en ese momento.
Me tocó hacer guardia las cuatro primeras horas del anochecer. Me sentía tan cansado que se me cerraban los ojos y la penumbra de la cueva me arredraba; me asfixiaba el miedo, pues nunca sabes cuándo van a atacar aquellos malditos seres; por lo tanto, me sentía realmente angustiado y alerta, como si dependiera mi vida de ello. Miraba la entrada de la cueva hacia exterior, aquella abertura de las entrañas de la madre tierra tal cual a una madriguera de dragones. Oía gritos y gemidos de animales procedentes de los espesos bosques que me resultaban imposibles de identificar, qué criatura los realizaba; incluso durante un momento me pareció percibir el clamor de un hombre, como si lo estuvieran asando vivo o torturándolo.
En aquel momento pensé: «¡mundo salvaje y aterrador!» Miré luego al umbroso corredor que se introducía sinuoso en el interior de la montaña, no se escuchaba ningún ruido, y lo que me aterraba no era eso, sino un inquietante y desolador silencio, como si en el lugar a donde nos dirigíamos no existiera la vida y fuera como el tránsito entre este mundo y el otro. Bajo un juego de vaporosas refulgencias y sombras se encontraba la galería, un pasillo tortuoso, angosto, de medio metro de ancho y con una altura de tres metros que se perdía en la tenebrosa oscuridad serpenteando.
Unas horas después cedí el puesto de vigilancia a Ethan y yo me dormí, pero intranquilo, inquieto, lamentándome de que la cueva no contara con una puerta, la cual nos protegiera de los peligros de las Tierras Salvajes. Me pregunté si era prudente encender un fuego en pleno anochecer, «¿no sería como atraerlos?» Estos angustiosos pensamientos se me pasaban por mi mente mientras me dormía.
Recuerdo que soñé que me encontraba a mí mismo durmiendo, tumbado justo al borde de un precipicio. Mi cuerpo se movía inconscientemente y cada vez estaba más cerca de precipitarme por el acantilado. Entonces intentaba, inverosímilmente, con todo el ímpetu que era capaz, llamarme a quejidos a fin de despertarme y así salvarme del fatídico accidente. Mi sueño fue interrumpido, me despertó una mano que me zarandeaba. Y al abrir los párpados, pude comprobar que era Ethan y algo gordo ocurría para interrumpir mi necesitado descanso. Angustiosamente sentí ese pesar con una ligera gota de temor y una angustia que me recorría el alma.
–¡Clamores de salvajes! –susurró Ethan señalando en dirección a la entrada–. No te hubiera despertado si no fuera porque esos gritos se están acercando, ¡son más audibles, escucha! Esto no me gusta… Recojamos el campamento por si acaso; si se acercan más, deberemos introducirnos en las profundidades antes de tiempo… ¡La lumbre! ¡Rápido!
Asfixiamos el fuego de inmediato quedándonos a oscuras.
–¿Qué sucede? –interpeló Pedro desde su saco de dormir–. ¿A qué viene tanto alboroto?
–¡Antropófagos! –respondí quedamente–. Prepárate Pedro.
–suuuf, silencio –conminó Ethan.
Los sonidos se percibían con mejor facilidad, con mayor intensidad: daba la sensación de que tuvieran capturada a una pobre víctima perteneciente a algún clan rival. En unos minutos, en unos suspiros pude comprender de quién se trataba, pues se empezaban a manifestarse claramente unos quejidos, unos llantos de mujer. A su vez, unos susurros en una lengua ininteligible que me parecieron súplicas.
Ethan asomó la cabeza por un lado, a la vera de la entrada con el fin de avizorar detenidamente, e inmediatamente se volvió. Y con un movimiento nos mostró un ademán, indicando hacia el túnel. Acto seguido agarró su macuto. No sólo intuimos que se acercaban hacía nosotros –puesto que pude vislumbrar en la lejanía unas tenues luces producidas por sus antorchas, en la más lóbrega oscuridad–, sino que era preocupante que su destino fuera hacia aquí.
Por lo tanto, dimos la orden a los caballos de que volvieran apresurados a Colorado, (pues, como dije anteriormente, eran corceles especiales, amaestrados para regresar al establo más cercano en el momento que se les ordenara) ya que ellos no podrían sobrepasar los obstáculos que encontraríamos en el camino.
Inmediatamente, nos adentramos en el interior de las profundidades a pasos ligeros, pero silenciosos. Quedaba una miga de consuelo, al menos no habíamos sido detectados aún, aportándonos unos instantes de tiempo para escapar hacia el interior de la gruta. A poco, nos encontrábamos zigzagueando por los pasadizos de color ocre, entre estalagmitas y estalactitas. Paredes abombadas de un color gris. En el suelo se dejaba ver de vez en cuando, alguna que otra roca negra de basalto.
En el instante que ya nos situábamos bien introducidos usé la luz del PUOX (pulsando la tecla blanca) como única luz temporalmente. Caminamos por el sendero de piedra cubierto de lanzas estalagmitas con formas cónicas abruptas; unas finas y otras delgadas, algunas tanto que podrías desvencijarlas con el fin de usarlas como lanzas o como bastones, necesitando a veces de nuestra inclinación para esquivar otras demasiado largas.
En un principio el corredor se mantenía amplio y no ofrecía ningún obstáculo, pero tras media hora de caminata nos encontramos con un eminente impedimento; se estrechaba hasta dejar un pequeño agujero por donde podía pasar una persona arrastrándose por el suelo. Por lo tanto, pasamos en fila.
Ethan pasó primero, yo tras él y Pedro fue el último. Tras esto, caminamos durante cuatro horas ondulando y esquivando obstáculos; daba la sensación de que nos perdíamos, no que fuéramos hacia el oeste, a fin de llegar al otro lado del Mundo Conocido, pues el pasillo giraba y cambiaba de orientación continuamente.
Tras recorrer un sinfín de pasillos nos introducimos en la primera caverna grande. Se hallaba allí una enorme sala antiquísima con unas dimensiones considerables, cubierta también de estalagmitas y estalactitas. El techo de ésta, estaba abierto; una dolina (es decir, una abertura ancha y circular), por la que penetraba la luz blanquecina difusa de las primeras horas del alba. Ya que nos sentíamos derrengados, decidimos quedarnos en esa estancia a descansar el tiempo que fuera necesario, aprovechando esa última luz antes de adentrarnos en las umbrosas tinieblas más absolutas.
–Es un emplazamiento idóneo para, por fin, poder descansar de estos fatídicos días –manifestó Ethan–. Echemos a suerte quién hace guardia. Pues…, estoy muerto de sueño y por lo que puedo apreciar en vuestros rostros, vosotros también.
–Yo haré guardia ahora –sugerí–, pues, me temo que si lo hiciera Pedro, se quedaría dormido nuevamente y no nos avisaría para que lo relevemos.
–Estoy de acuerdo –respondió Pedro bostezando–. Me voy a dormir. Lo siento mucho Daniel, pero tienes razón. Lo ideal sería que descansáramos los tres. Parece una sala muy tranquila y segura, no creo que haya problema alguno.
–Es importante no bajar la guardia –advirtió Ethan–. Nunca se sabe lo que puede entrar por ese pasadizo, o por el otro del cual venimos. No quiero imaginar que nos harían mientras dormimos un grupo de esos reptiles saltarines, tan cabrones. Si Pedro es tan inmaduro e irresponsable y no se puede confiar en él; pues, entonces, lo echaremos a suerte entre tú y yo.
–Lo lamento pero me fallan los ojos –expresó Pedro mientras preparaba su saco de dormir–; se me nubla la mente. No volvamos a hacer esto de viajar varios días sin parar; por favor, os lo ruego encarecidamente.
–Vale, blandengue; yo vigilaré en el primer turno –dijo Ethan–. Tienes 5 horas para descansar Daniel, estaremos pues 15 horas y al día siguiente desayunaremos por dos para reponer fuerzas.
–Pedro vas a dormir ni más ni menos que diez horas seguidas –dije–. Como te quedes dormido en tu guardia, después de eso, te prometo que mi hechizo Calentar te quemará el culo, ¿entendido?
–¡Ja, ja!, Qué bruto eres; –se mofó Pedro–. Si empiezas haciendo un mal uso de tus poderes no sé yo qué será de ti; en que te convertirás.
–¡Ja, ja!, Tan sólo bromeaba –respondí–. Bueno, que descanses.
Mientras avizoraba atentamente, apenas en los primeros minutos de mi turno, sobre las 7 de la mañana aproximadamente comencé a percibir algo extraño, los angustiosos sollozos de una mujer o de la misma chica de antes y me pregunté a mí mismo si no desvariaba, si no estaba soñando. A poco, esos lloriqueos se fueron haciendo más audibles, más palpables, y pensé: “¡No puede ser posible!… ¿Esos condenados salvajes vienen hacia aquí? ¡No es posible…! Debo estar teniendo alucinaciones… Sí…, debe de ser eso…, pero escucha Daniel atentamente… Pon los oídos en la galería… ¡Sí! ¡Se dirigen hacia aquí!”
–¡Despertar!… ¡Despertar!… ¡Los salvajes!… ¡Oh, dios mío!… ¿Dónde no hemos metido? –los desperté como pude, susurrando, evitando producir un ruido lo suficientemente fuerte como para que lo percibieran los indómitos.
–¿Ya es la hora del relevo? –respondió Ethan cálidamente arrebujado en su saco y en un abrir y cerrar de ojos salió de él mediante un impetuoso salto, y acto seguido, despertó a Pedro zarandeándolo–. ¡Despierta! ¡Hay que partir ipso facto!
–No me digas que nos siguen, ¿Por qué? –preguntó Pedro cariacontecido y adormilado.
–No disponemos de tiempo, recoge tus cosas –le pedí–. Yo ya tengo todo listo ¡vamos! ¿No lo oís?
–No tiene sentido… ¿Nos están siguiendo? –preguntó Pedro.
–No lo sé, ¡Cómo quieres que lo sepa! –respondió Ethan–. Escapemos por la galería hacia la gruta, no tenemos otra alternativa.
Recogimos el campamento vertiginosamente y partimos introduciéndonos en el único camino posible, hacia el interior de las entrañas de la tierra; tierra que recorrimos apresuradamente al principio y en el momento en el cual nos alejamos suficiente de los murmullos, rodeados de obscuros pasillos ligeramente iluminados por mi PUOX y una antorcha que portaba Ethan, proseguimos caminando a un ritmo moderado. Por un momento llegué a pensar que sería nuestra perdición; pero en ese instante me sentía algo más tranquilo, más seguro.
Surcamos cariacontecidos y somnolientos como liebres heridas por el cruel destino de una flecha, perdidos en la oscuridad, las terribles y agonizantes profundidades insondables. Aquel sinuoso pasadizo, aquel techo repleto de estalagmitas; entre sombras de fantasmas, entre murciélagos solitarios.
Pisamos sobre un incontable número de claustros congénitos. Pedro avanzaba sonámbulo como si su alma se encontrara dormitando; Ethan marchaba en la delantera escrudiñando los posibles obstáculos; en el momento que yo iba en la retaguardia, miraba hacia atrás de vez en cuando, y lo que percibía no me gustaba nada, ya que era como una umbrosa pesadilla. Me aterraba la idea de que una infame zarpa de salvaje me degollara desde atrás; no obstante, por más que volviera la mirada, por más que clavara mis pupilas al fondo de la penumbra, no notaba nada, no veía nada, no escuchaba nada; y eso me aliviaba en gran medida. La oscuridad nos envolvía de tal manera que empecé a tener visiones de sombras más oscuras aún que se movían en algún recóndito lugar del pasadizo dejado atrás.
–¿Cómo puede ser que se dirijan hacia aquí? –pregunté–. ¿Habrán notado nuestra presencia?
–Quién sabe –se pronunció Ethan–. Rezo porque hayan entrado porque nos estén siguiendo…, el otro planteamiento es mucho más preocupante.
–¿A qué te refieres? –preguntó Pedro con una voz que manifestaba por su timbre entrecortado, el miedo a la muerte, el miedo a caer por un precipicio infinito.
–El otro motivo –respondió Ethan–, debe ser, muy a mi pesar…
–¡Qué tengan su guarida en el interior de las entrañas! –expresé.
–Sí, eso era lo que tenía en mente –manifestó Ethan–, pero bueno, si seguimos andando, rápido los dejaremos atrás. Mirar…, una encrucijada…, veis…, aquí la gruta se bifurca en tres pasillos; uno con destino al oeste; este otro, se orienta al sur; y la última galería más angosta, aquella, mirando al norte.
–Ahora se nos presenta una ardua decisión –opiné–. Seguir la del oeste sería lo más razonable, ¿no os parece?
–¿Por qué no se lo preguntas a ella? –solicitó Ethan.
–Voy a preguntárselo…, Cleo…, ¿Cleo estás ahí? Cleo…, ¡Cleopatra! No responde, qué raro… ¡Cleo! Será posible…, por una vez que realmente te necesitamos no respondes…
–No te alteres chico –dijo Ethan–, es probable que aquí no haya cobertura, me temo que estamos solos en ésto hasta que consigamos salir de esta caverna.
–Yo elegiría –dijo Pedro– el del oeste porque nos dirigimos en esa dirección…
–Eso sería demasiado evidente –respondió Ethan– entremos en el del sur…
–Yo creo que deberíamos entrar en el del oeste –protestó Pedro–, ¡es lo más lógico! La salida está en esa dirección, el oeste… Vamos… Pongamos rumbo…
–Bien… Vamos a probar por el del oeste –dije.
–Muy bien, vosotros habéis elegido por mayoría –respondió Ethan–; no obstante, que me parece demasiado sencillo.
Elegimos poner nuestros pies, uno tras otro, sobre los cimientos del pasadizo del ocaso. Pronto nos encontramos con que se estrechaba angostamente hasta el punto que llegué a sentir que me faltaba espacio para continuar avanzando. Más tarde, cerca de las 9 horas aproximadamente las paredes ocres se volvieron a ensanchar confortablemente y continuamos caminando aliviados por el espacio que nos regalaba la madre tierra. Al cabo de un rato entramos en una enorme galería, un pequeño templo natural, en el cual descansamos un par de horas. ¡Cuán aliviado me sentía al poder por fin sentarme! ¡Cómo disfrutaba yo del agua fresquita de la cantimplora! Serían ya cerca de las 10 horas cuando retomamos el rumbo hacia poniente durante varias horas hasta que llegamos al final; finalizaba en una galería sin salida alguna.
–¡Os lo advertí! –dijo Ethan–. Yo soy mayor que vosotros, tengo más experiencia en la vida. Cuando opino algo, es por una razón.
–Tenías razón… –respondí–. No obstante…, hagamos una cosa. Descansemos de estos días funestos y agotadores, durmamos por fin como es debido en esta pequeña guarida.
–Bien…, descansemos…, –dijo Ethan–, Pedro te toca hacer la guardia primero, yo estoy agotado… Voy a dormir ahora mismo.
–Está bien –respondió Pedro con un bostezo.
–Despiértame dentro de cinco horas para que te releve –le dije, mientras preparaba mi saco.
Tras unas bien merecidas horas de descanso volvimos por el pasillo en retorno hacia la encrucijada y una vez llegamos allí:
–¿Ahora qué galería elegiremos? –preguntó Pedro–.
–Puesto que anteriormente elegisteis vosotros –resolvió Ethan–, ahora tomaré yo la decisión: vamos a ir por aquí, éste, que se encuentra orientado en dirección al norte. ¡Seguidme!
–Bueno, da igual el que elijas –dije–, pues no hay nada que indique que es mejor elección que el del sur. Sin embargo, pronto veremos si tienes suerte.
–En eso, sí que te doy la razón –respondió Ethan–: no es fácil saber el destino de un trayecto no recorrido; deseo que si no es el correcto, lo descubramos rápido; antes de hacernos perder otra jornada más de viaje. ¡Ah…, mirar! se vuelve a estrechar.
–¿Otra vez nos tenemos que arrastrar como gusanos? –protestó Pedro–. ¡Qué pereza!
–¡Por aquí no puede ser, Ethan! –dije viendo que teníamos que colarnos por un agujero muy angosto y oscuro. Es demasiado estrecho, ¡no te metas por ahí hombre! ¿Y si luego no logras salir? Por ahí no es, volvamos y tomemos el túnel del Sur.
–Todo lo que entra, sale… Esperarme aquí –ordenó Ethan a la vez que se colaba arrastrándose en el interior del agujero en el cual se había estrechado las paredes color ocre.
–¿Qué ves? –preguntó Pedro–. ¿Hay salida?
–No puedo seguir avanzando –gritó Ethan desde el interior del túnel.
–Vuelve si puedes –le pedí.
–No tengo espacio ni para girarme. Voy a tener que regresar arrastrándome hacia atrás al igual que un cangrejo… Voy ya de vuelta, en el instante que veáis mis pies avisarme, ¡Joder! ¡Qué agobio estoy padeciendo!
–Ahí estás –dije aliviado, pues ya creía que se quedaría atrapado de por vida al igual que un topo en una madriguera sin salida.
–Menos mal –manifestó Ethan–, ha sido muy agobiante y me faltaba el aire ahí adentro; no volveremos a hacer ésto… Espero encarecidamente que el pasaje del sur sea el verdadero, porque ya no queda otro y temo que nos hallamos equivocado de cueva.
–No hay error –objeté–, es la correcta; fue confirmado por Cleopatra.
–Bueno –dijo Ethan–; si Cleo lo afirma ya es otra cosa y veremos si nos podemos fiar de sus afirmaciones. Vamos, retomemos la travesía volviendo sobre nuestros pasos, pero primero beberé un poco de agua.
Retomamos la búsqueda nuevamente, paso tras paso, acercándonos a la bifurcación, y en el momento que llegamos, tomamos el último corredor, es decir, el que primeramente se orientaba hacia el Sur.
Más tarde, tras andar unos cien pasos se empezaba a hundir cuesta abajo, descendiendo vertiginosamente has el punto que me llegó a dar la sensación de que no era natural, debía ser una galería minera abandonada hace vete a saber cuánto tiempo. El descenso fue alargándose a lo largo de los minutos, y en un momento recuperamos la horizontalidad y entonces giró zigzagueando unas cuantas veces hasta que se volvió en dirección oeste, en una curva que tampoco parecía ser congénita.
Miré el reloj: eran las 19:34 del día 18 de mayo, en el momento que empecé a sentirme algo fatigado, fatigados todos por la falta de aire, fatigados por la falta de sueño. No se trataba de descansar lo que necesitábamos, sino desprendernos de esa sensación claustrofóbica que sentíamos. Descendiendo por él, por pasillos umbrosos, pude observar una serie de piedras ligeramente iluminadas por la tenue luz blanquecina de mi PUOX; de colores blancos, violetas, verdes, incrustadas en los muros abruptos de este pasillo natural, las cuales, debido a mi ignorancia en mineralogía no llegué a conocer sus nombres científicos. Tampoco tuve la posibilidad de consultarle a Cleopatra sobre ellas.
Al cabo de un rato, las paredes rocosas que nos envolvían empezaron a ensancharse otra vez hasta dejar un amplio túnel por el cual podíamos cómodamente caminar los tres juntos. Entonces, decidimos que era un buen lugar para detenernos a cenar y reposar unas cuantas horas; dormir una pizca quizá. Me dio nuevamente el extraño presentimiento de que parte del corredor había sido ensanchado por la mano del hombre.
–Bueno… Descansemos aquí un poco… –dijo Ethan–.
–Estoy de acuerdo –respondí.
–Vamos a comer, que tengo gula –solicitó Pedro–. Saca unos panecillos, Daniel, que me suena el estómago. ¿Queda todavía atuntrucha?
–Sí, disponemos bastante latas en conserva aún –contesté–, pero es importante que lo racionalicemos, pues supone nuestra principal fuente proteínica, por lo menos hasta que consigamos salir de este agujero.
–Opino igual –dijo Ethan–. Y no sólo eso, sino que deberíamos también racionalizar el pan como primordial alimento enérgico y comernos antes la fruta que se pudrirá pronto, por lo tanto, Pedro, aquí tienes dos manzanas y un plátano. Ésta será la cena de hoy; mañana, al medio día, nos haremos un pequeño bocadillo con atuntrucha para desayunar y deberemos aguantar hasta la noche sin comer nada.
–Nos vas a matar de hambre Ethan –protestó Pedro–, creo que tenemos comida de sobra para una semana, no veo la necesidad de ser tan avaro con las provisiones. Si no encontramos la salida nos volvemos y ya está.
–¿Quién te ha dicho a ti –dijo Ethan– cuánto tiempo necesitaremos para llegar al otro extremo o encontrar la salida en un sinfín de encrucijadas? Hay que andarse con cuidado si no queremos morir de inhalación en medio del trayecto; no vaya a ser que de repente nos surgiera la necesidad de volver sobre nuestros pasos, con el requisito de retornar a Colorado a fin de reemprender el viaje con más víveres esta vez, con el fin de localizar la dichosa puerta del Mundo Conocido; no olvidéis lo que nos advirtió Cleopatra: no será fácil.
Al cabo de unas horas de caminata, tras recorrer innumerables números de túneles zigzagueantes, o al menos yo no los conté, en un intervalo cercano a las 23:00 horas, encontramos una pequeña sala grisácea esculpida por la madre naturaleza, en concreto, por la erosión del agua que tras descender por una cima desde la superficie recorría las entrañas de la tierra; por lo tanto, debió de haber existido allí, hace, inconmensurable tiempo, un manantial el cual se estancaba parcialmente en esa caverna creando un pequeño lago subterráneo, este espacio fue haciéndose cada vez más grande a lo largo de los siglos hasta crear una espléndida gruta; un espacio perfecto para los vampiros, una morada idónea para los murciélagos. Allí se encontraban algunos de su especie, colgados en el techo, agarrados entre estalactitas con una habilidad acrobática la cual yo admiraba encandilado. Ellos allí, atisbándonos interrogativamente con una expresión en sus negros ojos que manifestaban –me imaginaba yo mientras los observaba– que no podían comprender por qué motivo unos seres como nosotros, los cuales danzábamos habitualmente a la luz del día, nos encontrábamos allí perturbando su cotidiana tranquilidad; además, osábamos dormir en su santuario milenario.
Un bonito sitio donde poder descansar, pues, ¿Quién nos atacaría en aquel lugar tan apartado de la vida? ¿De la salvaje y depredadora vida? ¿Vida regida por la cruel ley del más fuerte? ¿Del bicho más diestro? No me gustaba ni poco ni mucho la presencia de aquellos chupa sangres; pero la inquietud dio paso a la serenidad, al comprobar, por ciertos indicios y señales me pareció que ellos nos tenían más miedo; hasta el punto que llegué a sentirme avergonzado por el estrés nada habitual que le creábamos.
Aquella noche Pedro hizo el primer turno de vigilancia; faltaba no poco para despuntar el día cuando me tocó sustituirle, jornada que realicé solemnemente y atentamente escrudiñando las dos grutas y de vez en cuando volaban unos murciélagos que me hacían girar mi cabeza hacia la bóveda, columbrando sus aterradores movimientos. Puesto que no resultaban agradables, la verdad; son semejantes a ratas voladoras; esa era mi opinión y la sigue siendo en la actualidad; según mi manera de pensar, la naturaleza no había sido generosa con ellos, desterrándolos biológicamente a los lugares más recónditos de la tierra, allí donde no pudieran asustar a los niños mimados de las regiones sublunares. Cerca de las 5:00 horas le cedí el turno a Ethan, muy alegre por poder yacer nuevamente.
–Ahora, descansa una pizca más –me dijo Ethan– que mañana será una jornada larga, monótona y agotadora.
–¿Estás seguro que quieres vigilar tú? –dijo Pedro–. No me parece a mí que haya ningún peligro aquí adentro. ¿Por qué no sigues descansando?
- ¡Pero, qué estás diciendo! –dijo Ethan–. ¿Ya se te han olvidado los salvajes? ¿Y qué hay de esos malditos reptiles chupa sangre?
–Es verdad; tienes razón… –dijo Pedro–. Seguiré durmiendo.
Algo extraño sucedió en aquel momento, momento en el cual sentí cómo cuatro manos me arrancaban de mi sueño. Cuando me percaté de lo que sucedía y abrí los ojos contemplé horrorizado la figura de Pedro arrastrada a la fuerza por dos aborígenes de piel atezada, sucios, vestidos con ropas andrajosas, hechas con pieles de animales. Lo inmovilizaban agarrándole de los brazos y nos obligaban a seguir por la galería a la cual nos llevaban. Pensé mientras me palpitaba el corazón tan fuerte que no me cabía en el pecho: «Es el final de todo… Aquí terminó nuestra aventura.»
XIII
Nos llevaban prisioneros hacia algún lugar; avanzando lentamente, pude comprobar que serían un grupo de unos siete varones jóvenes de nuestra raza; fuertes y ágiles. Su tez había sido atezada por el sol. Se comunicaban en un idioma para mí incomprensible. Portaban grandes machetes y un arco al dorso; su ropa estaba hecha de cuero marrón, tanto los pantalones, como las camisetas, las cuales eran de manga corta. Las manos que me sujetaban se veían llenas de callos propios de una vida poco civilizada y dura; sus ojos eran inexpresivos, como si no hubieran sido amamantados por sus madres. Sus cabelleras, de tonalidades entre negro y rubio; los dejaban crecer largos y sucios, retenidos en una especie de coleta trenzada que les colgaban por las espaldas hasta la cintura.
Al girar mi cabeza en un intento de contemplar a uno de los salvajes que me agarraba prisionero, comprobé aterrado su fisonomía: su piel se mostraba envejecida, ligeramente arrugada a pesar de parecer ser joven aún. Lucía una frondosa barba la cual, parecía recortada irregularmente como si lo hubiera afeitado un barbero borracho. Un rostro inexpresivo me miraba sin compasión; aunque a veces era mejor que la mueca amenazadora que adoptaba cuando yo hacía demasiado tiempo.
Avanzamos durante unos diez minutos por un sinfín de pasillos tonos ocres, hasta que, en un momento del trayecto miré hacia arriba, pues, columbré una gran abertura en el techo, parecida a una chimenea natural por la que llegaba la luz solar desde la superficie, a más de diez metros. A su vez por esta sima caía abundante agua que se transformaba al llegar al suelo en un manantial subterráneo, acompañándonos a lo largo de los pasillos por este túnel.
–¿Qué quieren de nosotros? ¿Hacia dónde nos llevan? –pregunté en un intento de persuadir a nuestros captores, pero no recibí ninguna respuesta, y me dio la sensación de que eran sordos, pues por más que les interrogaba no me contestaban, ni siquiera me miraban.
Parecía que estos seres se encontraban medio dormidos o sonámbulos, tal cual si no les corriera la sangre por sus venas. Por más que intentara comunicarme con ellos, con gestos y expresiones fue imposible llegar a sacarles una sola pizca de humanidad, de inteligencia, de piedad.
En un instante, tras unos 3 minutos llegamos a una gruta de generosas dimensiones, la cual, fue adaptada por aquellos idólatras para sus pérfidas y enfermizas ceremonias; ritos de sacrificio en honor a su Deidad del subsuelo.
Se hallaba allí una sala iluminada por antorchas adosadas a los muros color pardo. Cerca de una especie de altar esculpido, situado en el centro, se encontraba ensuciado por restos de humanos y de animales, restos de sangre seca y húmeda. Entonces comprendí horrorizado que lo que nos aguardaba no era nada bueno. ¿Seríamos tal vez sacrificados en uno de sus repulsivos rituales? ¿Para luego comer la carne del enemigo dándole las gracias a su perverso Dios Tierra?
Al llegar a allí, nos colocaron en un rincón de la gruta, lugar donde se encontraban presos un clan de unos siete salvajes sentados en el suelo, amarrados con sogas; seis hombres y una mujer joven, la cual pude apreciar que era de cabellos de un tono intermedio entre castaño y rubio. Su epidermis estaba atezada como la de los suyos, pero lucía lozana. Tenía una cara muy bella, con unos bonitos ojos grises, con unas buenas proporciones faciales y físicas; de altura mediría 1,75cm o quizás más, era delgada y esbelta pero con peligrosas curvas y músculos desarrollados por una vida como guerrera, no como cocinera.
Parecía por su expresión que había estado llorando hasta que se le acabaron las últimas lágrimas; ahora esperaba con los párpados cerrados y cabeza agachada como resignada, aguardando su infamante final. «¿Acaso sería la mujer que oímos llorar?¿Qué hizo para merecer tal castigo?». Éstas angustiosas reflexiones se me pasaban por mi mente al contemplarla y no fui capaz de aguantar mis ganas de llorar, pero no lo hice por vergüenza y tan sólo se me empaparon un poco los párpados. Nos colocaron cerca de ella. Nos sentaron, y nos amarraron a los tres con cuerdas en las muñecas. Intenté conversar con ella:
–¿Hablas nuestro idioma? –le pregunté con una expresión en mi rostro que intentaba ser tranquilizadora, sin embargo, la conmoción que debía mostrar debió de parecer ridículamente despavorida; ya que, al mirarme ella, más que miedo, percibí en su semblante la compasión por un niño.
–Sí… Hablar…, un poco, ¿cómo llegar hasta aquí habitantes del Reino?
–¿Qué es lo que quieren hacernos? –le interrogué, asustado, mirando de soslayo al altar.
–Lo más terrible…, morir por el Dios Tierra; un ritual milenario, realizad… realizado con sus enemigos capturados.
–¿De dónde procedéis vosotros? –interpelé.
–Mi clan…, habi…, habita…, en las tierras del oeste, más allá del Reino de América… Hace una…, semanu…, semana, aconteció una contienda entre nuestros clanes; eran más que nosotros y mejor armados… Ganaron la batalla y nos…, traer aquí a nosotros. Como es costumbre entre ellos adorar al Dios Tierra, este lugar queda reservado para ellos como sagrado… Aquí ellos venir a sacrificar a sus antagonistas.
–Eso no puedo permitirlo –dije; no sé lo que me pasó–, debemos escapar.
–¿Cómo vas a eliminar cuerde…as? –me preguntó incrédula, iluminada por una sonrisa.
–Espera y verás… –le dije.
No sé lo que ocurrió, pero el pavor dejó de circular por mis venas, y se apoderó de mí una extraña energía impetuosa que se manifestaba con gran emoción desde mi corazón. Empecé a pensar una posible solución; y en poco tiempo me acordé del hechizo “Calentar”, por lo que junté mis muñecas lo más próximas, con la idea de colocar todas las sogas cerca del centro, desde donde surgiría lo que deseaba intentar. Había memorizado ya las palabras mágicas. Las formulé suavemente, susurrando para que no me escucharan: “SO-LIN-KA-NUN OR-GO-TU-NIN ZO-UN” y volví a formular la mismas palabras tres veces seguidas. Comprobé, efectivamente, cómo se encendía mi marca hallada en la palma de la mano izquierda, esa esfera redonda y una potente luz naranja surgía de ella, el calor que creó alrededor fue tal que las ligaduras se deshicieron, mientras miraba de reojo a la rubia y le guiñaba un ojo, me quité las cuerdas con las manos que me amarraban los pies y me deslicé rápidamente hacia una esquina de la gruta poco iluminada. Oculto ya bajo la umbrosa oscuridad, volé a toda la celeridad que me permitió el sigilo hasta la entrada de la galería por la que nos habían arrastrado desde nuestro último campamento.
Una vez me hallé en el pasadizo de vuelta a la gruta, invadió mis entrañas nuevamente el terror más absoluto, a causa de la tenebrosidad, la cual no me permitía ver nada, ni por dónde caminaba; entonces, recordé la existencia del PUOX, pude comprobar que en las más obscuras tinieblas sus teclas se iluminaban invitándome a presionarlas. Pulsé la tecla blanca e instantáneamente se hizo la luz. Se iluminó tenuemente el túnel por el cual corrí hacia donde fueron abandonadas nuestras armas y mochilas. Tras cinco minutos corriendo a la celeridad que me fue posible exigir a mis piernas empecé a oír pisadas detrás de mí, por lo tanto, comprendí que ya se habían percatado de mi huida y corrí más intensamente hasta los límites de lo posible. Unos instantes después, tropecé y me caí al suelo, pero no tenía tiempo para lamentaciones y volví a levantarme enérgicamente como si hubiera estado guardando esa energía para un momento similar. Seguí cojeando, desplazándome hasta que llegué a aquella sima por la que entraba la luz y caía el agua.
Me alegré porque ya me quedaban tan sólo unos pocos pasos; y supliqué en mi interior que hubieran dejado abandonadas nuestras armas en la gruta de los murciélagos. Cuando llegué, pude comprobar aliviado que así erraron; ¡cuán tontos que fueron y cuán afortunado fui yo en aquel momento! Recogí mi arco y mi espada con manos trémulas. Me fui rápidamente al inicio del pasillo por el cual pude vislumbrar algunas sombras. Entonces me percaté gracias al sentido de mi oído que venía corriendo un salvaje hacia mí, machete en mano, aproximándose por el corredor mientras gritaba algo desagradable. Entonces, se me ocurrió una idea. Apagué la luz del PUOX y preparé el arco. Y una vez preparado para asaetar, me tiré al suelo y apunté con el arco ligeramente inclinado hacia arriba. Dejé a mis oídos y a la ligera luz de la antorcha que me indicara cuándo debía lanzar la flecha.
¡Zas! Lancé al instante, pues noté que el hombre se precipitaba sobre mí, machete en mano, como enloquecido por un impulso irracional que nada tiene que ver con lo humano. Empezó a gritar cuando me vio; pero ya era demasiado tarde, puesto que, mi flecha hizo diana en todo su pecho, a lo que el atacante cayó al suelo entre gritos. Acto seguido me levanté y con mi espada lo rematé, sin compasión; pero altamente horrorizado por sacrificar a mi primer humano. Se mezclaron en mi mente sentimientos y temores por mi propia supervivencia, los cuales me convirtieron, por un momento, en un abyecto asesino. Yo, que soy compasivo en grado sumo, me entristecía; mas todavía me quedaban siete antagonistas; preocupación que me hizo olvidarlo ipso facto y empecé a cavilar detenidamente en éste problema.
Tras unos segundos de duda me acerqué hasta la sima, la cual iluminaba tenuemente sus alrededores. Entonces, al ver el afluente me vino a la mente una idea. Saqué una olla de mi mochila, la llené y herví el agua usando el hechizo Calentar. Después, la dejé temporalmente cerca de mis pies. En un instante me percaté de que se dirigían hacia mí tres demonios poseídos más, de estos antropófagos deshumanizados. Contemplé que uno de ellos portaba un arco. Y, ¡Zas!, le asaeté, lo más veloz, acertando de lleno en su vientre y cayó al suelo como un cuerpo inerte; expresión agonizante. Los otros dos, al ver lo que había hecho, ambos, se precipitaron gritando hacia mí: «Es mi fin» pensé mientras recogía la olla del suelo arrojándosela al primero en toda su cara. Gritó éste con el gemido agudo parecido al de una mujer pariendo trillizos, hasta el punto que, llegué a pensar que me rompería los tímpanos. Y le lancé una flecha que atravesó todo su estómago. Su compañero, al percatarse de la suerte que habían corrido sus aliados, salió corriendo en dirección contraria, en un intento desesperado por salvar su vida. Le lancé una flecha, sin compasión, la cual le atravesó su cadera, y otra más, para rematarlo y acabar con su agonizante sufrimiento.
«Quedan cuatro» pensé aliviado; pues, después de todo lo que hice, después de todo lo que maté, mi talante evolucionó radicalmente y se apoderó de mí un valor jamás experimentado; la adrenalina: aquella química desconocida para mí, en aquel tiempo; la cual se manifestaba con furia, impidiendo a mi pánico que me impulsara a huir; de abandonar atemorizado a mis camaradas en aquella delirante pesadilla.
Avancé a través de galería arrastrándome como una oruga, después de llenar nuevamente la olla de agua, lentamente y con la luz del PUOX apagada, en la más absoluta obscuridad. Seguí avanzando, lentamente, tanteando las rocas con las manos y agudizando mis oídos, ya que no quería delatar mi posición a mis enemigos. No era en ese instante temor a la oscuridad lo que sentía, sino que al notar mi presencia lastimaran a mis amigos con el fin de coaccionarme. Sin poder ver las obstrucciones, rocas en su mayoría, ni ver los cadáveres de los ignominiosos, que tuve que apartar repulsivamente, seguí adelante como pude, pausadamente, sintiendo la fría humedad de la piedra en mi piel.
No las tenía todas conmigo; así como ellos debían de estar al tanto ya de la desventura de los suyos y por ello estar alerta; ahora yo sentía la necesidad de acabar cuanto antes, por lo que empecé a arrastrarme más rápidamente. Entonces, unos instantes después, volví a oír pisadas de gente que corría y me sentí tan abrumado que mi corazón volvió a latir tan fuertemente que me produjo una sensación extraña, por la cual explotaría en cualquier momento.
Cuando me percaté de su llegada, les lancé la olla de agua hirviendo, previamente calentada, y, en un suspiro, saqué mi arco y disparé dos flechas. Llegaron los gritos de desesperación hasta mis oídos y en ese momento encendí la luz del PUOX para percatarme de lo que había sucedido. Uno de ellos había sido alcanzado por mi flecha en una pierna y otro intentaba por todos los medios llegar hasta mí, portando un hacha en la mano derecha. Sin escudo, no podía yo tolerar que me alcanzara, puesto que, si ocurría así, podía darme por muerto. Con una velocidad que ni en cien años de entrenamiento podría haber adquirido un alumno de la Academia de Colorado, cogí una flecha de mi carcaj mientras me levantaba del suelo; entre tanto, él se abalanzó sobre mí y alzó el hacha. Yo lancé la flecha en todo su rostro, provocándole soltar el hacha, que cayó al suelo, estallando un sonido estremecedor; pero más intenso fue el aullido de dolor que articuló este infame salvaje, hijo de satanás.
Se me presentó la apremiante necesidad de rematar a ambos guerreros, tirados sobre el suelo agonizando de dolor; pero no podía permanecer indiferente ante los ruegos y les perdoné la vida; no obstante, más tarde llegué a pensar que había sido un error; no sólo por la posibilidad de que pudieran arrastrarse y volver a atacarme, sino también por la muerte lenta y dolorosa que iban a tener que padecer. Pueden figurarse por tanto con qué apesadumbrados sentimientos seguí avanzando hacia adelante; con qué pesar soporté los aullidos de dolor de mis víctimas; cuán horrorizado me sentía y a la vez sentí padecimientos y temores por mi propia vida, pues aún no había acabado con todos éstos malditos depravados, con todos éstos malditos idólatras. «Quedan dos». Me paré un momento para pensar qué hacer: si seguir o esperarlos allí: «debo ir; de lo contrario mis amigos sufrirán las consecuencias… La venganza de éstas pobres fieras»
Al cabo de un rato salí corriendo a toda la presteza que me permitieron las danzas del sigilo, entre tanto que preparaba el arco con una flecha y me colocaba otra en mi boca a fin de poder reponerla más rápidamente en el caso de que errara el primer intento; un truco aprendido en la Academia. En unos instantes llegué a la gran gruta; pero, por más que mirara, por más que recorriera con mis ojos de esquina a esquina no vi enemigo alguno. Allí se encontraba el altar, junto con los prisioneros sentados sobre el suelo rocoso; no obstante no se apreciaba rastro alguno de la última pareja de salvajes. Temeroso, me acerqué a mis amigos, mirando en todas direcciones.
–¡Daniel, gracias a Dios! ¡Han huido por aquél otro corredor! –gritó Ethan–. ¡Ha sido increíble lo que has hecho! ¡Nos has salvado a todos! ¿Cómo lo has conseguido?
–Tras deshacer las cuerdas con el hechizo Calentar –le expliqué mientras le liberaba– me dirigí hacia nuestro campamento y puede comprobar afortunadamente que habían cometido el error de dejar nuestras armas y avituallamientos. Entonces todo lo demás fue fácil: unas cuantas flechas, agua hirviendo arrojadiza del manantial…
–¿Agua hirviendo del manantial? –preguntó Pedro sonriendo.
–Sí –aclaré–, como intuirás la calenté con el conjuro dentro de una olla…
–Qué ingenioso que eres –manifestó Ethan con una poco habitual sonrisa–. Es hora de que volvamos a por nuestras cosas; deja a estos salvajes amarrados de momento, luego, pensaremos qué hacer con ellos.
Y así lo hicimos. Momentos después cuando volvimos con todas nuestras provisiones nos dirigimos a los prisioneros:
–¿Qué…, qué hacer con…, nosotros? Yo ser…, jefa clan de –preguntó la mujer rubia.
–Si prometéis no hacernos ningún daño os liberaremos con la condición de que volváis a vuestra aldea –dilucidó Ethan.
–Nuestro clan fue vencido… Ya no retener nada allí… Soltarnos y ser nosotros vuestros esclavos –expresó ella, con una voz más medrosa de lo habitual–, haremos todo órdenes.
–Eso suena interesante –dijo Pedro sonrojándose– ¿de qué servicios estamos habl…
–¡No seas bobo Pedro! –expresó Ethan–. De comerte cuando estés durmiendo; no pueden venir con nosotros; no es seguro; recordar que han comido humanos; ¿no habéis probado la carne humana?
–Nosotros no –contestó la chica horrorizada–, nuestro clan no…
–Nosotros nos encaminamos hacia el exterior –le comuniqué– a través de esta senda, siguiendo el recorrido de las profundidades.
–¿Os dirigís a Mundo Tesoros? –preguntó ella–. No es seguro, el camino es poco…, transitable.
–¿El Mundo de los Tesoros? –preguntó Ethan interesado–. ¡Habla! ¿Qué tesoros?
–Tesoros muy…, muy… Gran riqueza en ruinas… Yo esclava vuestra…, y guiar hasta allí… Mis amigos acompañarnos…, yo ser su líder, ellos ser esclavos míos y obedecerme hasta su muerte. Yo guiaros por la cavernas…, ¿de acuerdo?
–No confiamos en vosotros –dijo Ethan–, ¿qué nos garantiza que no nos vais a atacar para comernos?
–¡Ja, ja, ja!… Nosotros no hacer eso… sólo comer enemigos vencidos guerra en ceremonias Dios Tierra. Pero ahora nosotros esclavos vuestros, os obedecer en todo, todos órdenes, todo cumplidos. Nosotros proteger tú, tú y tú…, con vida…, de los Goorlinds…
–¿Los Goorlinds? ¿Quiénes son los Goorlinds? –preguntamos Ethan y yo a la vez, y Pedro se acercó un poco más para oír mejor.
–Los Goorlinds ser criaturas de las profundidades. Ellos vivir en oscuridad y arrastrar por la tierra como ratas; pero ser con cuerpo de humano; cabeza forma humana…, ser pálidos de piel; ojos grandes…, ellos no soportar luz; no gustar… Ellos alimentar de todo incluso entre ellos… Siempre estar en profundidades, pero ahora ser muchos más que antes… Por eso ahora camino difícil, ya no pasar nadie.
–¡Dios mío! –exclamé– ¿Qué clase de criaturas son esas? ¿Tiene alguna explicación?
–No entender qué decir –respondió ella.
–¿Mi amigo pregunta por qué viven ahí abajo? ¿En un lugar tan… tan malo? –aclaró Pedro.
–No lo sé, supongo que no soportar la luz –opinó con una sonrisa.
–Ésto no me gusta nada –dijo Ethan–, va a ser jodido descender ahí abajo. ¿No habrá otro camino?
–No conocer otro –dijo ella.
–Los vamos a necesitar como guías –opiné–, y como protección.
–Estoy de acuerdo, liberémoslos –dijo Pedro.
–Es peligroso –opino Ethan–, pero tienes razón, aunque no podrán portar armas: esa es la condición. Pero si aparecen esas alimañas les daremos las armas para que se defiendan. Nosotros confiar en ti…, rubia.
–Gracias –dijo ella–, vosotros no arrepentir, nosotros ser buenos esclavos.
–¿Cómo es que hablas nuestro idioma? –le pregunté mientras la liberaba.
–El abuela de mi abuela ser del Reino de América, mi padre enseñar a mí…, el idioma.
–Pues no te lo enseñó demasiado bien –le dije––; te faltan algunas palabras cuando hablas; sin embargo es normal, son muchos años alejados de toda civilización. ¿Cómo llegó tu tatarabuela a vivir en vuestros clanes? ¿Cuál es su historia?
–Mi clan antes muy grande… Ellos invadir una aldea del Reino hace mucho y secuestrar mujeres como esclavas. Mi tatarabuela ser una de ellas.
–¡Oh, eso es terrible! –expresó Pedro con un semblante de horror en su rostro que parecía haber visto al mismísimo diablo.
–¿Por qué? ¡Ji, ji, ji! –preguntó la salvaje riéndose estrepitosamente, luciendo sus blancos colmillos.
–Porque está mal –dije yo–, hay que respetar a los demás y ayudarlos; no agredirlos… ¿Entiendes?
–Entiendo… Tú querer matrimonio conmigo.
–¡No! No me refería a eso –le dije sonrojado–, lo que quería…
–Mi amigo… quería decir que no está bien hacer daño a los demás –aclaró Ethan–, en cuanto al matrimonio, nosotros tenemos la costumbre de enamorarnos y elegir bien, no tomar la elección tan a la ligera.
–¿Y cuán vuestras esclavas no? ¡Qué raros ser! –opinó la bárbara a la vez que se acariciaba su cabello enmarañado y nos miraba de soslayo.
–¿Cómo te llamas? –le preguntó Pedro aún impresionado por la coquetería de la joven.
–Yo llamar Kisochka –contestó mientras sonreía medrosamente y acariciándose sus áureos cabellos que, aunque algo sucios, no eran por ello menos atractivos.
–Nosotros somos Ethan, Pedro y Daniel –aclaró Ethan–. ¿Te gustaría acompañarnos hacía el exterior?… ¿Guiarnos por la ruta correcta hacia la salida? ¿Tus amigos son de fiar?
–Ellos no ser una amenaza para tus vidas… Ellos obedecer mi… Yo dar órdenes y ellos cumplir o morir…
–No queremos que nadie más muera –aclaré.
–Si ellos no suponen una amenaza –opinó Ethan– podemos hacer que atenacen un machete de los salvajes vencidos y darles las órdenes que nos protejan con su vida; Kisochka, pregúntales a ellos si están dispuestos a mostrarse leales a nosotros… Incluso en el supuesto de que a ti te pase algo; que mueras, quiero decir, y debamos continuar sin ti.
–¡Sí…; ellos obedecer a partir de ahora! –exclamó ella–. Vosotros salvarles a ellos, ellos ser vuestros esclavos…, proteger con su vida.
La chica se comunicó con sus seis compañeros mediante un idioma que nada tenía que ver en común con nuestro Español; a lo que ellos contestaron con gestos y expresiones faciales, un el lenguaje universal entendido por todo ser inteligente; intercalaron una serie de ademanes serviles mientras nos miraban, especialmente a Ethan, el cual, por su actitud, pensaron, no sin razón, que era el líder de la expedición.
–Bien; –dijo Ethan mientras adoptaba una pose, con una mano colocada en la barbilla, mientras, con la mirada perdida parecía estar cavilando sobre los posibles riesgos que podrían manifestarse al liberar a esos salvajes de sus ataduras––. Vamos a soltarlos, pero de momento las armas las guardaremos nosotros hasta que nos cercioremos de que son leales.
–Bien… –dijo la chica con dos ojazos grandes bien abiertos y expresivos como los de una gatita–.Vosotros mandar; nosotros obedecer… No arrepentir…, ser esclavos vuestros hasta la muerte.
–Bien… los soltaremos –dijo Ethan–. Antes de proseguir el viaje descansaremos aquí por unas cuantas horas, para recuperar fuerzas y mañana estar en mejor estado de ánimo y físico, para proseguir el viaje.
Tras liberarlos de sus ataduras, en pocos minutos, construimos un campamento para pasar unas nueve horas descansando por turnos. Nuestros nuevos aliados demostraron su devoción vigilando por turnos; entre tanto que nosotros nos dormíamos por turnos, ya que teníamos plena desconfianza aún en las promesas de lealtad infinita de Kisochka.
XIV
Al despertarme al día siguiente pude verificar en el PUOX que eran las 6:38 horas del 20 de mayo. Así, decidimos seguir por el pasadizo estrecho. Una serie de guijarros de granito, de colores grisáceos y decorados con un sinfín de puntos negros, sobresalían de las paredes del pasillo congénito, el cual, se iba tornando gradualmente del ocre a un tono más oscuro. Al cabo de unas pocas horas de marcha llegamos a un lugar donde el sendero finalizaba en un pozo no demasiado hondo; fue perforado, ciertamente, por hombres.
–¿Se supone que tenemos que descender por ahí? –preguntó Pedro, algo indolente, señalando al gran agujero.
–Debe ser el único camino –contestó Ethan–, ¿qué dices Kisochka?
–Ser por ahí –dijo–, bajar con sogas; ¿vosotros traer cuerdas?
–No –dije–; pero podemos mandar a uno de tus escla…, sirvientes a por las sogas con las que fuimos atados y haremos con ellas una cuerda larga que nos permita descender sin peligro.
–Buena idea Daniel –Opinó Ethan–, tú y tú; ir a la gruta de las ejecuciones y recoger la cuerdas que dejamos allí, traerlas todas sin excepción, ya que necesitaremos toda la que haya disponible. ¡Kisochka traduce!
–Sí señor –confirmó la rubia con un ademán, y acto seguido dio las indicaciones en su idioma salvaje.
La pareja asignada partió inmediatamente, entre tanto que nosotros nos sentábamos a reposar. Al cabo de unas horas, regresaron con las sogas y exhaustos por el viaje, determinamos concederles un descanso: comer allí, puesto que eran ya las 13:00; al haber aumentado el número de personas que necesitábamos alimentar resolvimos racionalizar los alimentos más severamente, asunto en el cual no pensamos en el momento de aceptar la ayuda de este nuevo grupo de aliados.
–Ahora, sí que será importante racionalizar los alimentos –comunicó Ethan–. ¿Kisochka, cuántos días de viaje crees que nos quedan para llegar hasta la salida?
–No conocer respuesta –contestó Kisochka–. Nosotros… saber nada.
–¿Pero no dijiste que podías guiarnos? –le pregunté indignado.
–No, no sé cuánto tiempo ser ne… necesario; lo que sabemos es lo transmitido… nuestros padres: “No ser fácil, haber muchos Goorlinds y minidinos…”
–¡Compsognathus! –gritó Pedro exasperado.
–¡Sí! –siguió ella–. Dinos verdes…, así altos –indicó con una mano–. También haber… en nuestras tierras.
–Aquellos lagartos –valoró Ethan– deben de ser el alimento de esos humanoides, esos Goorlinds; de lo contrario no hubieran sobrevivido allí abajo demasiado tiempo. Se deben comer mutuamente entre ellos.
–¿Y el agua de dónde la consiguen? –pregunté.
–Supongo que habrá algún manantial ahí abajo puesto que ninguna criatura puede sobrevivir sin ella –contestó Ethan.
–Tiene sentido –opinó Pedro.
–¿Nosotros bajar ya? –preguntó Kisochka impaciente.
–En cuanto preparemos la cuerda que necesitamos lo intentaremos –contestó Ethan.
La gran cuerda fue confeccionada creando buenos nudos entre sus extremos, suficientemente eficientes para resistir nuestro peso. El principal problema que se nos presentó fue dónde amarrarlo, pues no traíamos ningún material para ello. Probamos con una estalagmita grande y gruesa que había creado la madre naturaleza en esa estancia, situada en una esquina de la caverna. De modo que hicimos el primer intento bajando a uno de nuestros nuevos lacayos, el cual pudo bajar hasta el suelo sin problemas, acto seguido bajó otro y luego el tercer salvaje. En resumen: la cuerda resultó ser más que eficiente y una vez descendimos todos proseguimos nuestros pasos por un estrecho pasaje de un color marrón muy oscuro.
Era aquél uno de los lugares más turbadores; aún más terrible, inhabitado y desolado, de los que ojeé en mi tierna vida; no sólo por la eterna oscuridad que reinaba en aquel espacio cerrado, sino también por el poco oxígeno que disponíamos; notábamos su carencia por el calor y la asfixia que nos entraba, hasta el punto que, llegué a sentir la necesidad de quitarme la camisa en un intento desesperado por aliviarme durante un exiguo espacio de tiempo; asimismo, intenté beber un pequeño sorbo, lo cual me alivió; no obstante, sólo fue un refrigerio temporal y en unos instantes sentí nuevamente la necesidad de refrescarme. Tan sólo existía un impedimento: y era que habíamos pactado racionalizar los alimentos y el agua, hasta que encontrásemos un nuevo manantial subterráneo.
Mis camaradas se encontraban en la misma tesitura; observé cómo sudaban, cómo se desabrochaban sus camisas, cómo suspiraban y miraban hacia atrás agobiados. En cuanto a los salvajes, parecía no afectarles; Kisochka avanzaba alegremente sin expresar en su semblante el más ínfimo abatimiento. Tras ella andábamos sin decir ni una palabra, Ethan, yo, Pedro y por último los seis lacayos de ella. En las siguientes horas de caminata, la galería bajaba y zigzagueaba a su antojo hasta que en un momento dado, llegamos a una especie de rampa como una escalera de caracol, la cual no parecía ser natural; pues la mano humana debió sin duda esculpir aquellos escalones. Bajábamos a una velocidad preocupante, «¿Hacia dónde nos dirigimos? ¡Si parece que vamos al mismísimo infierno!». Me pregunté preocupado porque no fuera el camino correcto y fuéramos a parar a algún lugar sin retorno por la falta de agua. En pocos minutos llegamos abajo y nos encontramos con una amplia galería que nos permitía viajar más agrupadamente.
–Kisochka, ¿estás segura que vamos por buen camino? –le pregunté.
–No saber… con exactitud –respondió.
–Hemos recorrido todos los caminos posibles –determinó Ethan–. Si Cleo nos indicó que era por esta cueva, es seguro que debe de ser por aquí.
–¿Quién ser Cleo? –preguntó con curiosidad ella.
–Es complicado de explicar…, es…, –contestó Pedro, pero no le dejé terminar por miedo a lo que pudiera revelar.
–Es una amiga nuestra –expliqué yo– que nos ha ayudado con un mapa que nos guía para llegar hasta el mundo exterior.
En los más apartados y exóticos lugares siempre se encuentran a las criaturas más asombrosas: exóticas, extraordinarias y a veces peligrosas. Existía cierta falta de naturalidad en aquel lugar; al contemplar las paredes de las galerías, me trasmitían que habían sido talladas. El suelo, más de lo mismo; fueron nivelados con un utensilio de construcción. Algo o alguien habían adaptado el entorno a su conveniencia. En un momento del trayecto, más adelante llegamos a una especie de estancia esférica no natural por la cual el camino se bifurcaba en tres destinos más.
–Otra vez las dichosas bifurcaciones –se quejó Pedro.
–Eso no es lo que me preocupa ahora –manifestó Ethan meditabundo.
–Entonces, ¿qué es lo que te inquieta? –le pregunté.
–Algo tan terrible que –expresó Ethan– me estoy planteando sugerir al grupo dar la vuelta y desistir de esta expedición.
–¿Te… preocupar los Goorlinds? –interrogó Kisochka con una sonrisa como si todo aquello le divirtiera en gran medida–. Ya… avisar yo… ser peligroso; pero si vosotros querer ir a Mundo Tesoros, no haber otro camino.
–¿Y por cuál pasillo vamos Kisochka? –le pregunté.
–Me temo que ya sé la respuesta –contestó Ethan.
–Yo no saber –contestó ella.
–¡Ja!… ¡Lo sabía! –expresó Ethan–. ¡Vaya guía!
–Bueno nosotros solamente conocer peligros –dijo Kisochka–. Padres no hablarnos de muchos caminos.
–Entiendo –dijo Ethan––. No hay otra alternativa; decidamos nuevamente qué camino seguiremos primero.
–Bien… –dije tras pensar detenidamente–. Yo me decanto por el camino de la derecha, aunque tengo que reconocer que no por ninguna razón.
–Izquierda –eligió Pedro.
–Centro –eligió Kisochka.
–Kisochka, tú no pues elegir –dijo Ethan–, ni tus lacayos tampoco.
–¿Por qué no? –preguntó ella.
–Porque es nuestra expedición –respondió Ethan––, y nuestra responsabilidad. Vosotros podéis daros media vuelta si no estáis de acuerdo y volver a vuestro asentamiento.
–Nosotros ser esclavos de Daniel ahora –contestó Kisochka–, tener una deuda con él de vida.
–Eso es una tontería Quezoska…, –dijo Ethan
–¡Kisochka! –dijo ella.
–Perdona, kisochka –continuó Ethan–. Eso es una tontería, primeramente nosotros no salvamos vuestras vidas, sino que salvamos las nuestras y con ello accidentalmente las vuestras. No debéis preocuparos por eso, podéis marcharos…
–Bien, quedamos liberados –expresó Kisochka–, pero yo seguir a vosotros ahora y opinar guste o no…; ¡centro!
–¡Qué cabezota eres! –gritó Ethan–, bueno, tu ingenuo voto me da a mí el voto decisivo y digo izquierda. Vamos, probemos hacia la izquierda.
–Esclavos míos votar todos centro –gritó kisochka enfuscada, con sus brazos cruzados.
–Ir entonces hacia allí –sugirió Ethan–, nosotros iremos por camino izquierdo; Daniel dale a los lacayos un par de armas para que se defiendan y el veinte por ciento de nuestros alimentos.
Así procedimos, auxiliándolos con aptos avituallamientos a fin de que llegaran con vida a algún lugar. En pocos segundos se pusieron en movimiento, abanderados por la tozuda kisochka; adentrándose en la galería central, con el semblante marcado por el enfado de una antojadiza leona; tan injustificada, tan alocada, se perdió su rastro, sin ni siquiera despedirse. No era el camino correcto lo que estaba en juego al decidir, pues no había manera de saberlo, sino el liderazgo de la expedición.
Al cabo de unos segundos partimos por el pasadizo izquierdo. Hollábamos esquivando pedruscos de un tono ocre oscuro. Deambulando lentamente recorrimos demasiados corredores sin que se nos presentara ningún impedimento, ningún obstáculo, ningún Goorlind.
Mis pulmones respiraban tan poco oxígeno que no me quedaba otra alternativa que beber más agua de la que debiera; no obstante, encontramos un pequeño pozo subterráneo para llenar nuestras garrafas. Una de las preguntas fue resuelta: agua, tenían ahí abajo y probablemente, si existían esas criaturas, tendrían la inteligencia para localizarla. El pasillo terminaba en una gruta no demasiado grande y para nuestra decepción no había ningún camino por el cual proseguir nuestro viaje.
Por lo tanto, nos habíamos equivocado. Ahora me acordaba de Kisochka, la cual, posiblemente, había escogido y partido por el corredor correcto, con un cincuenta por ciento de posibilidades. No cabe la menor duda de que nuestra suerte hasta ahora, a la hora de elegir había sido nefasta.
–¡Bien! –manifestó Ethan.
–Hemos errado ¿Qué tiene ésto de bueno? –preguntó Pedro.
–Nos estábamos quedando sin agua –respondí.
–Exactamente –respondió Ethan–. En realidad hemos tenido mucha suerte esta vez. Si hubiéramos escogido alguno de los otros rumbos, probablemente hubiéramos tenido problemas, si no hubiéramos localizado algún manantial. Bueno…, llenemos las garrafas y volvamos a la encrucijada lo antes posible.
Así lo hicimos. Tras volver a la sala de las tres bifurcaciones elegimos la del centro, pues nos moríamos de ganas de descubrir si la cabezota de Kisochka había acertado. Me sentí abrumado por tanta inquietud al descubrir tras una hora recorriendo el pasillo cómo entrábamos nuevamente en una galería que asemejaba haber sido esculpida por el hombre; tanto la superficie como las paredes y el techo.
–Aquellas paredes no parecen naturales –valoré indicándoles mientras tanteaba el astil de mi espada, en tanto que escudriñaba atentamente de izquierda a derecha todo aquello que nos rodeaba–. Aquí vive alguien, ¡esos repulsivos Goorlinds!
–¡No te voy a llevar la contraria! –respondió Ethan–. ¡Preparar los arcos!
–¡Dios mío! –gritó Pedro–. ¡Mirar! ¡Sangre!
Así como antes reinaba la calma en nuestras almas, ahora nuestros corazones latían tan fuertemente que no nos cabían en el pecho; no sólo por la terrorífica sangre fresca que había desramada sobre el suelo, sino también por los cadáveres que encontramos unos pasos más adelante de unas criaturas, unos hombres desnudos de piel tan pálida, que casi parecían muertos vivientes. Su altura era muy similar a la nuestra, sus cuerpo desde las manos hasta la cintura eran muy parecidas. Las diferencias que se presentaban eran la piel, la abundancia de cabello en todo el cuerpo; pero no el suficiente para ocultar su piel por completo. Unos ojos completamente blancos sin pupilas; igualmente, unas orejas más grandes y alargadas. También, me daba la sensación por la manera en que habían sido ejecutados, desde arriba, que aquellos seres, aquellos topos, aquellos hombres rata andaban arrastrándose a cuatro patas, pues sus rodillas habían sido invertidas de algún modo, lo cual les permitía moverse como ratones. Pueden figurarse, por tanto, con qué pavor los contemplaba yo.
Andábamos muy lentamente con los arcos atentos e iluminando el pasadizo con un par de lámparas de vela y la linterna de mi PUOX. Al mismo tiempo que avanzaba saqué de mi mochila la olla; la llené de agua y la cerré, con el fin de tenerla disponible en caso de necesitarla.
–¿Qué te propones hacer con esa marmita? –me preguntó Pedro.
–Es algo que hice anteriormente cuando nos atacaron los salvajes, consiste en echar agua hirviendo a los enemigos.
–¡Ja, ja, ja! –se mofó Pedro–. ¿No sería más conveniente que usaras el arco?
–Puede que tengas razón pero te aseguro que el agua hirviendo sobre la cara de unas victimas es muy eficiente para dejarlas fuera de juego mientras atacas a otro oponente.
–Ahora sí te entiendo –contestó Pedro–. Pero, no era el tipo de mago en el que pensé que te convertirías.
–Esto no es un cuento; es la vida real –dilucidé.
–¡Atentos! –ordenó Ethan––. Aquí adelante escucho algo.
–¡Mirar allí! –grité al contemplar unas sombras en movimiento.
–¡Cuidado! –exclamó Ethan–. ¡Ahí vienen!
–¡Dejarnos pasar, solamente queremos pasar! –les dijo Pedro.
–¿Eres tonto? –preguntó enfadado Ethan–. ¿Te crees que hablan nuestro idioma? ¡No hables con ellos!
En uno instantes, unos seis de éstos se apartaron del pasillo central invitándonos a cruzar. Se encontraban como asustados por los gritos de Ethan y no manifestaban agresividad alguna. Nos permitieron flanquearlos, entretanto, nosotros atentos a cualquier posible amenaza, mientras nos alejábamos de ellos cuidadosamente. Acá y acullá, unos se arrimaban a las esquinas, otros a las piedras; ora mirándonos cautelosos, ora sonriendo nerviosos.
Llegué a sentir hasta pena por ellos y me pregunté: «¿Cómo una espacie puede cambiar en tan pocas décadas y adaptarse a su nuevo entorno para sobrevivir?». Me parecía todo extraordinario y terrorífico al mismo tiempo.
No obstante, supongo que, aunque se nos parecieran bastante, no eran humanos, sino que se trataba, en este caso, de una especie alienígena; sí; eso podría ser más lógico: traída hace tiempo, probablemente, aunque no seguro, por los hombres o por los Bornus, quizá para incorporarla a uno de sus parques temáticos. Entonces cerca de aquí debió de haber, sin duda, uno de estos zoológicos. Este razonamiento, en dicho caso, me pareció mucho más lógico que la idea descabellada de, la evolución, la adaptación al entorno, creando una nueva rama de la espacie humana, que, demasiado inteligente para encerrarse bajo tierra, saldría a la superficie cuando se le otorgara la primera oportunidad. Las especies que habitan en los lugares más inhóspitos son a veces las más increíbles.
Continuamos avanzando lentamente, a través de una galería amplia en gran medida, que había sido nivelada por estos seres de alguna manera extraordinaria y desconocida para mi mente; por consiguiente serían inteligentes.
Llegamos a una amplia sala con forma de cilindro y bastante alta. Estaban llenas de agujeros redondos por los cuales, en algunos, se asomaban, más de estas criaturas. Iban y venían por unas pendientes con forma de escalera, que habían ingeniosamente tallado en la piedra.
Examiné la madriguera mientras atravesábamos la sala; mitad con admiración, mitad con preocupación. Al llegar al otro extremo pudimos comprobar, aliviados, que el pasillo continuaba de una manera recta y poco común; probablemente debía de haber sido escavado por estas criaturas; esto me llevó a reflexionar acerca de la posibilidad de que se tratara de otro camino equivocado; determiné, por tanto, comentárselo a mis compañeros.
–He estado pensando y hay algo que no cuadra –dije.
–¿De qué se trata? –preguntó Ethan, y le pareció tan importante que se paró en seco y se giró hacia mí.
–Puede que estos pasillos que seguimos no sean los que nos lleven al mundo exterior.
–¿En que te basas para pensar eso? –preguntó Pedro.
–Porque este pasillo y todas las galerías por las cuales hemos pasado son obra de estos seres; se les da muy bien escavar bajo tierra y como es artificial no creo que nos lleven a la salida, natural.
–¿Quién sabe? –opinó Ethan–. Puede que hayan accidentalmente creado una salida hacia al oeste. Mira la orientación en la brújula. Vamos bien; rumbo hacia el oeste. Ya que estamos aquí, debemos cerciorarnos que no hay ninguna salida.
Serían ya cerca de las 17:30 horas, en el momento que, escuchamos unos tenues gritos provenientes del pasillo, concretamente más hacia oeste. Los sonidos agudos como los de una gaviota amenazada, los sonidos agudos como los de una mujer, los gritos agudos como los de Kisochka.
–¡Escuchar! –dijo Pedro.
–¡Kisochka! –dije.
–No cabe duda –opinó Ethan–. ¿Cuántos más seres chillones y desagradables conocéis por aquí abajo?
Continuamos corriendo por el pasillo hacia el oeste, en dirección hacia los gritos; arcos en mano, flechas preparadas, miradas alertas. Cuanto más nos acercábamos, tanto más molestos se oían sus gritos.
En pocos segundos llegamos a una enorme sala cilíndrica sin salida, el doble de grande que la anterior. Nos detuvimos en seco en la entrada. Contemplamos cómo, por una de las escaleras corrían hacia abajo los siete salvajes, Kisochka a la cabeza. Por ciertos indicios y señales me pareció que detrás de ellos los perseguían, obviamente, una veintena de Goorlinds portando en una de sus manos una especie de herramienta triangular, hecha de piedra.
Su mismo ser era la encarnación de un carácter caprichoso; pude comprobar el motivo por el cual les perseguían y es que al parecer kisochka portaba en sus manos los que parecía un huevo; probablemente de Compsognathus, probablemente lo había robado, probablemente nos tocaría nuevamente salvarla. A poco, llegaron hasta nosotros. No se detuvieron sino que con una sonrisilla siguieron corriendo.
–¡Kisochka qué habéis hechos! –gritró Ethan.
–¡Un huevo…, ña, ñan! –contestó Kisochka ya alejándose atravesando los pasillos hacia el este–, ¡correr!
–¡Huyamos! –gritó Ethan.
–¡Cáspita, ahí vienen! –chilló Pedro.
–¡Son demasiados! –dije.
Allí donde están tus tesoros, allí estará tu corazón: palabras que no significaban nada para ella; pues, cautivada por su caprichosa avaricia, robó aquel huevo, y a poco, nos encontrábamos corriendo tras ellos con cara de bobos. Efectivamente, se precipitaban sobre nosotros un pequeño ejército de estos repulsivos Goorlinds; no demasiado contentos con nuestra presencia en sus lóbregas moradas.
Como comprenderán, no íbamos a combatir por un simple huevo de dinosaurio; más aún, cuando ellos habían sido los ofendidos; sin embargo, éramos nosotros inocentes de esta ignominiosa fechoría, propia de indómitos sin compasión. No obstante, había algo que me preocupaba más en ese instante que aquellos detestables hombres ratones; no era el perverso móvil del robo, sino aquella perversa mirada que, Kisochka, mostraba en sus pupilas al contemplar, por primera vez, mi PUOX encendido brillantemente al igual que una luciérnaga. Sí; se me había olvidado ocultarlo antes de la llegada de estos elementos. Y ahora, no columbraba aún, cuáles serían las consecuencias a largo plazo. Los salvajes se mueven por impulsos provocados por deseos profundos de posesión, tan profundos, que nada les detendría. Entes eran nuestros lacayos, ahora ya no, y estaban armados.
Huíamos con la celeridad que nos permitían nuestras piernas atravesando la primera sala cilíndrica; redonda y alta, al igual que un templo. En la cual unos cuantos más de ellos, saliendo de sus intersticios, se incorporaron a la persecución, corriendo con las cuatro extremidades apoyándolas sobre el terreno rocoso. La velocidad a la que corrían no era demasiado veloz, por lo tanto, nos daba algo de ventaja. Al cabo de unos lamentos, al cabo de unos suspiros, al cabo de unos minutos llegamos a la encrucijada de galerías.
Pudimos columbrar asombrados cómo los bárbaros encabezados por Kisochka, siguieron avanzando en dirección al pozo; se proponían subir por donde habíamos bajado y esto me alegró: el no tener que presenciar nunca más sus “inocentes travesuras”. Nosotros, en cambio, giramos hacia la izquierda y penetramos en el último pasillo derecho que nos quedaba por explorar, ya no demasiados motivados; pero afortunadamente los Goorlinds no nos seguían, ya que perseguían a los ladrones.
Continuamos avanzando por unos sinuosos corredores que nos llevaron a atravesar una serie de cavernas las cuales se volvieron de unos colores que iban desde el amarillo presente en el suelo, lleno de estalagmitas, a colores blancos y beige.
Serían las 18:30 horas cuando llegamos a una caverna, en la cual permanecía un pequeño lago color cetrino. Decidimos descansar de esta dura jornada de caminata; pero no demasiado tranquilos, pues nos agobiaba la idea de que unos goorlinds nos visitaran en las tinieblas más oscuras; pero no eran estas criaturas las que más nos preocupaban, sino la idea de volver a ver a esos denigrantes personajes, a esos ladrones ovívoros a los cuales yo ya lamentaba haberlos salvado. Hicimos una vigilancia por turnos pero sobre las 21:00 horas ocurrió algo inesperado.
Me encontraba de guardia cuando escuché estrepitosas pisadas que procedían de la galería ya recorrida. Ya que obviamente se dirigía alguien hacia allí, desperté nerviosamente a mis amigos.
–¿Qué sucede? –me preguntó Ethan.
–¡Oigo pisadas! –susurré preocupado porque me oyeran aquellos que se dirigían hacia nosotros–; viene alguien.
Deprisa, como impulsado por el mordisco de una serpiente en su trasero, Ethan saltó de su saco y agarró su espada mientras yo despertaba al indolente Pedro.
–¿Qué ocurre ahora? –preguntó Pedro malhumorado–, ¿acaso uno no puede reposar tranquilo en esta maldita cueva?
–¡No, no puedes! –le contesté–, me temo amigo mío que no es el lugar más adecuado para descansar, ¡viene alguien!
–Pedro; ¡levanta el culo y ármate! –ordenó Ethan alterado.
En unos instantes, las pisadas se manifestaron más cercanas. Transcurridos unos pequeños segundos, a la entrada de la galería orientada al este, apareció Kisochka tambaleándose como un espíritu, pues al principio percibimos sólo una sombra. Corría desorientada, desarmada, ensangrentada. Al percatarse de nuestra presencia clamó:
–¡Socorro! ¡Ayuda!
–¿Qué sucede ahora Kisochka? –interpeló Ethan preocupado.
–¡Mí…, traicionarme ellos! Mí traicionaron…, yo herida.
–Ven aquí…, te vendaré ese brazo –le pidió Ethan.
–Cuéntanos exactamente qué ha sucedido –le pedí.
–Estaba…, con mis esclavos…, cuando…, al subir pozo…, cuerda se rompió…, y luego uno de ellos me culpó de, tras romperse cuerda…, que yo tener culpa…, que nosotros morir aquí debajo de hambre…, por mi culpa. Entonces…, este esclavo…, el cual ya muy hambriento…, me atacó con arma afilada… Y yo contemplar cómo mis otros esclavos en lugar de ayudarme…, reírse a así…, ¡ja, ja, ja!, entonces yo salir corriendo… Ellos perseguirme por pasillos hasta aquí…, ¡ahí vienen!
–¡Maldita sea! ¡Qué ocurrencia! ¡Dar armas a unos salvajes! –se quejó Pedro.
–¡Prepararos! –Ordené–. Voy a intentar algo.
Acto seguido conjuré el hechizo “calentar” tres veces sobre la olla previamente llenada de agua. Tras esto, me acerqué al pasillo. Fue increíble ver cómo esta tecnología calentó únicamente el agua y no la olla, pero empezaba ya a sentir el calor en mis manos. A los dos primeros salvajes que entraron armados, les arrojé el agua hirviendo los cuales articularon un ruido que fue la manifestación del principio del fin de sus condenadas vidas de miserables, pues, acto seguido, Pedro y Ethan lanzaron sus flechas, que fueron a penetrar en sus vulnerables extremidades. Los dos cuerpos inertes cayeron en el acto como meteoros, empujados por la gravedad hacia el lugar destinado para los muertos.
Nos quedamos esperando la llegada de los otros cuatro salvajes restantes, no obstante, como no se manifestaron, decidimos retomar el viaje lo antes posible. Por lo tanto continuamos por el corredor rumbo al oeste, hundiéndonos lentamente en las entrañas de la tierra; pero, a veces, no se mantenía en esa orientación, sino que descendía ampliamente hacía abajo. Más tarde, giraba en un sinfín de orientaciones infinitas. A poco, nos topamos con una amplía caverna en la cual paramos unos cuantos minutos. Fue en ese mismo momento cuando volvimos a reparar en la reaparición de los salvajes de Kisochka en escena, con el fin de una probable tentativa irracional de venganza deshumanizada contra aquellos que los habían hundido para siempre en las tinieblas.
–¡Ahí vienen! –alertó Ethan–. Kisochka, ¿podrías intentar hablar con ellos? ¡Qué se rindan y les perdonaremos la vida! Diles que compartiremos nuestros avituallamientos, si se rinden. Explícales también que estamos buscando la abertura al exterior, y entonces, pronto serán libres para hacer lo que quieran; pero mientras estén bajo nuestras órdenes deberán permanecer atados hasta que encontremos la salida; entonces serán libres para ir a donde les plazca, siempre que prometan de antemano no volver a atacarnos nunca más.
–Sí, cómo que te puedes fiar de las promesas de unos salvajes –opinó pedro.
–Hablaré… –respondió ella–. Intentaré acercarme a ellos sin que me ataquen para convencerlos.
En unos segundos aparecieron los cuatro elementos; dos con una piedra en la mano y dos armados. Kisochka lo intentó. Pareció dar resultado, puesto que se encontraban hambrientos y sedientos. Por lo tanto, entregaron sus machetes y se dejaron atar a cambio de comida y agua. Volvieron a aceptar las ordenanzas de su antigua dama, y acto seguido prometieron no volver a subordinarse nuevamente; si es que tenían algún valor sus palabras.
Tras amarrarlos por sus muñecas con el fin de asegurarnos de que no cometieran ninguna traidora fechoría, retomamos la expedición en busca de la salida de aquel mundo infinito que tanto anhelábamos localizar. Surcando unos cuantos grises y sombríos pasillos congénitos; ora se estrechaba tanto que nos tocaba avanzar en fila, ora nos arrastrábamos como gusanos por las calizas, ora nos mojábamos los zapatos en el agua de un manantial.
Eran las 23:00 horas del día 20 de mayo; ¡oh! ¡Primavera que nos estábamos perdiendo aquí encerrados en las entrañas de la tierra!
Nos encontrábamos un poco cansados, pues nuestro anterior intento fue interrumpido; en el momento que llegamos a una cueva con cinco bifurcaciones, la duda nos hizo detenernos en seco. Cuando nos tocó decidir nuevamente por cuál proseguir, arbitramos postergar esta decisión para el día siguiente; al fin y al cabo, nos encontrábamos, tanto nosotros como los otros, derrengados por el cansancio acumulado en nuestros extenuados huesos.
–Haremos un turno de tres, como viene siendo habitual –decidió Ethan–, Kisochka no es de fiar, por consiguiente, no debemos arriesgarnos a dormirnos sin vigilar a estos elementos alejados de toda educación y honor.
–Estoy de acuerdo –opinó Pedro.
–Lo mismo pienso –valoré–, creo que pasará un tiempo antes de que podamos confiar en ella verdaderamente.
- –Primero yo, y luego tú, Daniel –resolvió Ethan–, por último Pedro; espero por nuestro bien que no te duermas, porque como estos cometan alguna treta mientras dormimos, las consecuencias serán desastrosas para nuestras vidas.
- –Tranquilizaros –expresó Pedro–, haré todo lo posible con el fin de cumplir con mi deber.
- –¡Qué solemne hablas ahora! –aprecié sarcásticamente.
- –Bueno, podéis dormir Kisochka –le dijo Ethan–; pero recordar que estaremos vigilando.
- –No preocupar…, yo fiel… –contestó, mostrando unos dientes cuya sonrisa ella creía ser seductora–. Ellos atados…, no hacer daño… Yo niña buena.
- –Bien, espero que así sea –advirtió Ehan adoptando un ademán inquisitivo–, porque como nos vuelvas a contradecir o intentes traicionarnos no tendré compasión por ti. ¿Entiendes?
- –Entiendo… Yo entender todo mucho mucho bien, ser lista, no traicionar a tú, tú y tú… Ser más inteligentes que yo, yo ser fiel.
- –Bueno… –dije–. Me voy a dormir, que te sea leve la vigía Ethan.
- –Y yo también –contestó Pedro, entretanto que bostezaba, sacaba su saco de dormir indolentemente.
- –¿Tú no tener uno de esos para mí? –le preguntó Kisochka a Pedro–. Suelo ser frío.
- –No hemos traído más –contestó él–. Lo siento por ti, pero me imagino que debes de estar acostumbrada.
- –¿Acostumbrada a cueva? ¡Nunca! –expresó con un gesto brusco.
- –Toma esta manta –le dije, mientas se la entregaba–, te aislará del frío.
- –¡Gracias Daniel!
La noche terminó sin ningún suceso: Kisochka no intentó nada malo, tampoco se apreció el menor rastro de esos hombres ratones, menos aún de esos pequeños dinosaurios. De cuando en cuando, yo, durante mi turno observaba las numerosas galerías y me imaginaba sombras que se movían entre la obscuridad absoluta, siempre tuve una imaginación infinita; me sentí abrumado por tanta responsabilidad, así como si intuyera que no podría darme tiempo a avisar en el caso de que nos atacaran una manada de goorlinds; tampoco podría reaccionar a tiempo si un centenar de Compsognathus se nos echara encima, picando nuestra piel, desangrándonos y recé porque fueran ruidosos.
Por lo tanto, en cualquier momento podía morir y la ansiedad se apoderaba de todas las extremidades de mi ser, hasta que por fin cedí mi puesto, a Pedro, el cual no parecía estar muy dispuesto y arrastraba un sinfín de problemas para no cerrar sus ojos; no estaba dotado de una gran resistencia, no nació para ésto, ni ayudaba el hecho de que no nos habían permitido dormir adecuadamente durante días: ¡malditas Tierras Salvajes! Entonces, se comprenderá que, en el momento que se despertó Ethan, pudo comprobar que nuevamente se había dormido.
–¡Pedro! ¡Otra vez, otra vez te has dormido! –gritó Ethan enfurecido entretanto que lo despertaba a patadas, no demasiado fuertes, pero sí, suficientemente violentas.
–¡Lo siento! Es superior a mis fuerzas –dijo Pedro restregándose los ojos–, no sé cómo ha ocurrido, me sentía muy cansado y…, de repente me he dormido.
–¡Bien! Esta es la última vez que vigilas –decidió Ethan–, no podemos permitir un despiste más; nos jugamos nuestra subsistencia en ello.
–No volverá a repetirse, te lo aseguro –respondió él, acompañado de una mueca suplicante–; si vuelvo a fallaros, me iré.
–Tampoco hay que ser tan extremista –dilucidé–; simplemente, si te ves cansado, avisa a alguien para que te sustituya; eso antes a quedarnos sin vigía.
- –Eso haré pero…
- –Cada uno debe hacer su turno –protestó Ethan–, de lo contrario uno de nosotros estará demasiado cansado. Haremos lo siguiente: descansaremos más para dar más tiempo a Pedro para reponer sus energías…
- –Yo poder hacer guardia –resolvió la salvaje de cabellos dorados aunque sucios.
- –De momento no –Comunicó Ethan–, no nos fiamos de ti, ya te lo he dicho…
- –¿Por qué? –preguntó ella con una expresión medrosa.
- –¿Es evidente no? –dijo Ethan–. Sois salvajes, no os conocemos suficiente y dos lacayos tuyos te han traicionado. No sois gente de ideas, no tenéis ideales ni humanidad, no tenéis una meta en la vida, ni principios estables, y todo el sentido de vuestra existencia reposa en el oro.
- ––buah… ¡Qué aburridos sois! –dijo ella.
- –¡Ya, aburridos y tú una salvaje! –gritó Ethan.
- –¡Ji, ji, ji! –rió Kisochka.
- –¡Y no te rías así; me desagrada cuando lo haces! –dijo Ethan.
- –Bien, yo aprender de vosotros a ser mejor.
- ––Eso espero –le dije.
- –Vamos a desayunar que tengo hambre –dijo Pedro–.
- –Bien… desayunemos –aprobó Ethan.
Tras tomar un escuálido desayuno, volvimos a reprender el viaje en busca de la salida. Había como recordarán cinco galerías: tres de ellas resultaron ser simples callejones sin salida, entonces nos dispusimos a explorar las otras dos restantes.
La cuarta galería por la cual andamos más de dos horas nos llevó a lo que parecía ser una cueva de terribles dimensiones hasta el punto que llegué a pensar que nos encontrábamos en una especie de excavación minera o tal vez era obra de aquellos cuadrúpedos. Una serie de indicios visuales, me permitió confirmar mis suposiciones, pues, al otro extremo de la sala se apreciaba a columbrar –al igual que en las anteriores– como si las pareces estuvieran segmentadas en pequeños agujeros circulares.
–Nuevamente, estos repugnantes hombres ratones –se quejó Ethan–, acerquémonos al centro con cuidado para comprobar si hay alguna pequeña salida o galería por la que podamos continuar.
–No me gusta nada todo esto –dijo Pedro.
–Ni a mí tampoco –opiné–, parece como si fuera toda una ciudad subterránea, debe de haber miles.
–Va… Esos michos…, bichos…, ser inofensivos –dijo Kisochka–, tener más miedo ellos que nosotros.
–Eso ahora lo veremos –contestó Ethan–, vamos, seguidme de cerca e intentad hacer el menor ruido posible al caminar.
De modo que, nos acercamos lentamente, atentos, arcos en manos, y las otras restantes atenazando las vainas de nuestras espadas, prestos, a fin de una celada, ¡oh! Además, por mucho que intentara concentrarme para vaciar mis venas del miedo paralizante que convulsionaba mis miembros, por mucho que blandiera el mango de la espada con avidez, no era el momento de poder conseguirlo. Quizás era demasiado cobarde, quizás demasiado listo, porque sabía que un ataque desproporcionado sería la condena; sin embargo, había ya demostrado, que, en el último momento, siempre era el más feroz guerrero. Estos delirantes pensamientos se me pasaban por mi mente, entretanto que, nos acercábamos al centro de la gruta.
En unos pocos segundos llegamos por fin. Nos paramos y pude contemplar cómo Ethan escudriñaba los alrededores en busca de una salida, la cual por más que buscara nunca encontró.
Tras oír un potente aullido de animal que resonó en toda la gruta, aumentado el horror que se acumulaba en mis venas; divisé cómo un centenar de estos hombres ratones, salían de sus intersticios y bajaban apresuradamente a través de rampas que ellos mismo habían tallado en la piedra. Se dirigían hacia nosotros armas triangulares de piedra en mano. Su manera de correr era parecida a la de las ratas, si no fuera por su cabeza de humanoide, sus manos alargadas y sus pies muy parecidos a los nuestros, hubiera pensado que eran ratones gigantes.
–¡Salgamos de aquí! –gritó Ethan––. ¡Rápido!
–Maldición, otra vez a correr –protestó pedro.
–Son demasiados –dije–. No se puede hacer nada.
–Será mejor escapar, sí…, ¡ji, ji, ji! –dijo Kisochka.
En la penumbra del perpetuo horror divisamos, acá y allá, cientos de ellos; se acercaban mientras nos escabullíamos a toda la celeridad que ejercían nuestras piernas contra el suelo, luchando contra la gravedad, luchando por salvar nuestras almas, luchando por retener las sangre de nuestras venas.
Así como nuestras piernas nos acercaban a la galería por la cual habíamos entrado, ahora nos alejábamos de ella para no volver. Mientras tanto nos seguía un ejército a través del pasadizo congénito. Me sentí abrumado por tanta persecución y en un momento del camino Pedro y Ethan lazaron un par de flechas contra un par de ellos que volvían por el pasillo de algún lugar.
Luego, más tarde, yo lancé una flecha contra uno que se atrevió a acercarse demasiado, la cual erré y acto seguido Ethan remató al susodicho con la espada. Seguimos corriendo, prestos para todo: luchar por nuestras vidas; vencer el miedo. Sin ningún tipo de error cometido, ni ningún hombre herido, los dejamos atrás, y a poco, no fueron más que recuerdos angustiosos del pasado.
Volvimos sobre nuestros pasos hasta llegar a la cavidad anterior de bifurcaciones y allí elegimos la última que nos quedaba por explorar. La quinta galería, aquella definitiva galería. El color ocre volvía a predominar, lo que indicaba que era aquella parte natural, que no había sido creado de manera artificial por el hombre o por los goorlinds, eso me alegró porque comprendí que íbamos por buen camino.
En la oscuridad de la caverna brillaban tenuemente las luces de nuestras lámparas de vela iluminando un sinfín de cavidades naturales.
Un gran número de piedras grises salpicadas con puntos negros sobresalían de las paredes amarillentas y apagadas; otras, completamente negras, que relucían con un brillo parecido a la obsidiana, sin saber yo de qué clase de mineral se trataba; allá, otras color visón.
Estalagmitas por acá y por allá, posaban en el suelo levantándose con formas irregulares y deformes; estalactitas en los techos con miles de formas tortuosas, pero alguna rectas como lanzas de caballero, las cuales emitían sus respectivas sombras maquiavélicas sobre su entorno sombrío y tenebroso.
Unos cuantos murciélagos sobrevolaban nuestras cabezas, señal de que ya estábamos cerca de la salida; de cuando en cuando se les oía emitir un intenso enojoso gemido. Pilares cilíndricos de color beige, que surgieron de los techos hace millones de años para terminar depositándose en el suelo obstaculizaban a veces nuestro avance y era necesario esquivarlos uno por uno. Un sinfín de formas deformaban las paredes y los techos, entre tanto que seguíamos avanzado lentamente pude contemplarlas, que se manifestaban como los llantos de la madre tierra.
Una luz natural la cual columbramos en el fondo de pasillo fue para nosotros la gran alegría del día; habíamos llegado por fin a la salida; aquella salida al Mundo Infinito o al Mundo Tesoros; el abandono de nuestro mundo limitado. ¡Se abrían ante nosotros un sinfín de posibilidades, y un sinfín de nuevas amenazas! ¡Nuevos restos y asombrosos descubrimientos!
–¡Mirar! –dije–. ¡Ahí está la salida! ¡Ya era hora!
–¡El mundo exterior! –expresó Pedro.
–¡Vallamos con cuidado! –determinó Ethan–, no sabemos lo que nos podemos encontrar ahí afuera.
–Sí, bestias enormes ¡Ja, ja, ja! –dijo Kisochka, con una sonrisilla–. ¡Y tesoros! ¡Tesoros! ¡Tesoros!
Llegamos a una gruta en la cual penetraba, a través de una enorme grieta, la luz intensa del amanecer del día 21 de mayo; miré el PUOX, eran sobre las 9 de la mañana aproximadamente cuando asomamos nuestras cabezas al mundo exterior.
–Nos quedaremos aquí, en la cueva –determinó Ethan– todo un día entero para descansar; quiero observar atentamente el exterior entes de decidir salir.
–¿Qué es lo que te preocupa Ethan? –le pregunté.
–¡Dinosaurios! –adivinó Pedro.
–Exactamente –respondió Ethan–. Quiero comprobar cuán numerosos son por los alrededores; además, lo que me preocupa es que sean tan grandes que nuestras flechas y espadas no sirvan para nada contra ellos.
–Eso… poder confirmar yo –se pronunció Kisochka––, según cuentos populares, algunos de ellos… Ser imposibles matar, gigantes, tener piel muy dura. Otros sólo comer hierba, pero pueden atacar si se sienten amenazados.
–Entonces mejor quedarnos aquí –dijo Ethan–. Nos quedaremos hasta el día 22 de mayo; y saldremos a jugarnos la vida… ejem… Daniel ¿Podrías llamar a Cleopatra para que te recuerde la ruta que tenemos que seguir?
–¿Crees que es buena idea? –le pregunté mientras le señalaba con los ojos a Kisochka y los otros cuatro salvajes atados.
–Mejor aléjate un poco, para que no te escuchen.
–Eso me parece correcto… Bueno voy a salir al exterior para ver si veo un riachuelo o algo.
Salí por fin al exterior, atento ante cualquier posible peligro. El paisaje era muy similar al del Mundo Conocido, en principio parecía todo igual: sobre un terreno pedregoso se erguían los pinos verdes y abedules, el terreno rocoso y montañoso, hondonadas y concavidades, matorrales diseminados por todo el terreno entre pedruscos grisáceos, flores violetas y amarillas, el ardiente sol de primavera que asomaba tras el horizonte, montañas picudas en la lejanía y sobre nuestras cabezas, un cielo plomizo entre nubes blancas como la espuma. No pude ver ningún animal o bestia; nada se veía, nada se escuchaba, excepto los gorgoritos de algún que otro pajarillo.
Cuando me encontré suficientemente alejado, llamé a Cleopatra.
– ¿Cleopatra estás ahí? –pregunté con la muñeca izquierda orientada hacia mi cabeza mientras esperaba la respuesta.
–Sí, Daniel, aquí estoy para lo que necesites –contentó la sensual voz, la cual me alegró escuchar otra vez.
–Te llamo para hacerte saber que ya hemos salido al exterior.
–Me alegro mucho que lo halláis conseguido.
–¿Qué debemos hacer ahora? Dijiste que nos recogerías a la salida, ya estamos en la salida.
–Mis radares han detectado presencia inestable en vuestra compañía –aclaró Cleo–. Es indispensable que solucionéis ese problema antes de que os recoja; esos salvajes no pueden venir con nosotros, no son de fiar y serían un problema a largo plazo para la misión.
–¿Ni siquiera la chica? Habla nuestro idioma y es bastante…, amable.
–¿Amable? ¡Ja, ja, ja! Ahora mismo debe de estar cavilando en sus entrañas una estrategia para robarte el PUOX.
–¿Estás segura? ¿Y tú cómo sabes eso?
–Estoy segura; lo sé porque la tecnología del PUOX me permite escanear los cerebros cercanos, descifrar sus pensamientos, traducir idiomas; y más cosas. Está obsesionada; se cree que es una joya de mucho valor y la desea para estar más guapa.
– ¡Aíh! ¡Qué diablos! –expresé horrorizado–. Lo último que quiero es que me corten la mano izquierda.
–Sí, eso no sería agradable.
–¿Entonces qué hago? ¿Cómo me libro de ellos?
–Simplemente invéntate una excusa –dilucidó la dulce voz.
–Una excusa… Pues no se me ocurre nada, van a sospechar algo.
–Habla con tus amigos y buscar una solución.
–Eso haré; te mantendré informado.
–Bien, esperaré tus resultados.
–Vale… hasta luego.
A los pocos segundos de concluir la conversación con la voz, volví con mis amigos. Me acerqué con la mente concentrada en el nuevo problema: que, como recordarán, los salvajes no eran de fiar para Cleo, era menester deshacerse de ellos antes de que nos recogiera, de una manera, a la sazón, demasiado complicada de entender para mí. Sin nada que se me ocurriera en aquel instante, ni siquiera las sombras de una idea, para conseguirlo sin que sospecharan, ni tampoco voluntad para lograrlo, determiné ceder ese deber a Ethan, que, tan estupendamente se le daba mandar.
Cuando llegué lo primero que hice fue coger a Ethan de una mano y hacerle un gesto para indicarle que me siguiera, a fin de poder hablar con él sin que nos oyera Kisochka. Una vez apartados y habiéndome asegurado de que no podrían escucharnos, le expliqué el problema que era menester resolver antes de que se presentara la máquina; y respondió del siguiente proceder:
–Es algo complicado lo que nos pide Cleopatra, es decir, va a ser difícil alejarlos de la zona; no obstante, permíteme que medite unos minutos. Volvamos… ya se me ocurrirá alguna cosa.
Ethan, que, como ya sabrán, estaba dotado de gran perspicacia a la hora de resolver cuestiones, estuvo pensando demasiado tiempo en esta cuestión, hasta el punto que llegué a pensar, no sin razón, que no existía excusa posible para echarlos sin que sospecharan algo. En medio de tamaña decisión se encontraba, al tiempo que escudriñaba con la mirada los pensamientos retorcidos de Kisochka, para determinar su estado de humor.
Giré la cabeza para observarla yo también. En su, a pesar de sucio, bello semblante y sus ladinos ojos de mareas insondables, no se apreciaba la mínima sombra del buen humor, sino la consternación más absoluta, como si adivinara que intentábamos deshacernos de ella; fijando la mirada en nuestros ojos, parecía querer leer en el fondo de nuestros corazones.
Ahora bien; aquella moza; esbelta rubia de ojos de mar; aquella graciosa y seductora sonrisa y traviesa mirada; aquellas llamativas curvas de infarto, no podían permanecer a nuestro lado mucho más tiempo; por su condición de bárbaro sin honor, no porque nos disgustara. Entonces, me encontraba yo esperando a que Ethan resolviera.
–Kisochka –pronunció Ethan.
–¿Qué sucede, Ethan? –preguntó ella acompañada de una mirada intuitiva como la de una gatita.
–Necesito que nos hagáis un favor, tú y tus salvajes, tus lacayos. Debéis emprender una expedición para encontrar un lugar seguro donde poder construir un asentamiento que sea confortable. Una vez que lleguéis allí, quiero que lo construyáis bajo tierra… a ser posible con el fin de que podamos vivir temporalmente allí, hasta que descubramos que tipo de criaturas pueblan este lugar y si es seguro seguir avanzando.
–Tus ordenes…, ser mis deseos…, lo haré pero necesito a mis cuatro lacayos libres, desatados y…, armados. –solicitó con una sonrisa coqueta.
–Mmm… Está bien, concedido –desátalos Pedro; y entrégales un machete a cada uno.
–Muy bien –dijo Pedro mientras se levantaba y se acercaba a los salvajes para liberarlos.
Marcado en el rostro de ella pude entrever la pequeña luz de una sospecha; se preparaba para partir, cómo medio enfadada, acompañada de una mirada fría de desconfianza, que me lo confirmó. Luego, miró hacia el lugar donde ocultaba mi PUOX con pícara mirada y me preguntó con la voz de una serpiente:
–Daniel…, bonita pulsera…, –y con un sonrisa seductora me dijo–, ¿me la regalas, guapo?
–No…, no puedo…
–¿Por qué? –preguntó ella resentida.
–Lo siento pero no puedo…, es un regalo de mis padres…
–Dámela…. Por favor…, aunque sea sólo…, por unas horas, préstamela unas horas…, luego devolver…
–No puedo quitármela, es complicado de entender…
–¡Tonterías! ¿Cómo no poder quitártela?
–¡Es imposible! –le grité ya algo agobiado–. Es un regalo de mis padres.
–¡Kaalunun a nun taren! –gritó Kisochka enfurecida en su idioma natal, que no fui capaz de entender, sin embargo, se apreciaba amenaza tanto en sus gestos como en su tono.
En pocos segundos, los cuatro sirvientes salvajes que sobrevivieron a la anterior humillación, encabezados por la gran caprichosa gatita, partieron a los cinco minutos de liberarlos, tras entregarles tres machetes y unos pocos avituallamientos. Se alejaron atravesando el interminable bosque que nos envolvía; lentamente se fueron perdiendo en la lejanía. Yo sentí un alivio voluminoso, pues ya me estaba empezando a hartar de tanto bárbaro; de su deshumanizada e irracional conducta; aquella desconfianza e inseguridad que nos provocaban sus presencias mientras adormecíamos. Una vez que se perdieron en el bosque, nos encontrábamos preparados para llamar a la androide.
–¡Cleo!… ¿Estás ahí? –dije mirando al PUOX.
–¡Sí! Como siempre Daniel –aquella voz femenina apareció a través del aparato como cualquier sonido saliera de las entrañas de un animal; no me acababa de acostumbrar todavía a esta mágica realidad y me seguía pareciendo asombroso; y el hecho de que era otro tipo de ser diferente; no un ser vivo, sino un ser artificial, al igual que un objeto, me dejaba más aún atónito; no veía el momento de comprenderlo.
–Ya nos hemos librado de los otros, los salvajes –le dije a Cleo–, ya puedes venir si quieres.
–No es tan sencillo, Daniel. Necesito un lugar, alguna pradera libre de árboles a fin de poder aterrizar la nave pequeña de aterrizaje.
–¿Qué significa aterrizar? –pregunté, ya que no se conocía esa palabra en nuestro vocabulario coloquial.
–Significa que caeré del cielo y necesito un lugar sin árboles para posar la nave.
–¡Es increíble! –expresó Pedro anonadado, acompañado de un gesto de sorpresa.
–¡Sí! –confirmó Ethan–, no cabe la menor duda de que estamos presenciando algo insólito.
–¿Qué es una nave, Cleo? –pregunté con la curiosidad de un niño.
–Una nave es como un carruaje que se eleva, un medio de transporte para viajar a través de la estrellas; se trata de tecnología punta. Algunas razas alienígenas, incluida la humana fueron avanzado tecnológicamente en esa dirección a fin de lograr viajar por su galaxia; como había mucha distancia entre estrella y estrella, inventaron algo que les permitiera lograrlo.
–¡Es inconcebible! –expresé–. ¿Qué necesitas que hagamos?
–Como he dicho antes, debéis desplazaros hasta algún lugar; encontrar una llanura o un gran calvero en el bosque donde pueda aterrizar la nave pequeña; pero antes de que partáis es importante que esperéis el cargamento introducido en una capsula que os voy a lanzar desde el cielo. Ya que necesitaréis armas para defenderos en el bosque de los dinosaurios y otros animales; las flechas y espadas no son eficientes con estos animales que resucitasteis; por lo tanto, cuando estéis en el exterior usareis armas de tecnología punta a fin de poder salvar vuestras delicadas vidas. Tardaré unas cuantas horas en situarme sobre vuestra posición, os avisaré pronto. Esperar, pues, en la cueva hasta nuevo aviso.
–Vale…, –expresé––, entonces esperaremos deseosos el extraordinario regalo.
–Esperemos entonces –dijo Ethan.
–¿Armas de avanzada tecnología? –preguntó Pedro–. Me pregunto cómo serán.
–Debe de ser como un arco, pero mucho más potente y certero –opiné.
–Y me imagino que también nos brindarán algún tipo de traje protector –opinó Ethan.
Estuvimos esperando a Cleo tres horas y al mediodía comimos un poco. Sobre las 16:00 horas, ocurrió algo inesperado: surgió entre la maleza uno de los salvajes que habían partido con Kisochka. Se acercó a nosotros lo suficiente y se detuvo. Acto seguido gritó:
–¡Kisochka… mandar decir… dar pulsera… o guerra!
–¡No puede ser! –gritó Ethan.
–Ya le dije a Kisochka que no puedo regalársela –le respondí–. Quiere el PUOX.
–Es increíble –expresó Pedro–, ¡qué caradura!
–Preparar las armas –ordenó ethan–. Cuatro contra cinco.
A los pocos segundos cayó del cielo repentinamente, descendiendo lentamente una caja de un material desconocido. Era de color blanco y brillaba con intensidad como el agua iluminada por unos rayos solares. Cuando me acerqué a la caja, se abrió automáticamente dejando al descubierto su contenido: se hallaba allí una serie de objetos que no tenían nada que envidiar al PUOX; tres objetos un tanto raros que parecían ser las armas; de color blanco y tres trajes de un color similar hechos de materiales igualmente exóticos y brillantes.
Ethan se acercó a la caja y agarró una de estas armas e instintivamente comprendió cómo funcionaba, pues no era otra cosa que un fusil láser, con alta tecnología; comprendió también por dónde salía el proyectil o el rayo mortal; también comprendió cómo había que sostenerlo y apuntar hacia su objetivo. Y así lo hizo, apuntó a un árbol con el arma y disparó presionando el gatillo lateral, una especie de botón de color rojo hecho de un material que parecía ser plástico y fue la primera vez que lo vi. Del arma pude ver como surgía una línea de luz brillante; un trueno potente concentrado, de un color entre violeta y celeste, rápidamente, en un segundo, se desplazó hasta hacer colisión sobre el árbol, al cual le hizo un gran agujero en el tronco. No podía creer lo que contemplaban mis pupilas; esa arma era demoledora.
El salvaje al ver aquella demostración salió corriendo asustado. La única expresión que pude contemplar en su rostro antes de desaparecer fue la manifestación de asombro por aquel halo de luz violeta.
–¡Es increíble, qué eficiente! –expresó Pedro.
–¡Sí! –exclamé emocionado.
–Esto debe de ser un arco, modelo Loturanu –declaró Ethan observando detenidamente el rifle láser que portaba entre sus manos.
–No debemos abusar de esta tecnología, hay que dar a los salvajes una oportunidad de rendirse –expresé.
–Bah…, –manifestó Ethan–, nos acaban de declarar la guerra; ellos mismos se lo han buscado con su ignominiosa avaricia. Esa serpiente no me ha gustado nada desde el primer momento que la vi; es bonita, eso no lo pongo en duda, pero…, sucia; y muerde veneno.
–¿De qué serpiente hablas? Yo no la he visto –le preguntó Pedro, y Ethan lo miró con cara de indignación por no haber entendido que hablaba de Kisochka.
Al cabo de unos minutos aparecieron tres de los salvajes lacayos; corrían hacia nosotros a gran velocidad portando los machetes que les dimos; lo alzaban al aire entretanto corrían, a su vez que emitían un runrún gutural de guerra. Ethan no falló en ninguno de los disparos que efectuó, pues, perspicaz en gran medida, tenía buena puntería y los rayos violetas mataron en un visto y no visto a los tres, dejando caer al suelo sus machetes.
Mientras nos poníamos los trajes puede comprobar que el material exótico era flexible y muy resistente. Se adaptaba al cuerpo como una segunda piel, y no sólo eso, sino que brindaban protección contra daños externos como una flecha o una espada o un colmillo afilado de animal, era como una armadura perfeccionada hasta los límites de lo posible. Por lo tanto, no podía estar más eufórico, no podía estar más contento con el regalo que había recibido, el cual no era más que el principio de un sinfín de inventos maravillosos que me esperaban por descubrir en el mundo de los Dioses.
En unos segundos apareció Kisocka tras un arbusto, arrastrándose por el suelo como una culebra por miedo a que la desintegráramos en mil pedazos como a sus lacayos, detrás le seguía arrastrándose su último sirviente y al vernos vestidos de blanco reluciente se nos quedó mirándonos anonadada y acto seguido pronunció:
- –Perdonarme la vida, ¡oh Dioses!… Lo siento mucho…, ¡no sabía que sois Dioses! No dejarme aquí sola, ver dinosaurio ahí lejos. Lugar no es seguro para mujer bonita…, sola. No dejar sola aquí…, por favor, llevar…, con vosotros a mundo Dioses. Yo ser esclava vuestra.
- –¡Ja, ja, ja! –se rio Pedro.
- –Daniel pregúntale a Cleo si puede venir ella y su lacayo, –dijo Ethan, guiñando un ojo–. Será una buena esclava…, ya sabes…
- –Eso haré… –expresé, no muy convencido–. ¿Cleo estás ahí?
- –Sí, dime Daniel.
- –Tenemos un problema, nos acompaña una mujer, una salvaje, que está sola junto a su sirviente y no podemos abandonarla aquí, ¿puede venir con nosotros?
- –Mis radares no detectan ningún tipo de amenaza; puede venir siempre que os comprometáis.
- –Sí… Yo cuidaré de ella, gracias.
- –¡Kishocka ven aquí, esclava! –ordenó Ethan–. Os ataremos provisionalmente hasta que nos cercioremos de que tu conducta ha cambiado definitivamente.
- –Sí… Ser tus deseos órdenes para mí, yo fiel hasta la muerte, ¡mi loado Dios!
- –Venir sin más con la boca callada –le respondió Ethan– para que os ate, que si fuera una deidad como tú afirmas, no me dolería la cabeza.
- –¿Si no ser Dioses, entonces qué ser? –preguntó ella.
- –Somos hombres como tú –le dije–, hay muchas cosas que no comprendes aún pero no por ello significa que sean divinas.
- –¿Entonces, por qué llevar ustedes ese traje blanco? –preguntó ella alterada–. Nunca vi nada igual en mi vida.
- –Primero debes comprender antes determinadas cosas –contesté–, poco a poco lo entenderás, entenderás que no estamos solos en el universo, entenderás que lo inverosímil no tiene por qué ser divino.
- –¿Dónde habéis encontrado esos tesoros? –y acto seguido pensó Kisochka: «si los hubiera encontrado yo primero serían ellos mis esclavos y no al revés».
- –Estamos colaborando con unos Dioses de verdad, mucho más inteligentes y poderosos que nosotros –le expliqué–, ahora nos van a recoger para viajar a su lado.
- –Suena divertido –dijo ella.
- –No lo es, es arriesgado –dijo Pedro.
- –Bueno, partamos ya –sugirió Ethan–; cuanto antes mejor, antes de que se haga de noche.
- –Vale, son las 17:00 horas, hay tiempo –le dije.
- –En mi opinión es mejor esperar a mañana para partir –opinó Pedro–, no vaya a ser que nos tiendan una emboscada esos dinosaurios en pleno bosque de noche. Por cierto Kisochka, si fuéramos Dioses no nos preocuparíamos por este tipo de cosas.
- –No te falta razón –respondió Ethan–, teniendo en cuenta que este mundo exterior está abandonado de cualquier humano que pueda talar árboles; es casi seguro que nos costará bastante encontrar un lugar descubierto de ellos para que Cleo pueda aterrizar. Será mejor esperar hasta mañana.
- –¿Quién es Cleo? –preguntó Kisochka.
- –Eso es complicado de explicar –le dije–, viene de las estrellas.
- –¡Una Diosa!
- –Ya estamos otra vez con los dichosos Dioses –dijo Ethan a la vez que se reía.
- –No son Dioses, sino extraterrestres –aclaró Pedro.
- –¿Extraterrestres? Es primera vez… escuchar palabra –dijo ella.
- –Primero deberías saber lo que es un planeta –le contestó Pedro––. El planeta Tierra es donde nosotros vivimos, son enormes y redondos como una manzana.
- –¿Vivimos sobre una manzana?
- –¡Yo no he dicho eso! –se quejó Pedro.
- –¡Ja, ja, ja! –se mofó Ethan–. Intentar hacer comprender a una salvaje qué es un planeta es como intentar hacer comprender a un bebé qué es la muerte.
Nos volvimos a la entrada de la cueva para pasar la noche ahí hasta el día siguiente como sugirió Pedro. La tarde y la noche trascurrieron tranquilas, sin ninguna novedad, sin ninguna amenaza: no se apreció el más mínimo atisbo de dinosaurios en el interminable bosque; ni por sonidos extraños, ni tampoco vimos nada inusual entre las penumbras naturales de los árboles que se captaban en el inexorable anochecer.
Desde la cueva contemplé el paraíso nocturno; aquél en que miles de hojas bailaban al son de la música del viento; viento que me acarició la piel con una suave brisa de mayo, de verano cercano. Contemplé durante mi turno cómo, a través de las grietas de la cueva una media Luna y una colección de estrellas blancas se perdían dentro del inabarcable cielo; cuando sale la Luna todo el entorno se vuelve pálido y sereno, reflejando débilmente la luz blanca del distante sol sobre el manto de hojas del bosque. Esa noche no se oyó pajarito alguno, ni siquiera al llanero alipálido tan frecuente en el Mundo Conocido. Ya no se aspira el aroma de las flores, pero nada se detiene y el día volverá con el canto de los pájaros y el aroma de las flores.
A las pocas horas cedí la responsabilidad de vigilar no muy convencido a Pedro. Le dije: “si ves que te vas a dormir despiértame” y acto seguido me dormí intranquilo, como si dejara a un niño a cargo de una chimenea encendida.
Al día siguiente 22 de mayo, tras desayunar, volvimos a ponernos en movimiento. Serían las 10:45 cuando partimos armados con aquellos rifles extraños. Andábamos en fila, a la cabeza Ethan, le seguía Pedro, tras él Kisochka y su lacayo ambos atados por la muñecas, y finalmente me encontraba yo, vigilando la retaguardia no fuera a ser que apareciera por sorpresa alguna de esas bestias. Penetrando en aquellas regiones tan inhabitadas, tan caras a nuestras fantasías, tan salvajes como Kisochka; ella sería la única que sabría lo que habría que hacer para habérselas con la vana amenaza de las bestias, así que decidí colocarla en la retaguardia; le dije que vigilara atentamente y cuando percibiera algo que me avisara inmediatamente.
Surcábamos senderos infinitos entre maleza muy frondosa hasta tal punto que me llegué a preocupar porque no llegáramos a ver a la bestia antes de morir desangrados. Entonces intentamos evitar aquellas zonas demasiado espesas para tener un mínimo espacio y tiempo para reaccionar a cualquier ataque.
El viento había ido haciéndose cada vez más cálido durante la mañana, a medida que las horas pasaban, avanzábamos rumbo al oeste, nunca hacia el este, como comprenderán, pues ya habíamos sido advertidos por Cleo de que nos aniquilaría la barrera mágica del Mundo Conocido. El sol avanzaba hasta su punto más cercano al cenit, un punto intermedio entre equinoccio de primavera y el solsticio de verano; la nebulosa magnificencia de algunas nubes de primavera ensuciaba la luz solar del entorno de vez en cuando.
Un gran número de aves fueron apareciendo poco a poco ante nosotros como desaparecieron volando cuando notaron nuestra presencia. Algunas, de cuello alargado, desconocidas para mí, que eran parecidos a los gansos, pero mucho más grandes, de medio metro de altura, de plumaje negro, picos fuliginosos. No manifestaban padecer ningún miedo al pasar ante ellas y un macho se puso violento acometiendo contra nosotros.
Su peligroso pico nos amenazaba con darnos un disgusto. Ethan optó por usar la espada para combatirlo, un acto digno porque el animal contra el rifle láser no hubiera tenido ninguna posibilidad de ganar aquella batalla territorial.
El animal se abalanzó sobre él, alargando su gran cuello para asestarle un picotazo. Pero Ethan lo esquivó hábilmente mediante una pirueta. Giró hasta que se acercó al cuello. Espada en mano, le cortó el cuello con un impetuoso y violento movimiento. El animal se desplomó en el acto; no quedo más vida en él que el recuerdo de sus plumas.
–Aunque aún sea temprano –determinó Ethan– nos pararemos aquí para almorzar, pues tardaremos una hora en cocinarla; aprovecharemos la carne de esta valiente ave.
–Buena idea –expresó Pedro–; hace tiempo que no comemos carne fresca.
–Ñan, ñan… ¡Qué hambre! –manifestó Kisochka– comamos crudo, da igual, no hay tiempo…
–¿Crudo? –dije–, ¿cómo vamos a comérnoslo crudo? ¡Eso es asqueroso Kisochka!
–Pero si carne cruda ser más sabrosa –dijo ella extrañada.
–Lo primero que hay que hacer es desplumarlo –determinó Ethan–, tú, Pedro, corta un poco de leña y prepara una fogata mientras yo y Daniel lo desplumamos.
–¡Voy! –confirmó Pedro muy contento, acariciándose la barriga–. Espera que busque el hacha… Aquí está.
En el trascurso de media hora el ave fue lentamente desplumada y se extrajo la mayor carne posible para cocinarla sobre el fuego, fue metida en un par de marmitas con un poco de agua, algunas especias y sal. Al cabo de una media hora más, la carne se encontraba completamente en su punto, preparada para degustarla. Un intenso y suculento olor surgía de las ollas abiertas que aumentaba nuestra gula al igual que unos lobos hambrientos. Aquel enorme ganso, aquel heroico animal, aquella impetuosa ave o lo que fuera, fue alimento perfecto para cinco personas, acompañado de unas patatas asadas y una sabrosa manzana.
Disponíamos aún suficientes provisiones para una semana, por lo tanto, tiempo de sobra para encontrar un calvero o un descampado desde el cual llamar a la enigmática Cleo.
Ciertamente, cuando no hay alma viviente, cuando no se aprecia vida inteligente, cuando no hay humanos cortando árboles eficientemente, por ningún lugar en este salvaje paisaje, entonces uno se percata lo complicado que resulta encontrar un espacio de terreno lo suficientemente amplio como para que aterrice una nave espacial extraterrestre.